San Pedro

(29 de Junio)

Hermano de Andrés, primer Apóstol llamado por Jesús, el santo Apóstol Pedro, a quien antes el Señor nombraba como Simón, era hijo de Jonás, un judío de la tribu de Simeón, y nació en Betsaida, un pequeño y poco conocido pueblo de Galilea en Palestina. Tomó como mujer a la hija de Aristóbulo, quien era hermano del santo Apóstol Barnabás, con la cual tuvo un hijo y una hija. Simón era una persona sencilla y sin educación; pero impregnado con el temor a Dios, observaba todos sus mandamientos, actuando ante el en forma intachable en todas sus obras. Simón era pescador de oficio; y como pobre, sostenía a su familia con su trabajo manual, alimentando a su mujer, sus hijos, su suegra y a su anciano padre Jonás.

        El hermano de Simón, Andrés, desdeñando la vanidad de este tumultuoso mundo, eligió quedarse soltero; se fue donde San Juan Bautista en el Jordán, quien predicaba el arrepentimiento (Mateo 3) y se convirtió en su discípulo. Al escuchar el testimonio de su maestro respecto a Cristo el Mesías y, en especial, a las palabras que pronunció cuando indicó al Señor diciendo: “He aquí el Cordero de Dios,” Andrés dejó a Juan y, junto a otro de los discípulos del Bautista, siguió al Señor preguntándole: “Rabí, ¿dónde moras? el Señor les respondió: “Venid y ved”; y ellos fueron y vieron donde moraba y quedáronse con Él aquel día (Juan 1:38-39).

        A la mañana siguiente, Andrés fue donde su hermano Pedro y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías, el Cristo”; y lo llevó donde El. Cuando Jesús lo miró, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Jonás: tú serás llamado Cephas, que quiere decir piedra” (Juan 1:41-42). Inmediatamente, Pedro se llenó de amor por el Señor, considerándolo como el verdadero Cristo enviado por Dios para la salvación del mundo. A pesar de esto, Simón no dejó su hogar, no olvidó sus ocupaciones, sino que mantenía a su familia dándole todo lo necesario para su sostenimiento; su hermano Andrés lo ayudaba también algunas veces por causa de su anciano padre. Así vivieron hasta que el Señor los llamó para el ministerio apostólico.

        Cierto día, luego del encarcelamiento de Juan el Bautista en el calabozo de Herodes, el Señor caminaba por el mar de Galilea (conocido también como el mar de Tiberias o el lago Genesaret) y viendo a Pedro y Andrés arrojar sus redes al agua, les dijo: “¡Seguidme, y yo os convertiré en pescadores de hombres!” Enseño la clase de pescadores que deseaba hacer de ellos mediante una milagrosa representación de peces. Al pisar el bote de Simón, Cristo le ordenó arrojar sus redes, pero Pedro le replicó: “Maestro, habiendo trabajado toda la noche, nada hemos tomado; mas en tu palabra echaré la red.” Y habiéndolo hecho, encerraron gran multitud de peces, tanto que la red comenzó a romperse, lo cual era un presagio de la condición espiritual de los Apóstoles; porque ellos llevarían a la salvación a muchas naciones con la red de la Palabra de Dios. Viendo este milagro, Simón Pedro cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” El temor se apoderó de él y de todos los que estaban a su lado, debido a la pesca que habían conseguido. En respuesta a Pedro que le había pedido alejarse, el Salvador, por el contrario, le pidió que lo siguiera, diciendo: “Venid en poz de mi, y os haré pescadores de hombres.” Desde ese día, el Santo Apóstol Pedro siguió a Cristo, al igual que su hermano Andrés y los demás discípulos que fueron llamados.

        El Señor quería a Pedro por su sencillez de corazón. Una vez fue a la humilde casa de éste donde su suegra estaba postrada con fiebre y a quien sanó tocándola. En la mañana, cuando el Señor se levantó y se alejó a un lugar solitario para orar, Pedro y los que le acompañaban, incapaces de separarse del Señor ni siquiera por una hora, fueron tras El, buscando afanosamente a su querido Maestro y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te buscan” (Marcos 1:30-37).

        El Santo Apóstol Pedro no volvió a apartarse del Señor, sino que permaneció a su lado, deleitándose con la contemplación de su rostro y con sus palabras, las cuales eran más dulces que la miel. Era testigo de los muchos y grandes milagros del Señor, lo cual demostraba claramente que Cristo era el Hijo de Dios, en quien creía él sin la menor duda. Y así como creía en la verdad con el corazón, confesaba también la salvación con sus labios. Cuando el Señor fue a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” y ellos dijeron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.” Y Él les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?” y respondiendo Simón Pedro, dijo: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Considerando que esta verdadera confesión merecía una bendición y una promesa, el Señor le dijo a Pedro: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre; mas mi padre que está en los cielos. Mas yo también te digo, que tú eres Pedro; y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra, será desatado en los cielos” (Mateo 16:13-19).

        Inflamado con un ardoroso amor por el Señor, el santo Apóstol no quería que le aconteciera ningún mal a El; por eso, al profetizar el Señor su propia pasión, él le contradijo, diciendo en su ignorancia: “Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca.” A pesar que las palabras del Apóstol no agradaron a Jesús, quien había venido a la tierra a redimir a la raza humana mediante el propio sufrimiento de El, ellas eran inspiradas sin embargo por un ardoroso amor por el Señor. En ellas se da cuenta uno de la inocencia del Apóstol. Al escuchar el reproche del Señor: “Quítate de delante de mí, Satanás, me eres tropiezo,” su discípulo no se encolerizó ni se irritó; ni tampoco abandonó a Cristo Salvador, sino que aceptando la repulsa con amor, siguió al Señor con un esmero aún más grande (vv. 20-23).

        Un día, muchos de los discípulos, no pudiendo captar el significado de las palabras de su Maestro, dijeron: “Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?” y después lo abandonaron y no volvieron a caminar junto a El. Entonces el Señor Jesús les dijo a los doce: “¿Queréis vosotros iros también?” y respondióle Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna, y nosotros creemos y estamos seguros que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” (Juan 6:53-69).

        Poseído por tanta fe y ardor por el Señor, el Santo Apóstol Pedro se atrevió a pedirle que lo dejara venir con el por sobre el agua. El Señor no se lo prohibió. Entonces saliendo del bote, el Apóstol Pedro comenzó a caminar en el agua, yendo donde Jesús. Pero como todavía no había recibido al Espíritu Santo, le faltaba tener una fe totalmente firme, y sintió miedo al ver el viento agitado y al comenzar a hundirse, gritó: “Señor, sálvame.” Jesús inmediatamente le extendió la mano y lo cogió, diciéndole: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mateo 14:22-33).

        El Señor, quien, además de salvarlo de haberse ahogado, lo libró de su falta de fe cuando le dijo: “Mas yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32).

        Junto a otros dos Apóstoles, Jacobo y Juan, el Apóstol Pedro tuvo el honor de ser escogido para presenciar la gloria de la transfiguración en el monte Tabor, la cual les fue revelada; y allí escucharon con sus propios oídos la voz del Dios Padre que descendió sobre el Señor Jesús desde lo alto. El santo Apóstol menciona esto en su epístola: “Porque no os hemos dado a conocer la potencia y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas por arte compuestas; sino como habiendo con nuestros propios ojos visto su majestad. Porque él había recibido de Dios Padre honra y gloria, cuando una tal voz fue a Él enviada de la magnífica gloria: Este es el amado Hijo mío, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos juntamente con Él en el Monte Santo” (II Pedro 1:16-18).

        Cuando el Señor se acercó a su pasión voluntaria y a su muerte en la cruz, el Apóstol Pedro demostró su celo no sólo con palabras, cuando dijo: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a tanto a la cárcel como a la muerte” (Lucas 22:33); sino que también con hechos, cuando sacó su espada y le cortó la oreja a Malco, siervo sumo sacerdote (Juan 18:10). A pesar que Dios, en su providencia, dejó a Pedro caer en el pecado en tres ocasiones, cuando negó conoces a nuestro Señor el Salvador, Él lo levantó y lo puso en el correcto camino del arrepentimiento, unido a una amarga lamentación (Mateo 26:69-75). San Pedro fue el primero de los discípulos que tuvo el honor de presenciar la resurrección del Señor Jesucristo, según relata el santo evangelista Lucas: “Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón” (Lucas 24:34); en tanto que el Apóstol Pablo escribe lo mismo: “Resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce” (I Corintios 15:4‑5). Viendo al Señor, san Pedro se llenó de un gozo indescriptible y recibió de este el misericordioso perdón de su pecado. Las tres veces que negó al Señor fueron borradas completamente por las tres confesiones de amor que hizo al Salvador, cuando le respondió a este sus tres preguntas: “Hijo de Jonás, ¿me amas?” con la respuesta: “Señor, Tú sabes todas las cosas; Tú sabes que te amo” (Juan 21:15-17). Entonces Cristo elevó a Pedro a la dignidad apostólica, haciéndolo pastor de rebaños dotados de razón y confiándole simbólicamente las llaves del reino de los cielos.

        Después de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo, Pedro, como preeminente entre los Apóstoles, fue el maestro y predicador de la palabra de Dios, ganando para la Iglesia en una sola hora más de tres mil almas (Hechos 2:14‑41), manifestando incluso el gran poder de hacer milagros. Cuando fue al templo a orar, acompañado por San Juan, Pedro vio a un hombre que era cojo de nacimiento que estaba sentado a la entrada del templo, conocida como la Puerta Hermosa; y al verlos éste, les pidió una limosna. Pero ambos le fijaron la mirada, diciéndoles: Míranos el los miró directamente, esperando recibir algo de ellos. Pero Pedro le dijo: “Ni tengo plata ni oro, más lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina.” Le tomó la mano derecha y lo levantó; inmediatamente sus pies y tobillos adquirieron fuerza y saltando, se puso en pie y caminó, y entró con ellos en el templo, andando y saltando, y alabando a Dios (Hech. 3:1‑8). Gracias a este milagro y a la predicación del Apóstol, cerca de cinco mil personas comenzaron a creer en Cristo (Hech. 4:4).

        Ananías y Safira su mujer, que vivían en Jerusalén, cayeron muertos ante la sola palabra de Pedro, porque ellos habían mentido al Espíritu Santo (Hech. 5:1-10). En Lidda, un paralítico llamado Eneas, quien había yacido en su cama durante ocho años, fue sanado por Pedro, diciéndole este: “Eneas, Jesucristo te sana” (Hech. 9:32‑34). En Joppa, resucitó a una doncella de nombre Tabita (Hech. 9:36‑42). Y no sólo hacían milagros sus manos y palabras, sino que también su misma sombra: “tanto que echaban los enfermos por las calles y los ponían en camas y en lechos, para que viniendo Pedro, a lo menos su sombra tocase a alguno de ellos” (Hech. 5:15).

        Después de presenciar una visión de un lienzo que descendía del cielo, lleno de animales cuadrúpedos y reptiles, una voz le ordenó a Pedro a matarlos y comérlos y a no considerar como inmundo lo que Dios había purificado. Esta visión fue una señal de la conversión de los gentiles a Cristo (Hech. Cap. 10). El preeminente Apóstol Pedro fue así el primero en abrir la puerta de la fe a los gentiles, bautizando a Cornelio, el centurión romano en Cesárea.

        El santo Apóstol rechazó, en cierta ocasión, a un hechicero samaritano de nombre Simón, quien había recibido hipócritamente el bautismo y quería comprar con dinero el don del Espíritu Santo. “Tu dinero perezca contigo — le dijo al hechicero — que piensas que el don de Dios se gane por dinero. No tienes tú ni parte ni suerte en este negocio; porque tu corazón no es recto ante Dios. Arrepiéntete, pues, de tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te será perdonado el pensamiento de tu corazón. Porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estas” (Hech. 8:20-23).

        Y en ese mismo tiempo el rey Herodes echó mano a maltratar a algunos de la Iglesia y mató con la espada a Jacobo, hermano de Juan. Y viendo, que había agradado a los judíos, pasó adelante para prender también a Pedro. Eran entonces los días de los ázimos y habiéndole preso, púsolo en la cárcel; entregándole a cuatro cuaterniones de soldados que le guardasen; queriendo sacarle al pueblo después de la Pascua. Así que, Pedro era guardado en la cárcel; y la Iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Pero en la noche, el ángel del Señor lo liberó de sus cadenas y lo sacó de la prisión (Hech. 12:1-10).

        Los hechos del santo Apóstol Pedro que aquí se mencionan, aparecen detalladamente en el Santo Evangelio y el Libro de los Hechos de los Santos Apóstoles, los cuales se leen en las iglesias a fin que los escuchen los fieles. En vista de la falta de espacio, no es necesario tomar de los libros de las Sagradas Escrituras todo lo que se ha escrito sobre el Santo Apóstol; todo cristiano ortodoxo debe conocer bien estos libros. Sobre la labor evangélica y las luchas del Apóstol, las cuales generalmente no son muy conocidas, San Símeón Metafrastes dice lo siguiente:

        De Jerusalén, San Pedro viajó a Cesárea de Palestina, en donde consagró a un obispo de entre los sacerdotes que lo seguían. Después de sanar a muchos en Sidón y de consagrar allí a un obispo, fue a Beirut en donde consagró también a otro obispo. Seguidamente, fue a Biblos y de allí a Trípoli de Fenicia, donde pasó junto a cierto erudito llamado Marcón, a quien también consagró como obispo para los fieles de esa ciudad. De Trípoli fue a Ortosia, luego a Antrada y a la isla de Aratos; y luego, a Balanea, Paltos, Gavalla y Laodicea. En este último lugar sanó a Muchos enfermos, expulsó a demonios de los poseídos y reunió a los fieles en Una iglesia, donde consagró a un obispo para estos. De Laodicea, San Pedro fue a Antioquía, la ciudad más importante de Siria, en donde el tres veces maldito hechicero samaritano Simón Mago se ocultaba de los soldados que el emperador Claudio había enviado para arrestarlo. Al enterarse de la llegada del Apóstol, Simón Mago se retiró a la región de Judea. En Antioquía, el Apóstol sanó a muchos enfermos y, luego de predicar sobre Dios Trino, consagró a varios obispos; entre estos, a Marciano para Siracusa, en Sicilia, y a Pancracio para Taormina. El Santo abandonó después Antioquía y fue a Tiana de Capadocia, de donde partió a Ancira de Gálata, lugar en que resucitó a un hombre y construyó una iglesia, después de haber catequizado y bautizado a muchos, y nombró a un obispo. Después de Ancira, partió para Sinope de Ponto. Fue aquí donde su hermano, el Apóstol Andrés, se reunió con él; y juntos enseñaron al pueblo. Después, Pedro visitó Amastris, en medio de la provincia de Ponto. Luego de permanecer en Gangra de Paflagonia, Claudiopolis de Ponto y Bitinia, y Nicomedia, el santo Apóstol descansó por un tiempo en Nicea. Con el propósito de regresar a Jerusalén para la fiesta de Pascua, regresó pasando por Pesino, Capadocia y Siria. Después de haber visitado nuevamente Antioquía, llegó finalmente a Jerusalén. Durante su permanencia en esa ciudad, el santo Apóstol Pablo fue a ver a Pedro, a quien no había visto desde hacía tres años desde su conversión a Cristo, tal como lo menciona en su epístola a los Gálatas: “Después, luego de tres años, fui a Jerusalén a ver a Pedro y allí me quedé con él por quince días” (Gálatas 1:18).

        En esa ocasión, ambos Apóstoles se reunieron también con los demás Santos y renombrados Apóstoles; y juntos redactaron los 85 cánones de las reglas eclesiásticas. Luego de esto, San Pablo se dedicó a la tarea para la cual había sido llamado y San Pedro visitó nuevamente Antioquía, en donde consagró como obispo a Evodio, uno de los setenta. Luego se trasladó a la ciudad frigia de Sinada y de allí, nuevamente a Nicomedia, donde consagró como obispo a Procoro, quien, luego de recibir el rango episcopal, siguió a San Juan el Teólogo. Estando en llio, ciudad que queda cerca a Helesponto, luego de llegar de Nicomedia, el Santo Apóstol consagró como obispo para ese lugar a Cornelio el Centurión, antes de retornar a Jerusalén. Allí el Señor Jesucristo se le apareció en una visión, diciendo: “Levántate, Pedro, y ve al occidente; ha llegado el momento en que este se ilumine con tu prédica. Yo estaré siempre a tu lado.”

        Entre tanto, Simón Mago había sido arrestado por los soldados que fueron enviados para tomarlo, y lo llevaron a Roma para ser castigado por sus acciones. Sin embargo, éste los engañó confundiendo a muchos con su mágico arte; y no sólo pudo evitar el castigo, sino que incluso comenzó a ser objeto de veneración por muchos que lo tomaban como deidad. Este precursor del anticristo tanto impresionó con sus hechicerías que incluso el mismo emperador Claudio ordenó fundir una estatua del mago, en la que se leía la inscripción “A Simón, el Santo dios,” obra que fue colocada entre los dos puentes del río Tíber. Justino el Filósofo e Ireneo de Lyons escriben detalladamente sobre esto. Pero retomemos nuestra historia.

        Después de contar a los hermanos sobre la visión que había tenido y de visitar la iglesia que había establecido, el gran Apóstol se despidió de ellos y retornó nuevamente a Antioquía, en donde se reunió con el Apóstol Pablo. Allí consagró a los obispos Urbano para Tarso; Epafrodita para Laucas: en el Adriático; Apelio, Hermano de Policarpo, para Esmirna; y Figelo para Efeso (de este último se dice que entró en comunión con Simón Mago, luego de haberse desviado del correcto camino). De Antioquía, San Pedro se trasladó a Macedonia, donde también consagró como obispos a Olimpo para Filipo; Jasón para Tesalónica; y a Silas para Corinto, al último de los cuales encontró junto al Apóstol Pablo. Luego de consagrar a Herodio, como obispo de Patras, zarpó para Sicilia; y en Taormina, pasó un breve tiempo con Pancracio, que era una persona muy elocuente. Allí, luego de catequizar y bautizar a un tal Máximo y consagrarlo como obispo, partió para Roma.

        Una vez allí, el santo Apóstol predicaba en las plazas y en los hogares a Dios, el Padre Todopoderoso, al Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, al verdadero Dios del verdadero Dios, y al Espíritu Santo, el Señor y Creador de la Vida. Muchos se convirtieron a la fe cristiana, librándose de la decepción de la idolatría gracias al sagrado bautismo. Al ver esto, Simón Mago no pudo quedarse tranquilo ni disimular su malicia hacia el Apóstol; y comenzó a pensar en la forma de humillar la prédica del Apóstol por la que la gloria del hechicero se reducía a la nada. Comenzó impidiendo abiertamente la verdadera enseñanza del Apóstol con sus palabras y hechos falsos. Desvergonzadamente, declaró su oposición a San Pedro en medio de la ciudad. Engañó al pueblo, induciendo en ellos extrañas fantasías; evocó apariciones que parecían antecederlo y seguirlo, creyendo la gente que se trataba de las almas de los muertos; de la misma forma, mostró a personas que había resucitado, las que lo adoraban como dios; sanaba a los cojos, devolviéndoles la capacidad de caminar y brincar. Pero nada de esto era real, sino más bien una ilusión, como las que hacía el mítico Proteo, de quien se decía que era capaz de adoptar diversas formas: algunas veces se presentaba con dos caras, después se transformaba en cabra, serpiente, pájaro, o se convertía en fuego; en una palabra, tomaba cualquier forma para engañar a los crédulos. Sin embargo, el gran Apóstol del Señor se vio obligado a presenciar los hechos de Simón, pero las ilusiones de éste se desvanecieron inmediatamente.

        Cuando San Pedro se enteró que Simón se hacía llamar el Cristo y que obraba grandes milagros en presencia de la gente, lleno de celo por el verdadero Dios, fue a casa del hechicero; allí encontró a la entrada a una gran multitud que le impedía al Apóstol ingresar. Entonces Pedro dijo: ¿"Por qué me impiden entrar donde el hechicero?” “El no es ningún hechicero — algunos le contestaron — sino un poderoso dios; y él tiene a la entrada su propia guardia que conoce los pensamientos de los demás.” Entonces le señalaron al Apóstol a un perro negro que estaba echado a la puerta y le dijeron: “Este perro mata a todos los que piensan mal de Simón.” “Yo digo lo que es cierto de él –-- replicó Pedro —, Simón está de parte del demonio.” y acercándose al perro, el Apóstol le dijo: “Ve y dile a Simón que Pedro, el Apóstol de Cristo, quiere pasar a verlo.” el perro entró y, usando el lenguaje humano, le transmitió a Simón lo que el Apóstol le había mandado decir. Todos los que oyeron cómo hablaba el perro, quedaron pasmados; pero Simón, por su lado, envió con el perro el mensaje indicando que pasara Pedro.

        Apenas el Santo Apóstol hubo ingresado a la casa, Simón trató de usar su hechicería ante los mismos ojos de Pedro y delante de la gente. Pero el Santo Apóstol, con ayuda del poder de Cristo, hizo milagros todavía más grandiosos. De los muchos milagros que hizo, el antiguo historiador eclesiástico Hegésipo, que vivió no mucho después de la era apostólica, menciona uno en especial. Había en Roma una dama noble de la dinastía imperial, cuyo joven hijo había muerto. La madre se lamentaba y lloraba inconsolablemente por su muerte; en eso, quienes la consolaban recordaron a los hombres que se habían presentado por esos días en Roma — Pedro y Simón Mago — y cómo éstos eran capaces de resucitar a los muertos. Así, mandaron a llamar a Pedro de la casa de Simón y a Simón. Al funeral del muchacho asistieron muchas personas importantes y también una gran multitud de gente del pueblo. Entonces el Santo Apóstol aprovechó para decir a Simón Mago, quien era venerado por el pueblo por sus poderes, que cualquiera de ellos que resucitara al joven, la doctrina de cada cual sería reconocida como la verdadera. La gente aprobó la propuesta del Apóstol. Confiando en su arte mágico, Simón se dirigió a la multitud diciendo: “Si resucito al muchacho, ¿darán muerte a Pedro “Lo quemaremos vivo ante tus mismos ojos,” gritó la gente. Luego, acercándose al féretro, el hechicero comenzó con su magia y, con ayuda de los demonios, hizo aparecer como si el joven estuviera moviendo su cabeza. Inmediatamente la gente comenzó a gritar diciendo que el joven había resucitado y que estaba vivo; y se dirigieron después donde el santo Apóstol para quemarlo vivo. Pero éste hizo callar a la gente moviendo la mano y, una vez quietos, dijo:Si el joven está realmente vivo, que se pare, que hable y que camine hasta que no quede ninguna duda que Simón los está engañando con su hechicería.” El mago estuvo largo rato al lado del féretro invocando el poder de los demonios, pero sin resultado; entonces trató de huir de vergüenza, pero la multitud se lo impidió. San Pedro, verdadero hacedor de milagros, que había resucitado a Tabita y realizado muchos gloriosos milagros, se puso a corta distancia y, dirigiendo su mirada y sus manos hacia el cielo, comenzó a rezar, diciendo: “Oh Señor Jesucristo, que nos mandaste resucitar a los muertos en tu nombre, te suplico que devuelvas la vida a este muchacho, para que todos los aquí presentes sepan que tú eres el verdadero Dios y que aparte de tí no hay nadie más, tú que vives y reinas eternamente con el Padre y el Espíritu Santo. Amén.” Luego de esto, llamó al joven, diciendo: “¡Levántate, muchacho! Mi Señor Jesucristo te ha sanado y te ha sacado de entre los muertos.” El joven abrió los ojos, salió del féretro y comenzó a caminar y a hablar.

        Esta narración de Hegésipo es ampliada por Marcelo el Romano, quien al comienzo era discípulo de Simón Mago, pero posteriormente fue iluminado por el Apóstol Pedro con la sagrada fe y el Santo Bautismo. En su epístola a los mártires Nerión y Arquilio, Marcelo se refiere al joven que resucitó el Santo Apóstol: “El joven, cayendo ante los pies de san Pedro, exclamó: “Considero al Señor Jesucristo, que envió a sus ángeles para devolverme a la vida, gracias a tu súplica, para mi viuda madre.” Entonces toda la multitud comenzó a gritar diciendo: “Hay un solo Dios y no hay otro más que el que reveló Pedro.” Al ver esto, Simón Mago trató de huir, transformando su cabeza en la de un perro mediante el poder de los demonios; sin embargo, la gente lo aprehendió; unos querían matarlo apedreándolo, mientras que otros pensaban quemarlo vivo. Pero el santo Apóstol se opuso a esto, diciendo: “Nuestro Señor y Maestro nos ordena no pagar el mal con el mal; que él se vaya a donde quiera. La impotencia de su hechicería ya es suficiente vergüenza, ofensa y castigo para él.” Una vez libre, — según relata Marcelo, — Simón Mago vino donde mí, suponiendo que yo no sabía nada del milagroso acontecimiento. A la puerta de mi casa amarró a un enorme perro y me dijo: Vigila si Pedro viene donde ti, como es su costumbre Una hora después, el santo Apóstol llegó a la casa y soltó al perro, diciéndole: “Ve y dile a Simón Mago que deje de seguir engañando con su poder demoníaco a la gente por quien Cristo derramó su sangre.” El perro fue y, como si fuese una persona, le transmitió a Simón las palabras del Apóstol. al escuchar esto, — señala Marcelo, — me apresuré a dar encuentro al santo Pedro y con honor lo recibí en mi casa; pero eché a Simón y al animal. El perro, sin dañar a nadie más, lo expulsó el mismo, y, cogiéndolo con los dientes, lo revolcó en él sucio. Al ver esto desde la ventana, San Pedro le impidió al perro, en nombre de Cristo, tocar el cuerpo del mago. Pero el perro, a pesar que no tocaba el cuerpo del mago, rasgó toda su vestimenta, dejándolo completamente desnudo. Viéndolo así la gente, comenzó a gritarle burlándose y golpeándolo, después de lo cual lo expulsaron de la ciudad junto a su perro. De vergúenza y humillación, Simón desapareció en Roma durante todo un año, hasta que Nerón, quien sucedió a Claudio y era un gobernante ateo, oyó a cierta gente malvada adorar al perverso hechicero. Después Nerón mandó a buscarlo, con quien creció su afecto y ambos se hicieron grandes amigos.

        Se cuenta que una vez Simón mandó el mismo a hacerse decapitar, con la promesa que al tercer día resucitaría de entre los muertos; pero en lugar de poner su cabeza en el patíbulo, puso la de una oveja, la cual había convertido en forma humana; así, el cordero fue decapitado en lugar del hechicero. Pero San Pedro se encargó de disipar esa ilusión demoníaca y de poner al descubierto el engaño de Simón; así todos vieron que no se trataba de la cabeza del hechicero, sino la de una oveja la que había sido cortada.

        Todos los antiguos escritos hablan sobre la última victoria de Pedro sobre el hechicero, en la que murió éste. Incapaz de vencer al Apóstol por ningún medio y no pudiendo soportar más las vergüenzas y humillaciones, el hechicero anunció que ascendería al cielo. Para ello, reunió a todos los demonios que lo servían, y poniéndose una corona de laureles en la cabeza, se dirigió al centro de la ciudad de Roma, hasta un elevado edificio alto. Una vez allí, encolerizado se dirigió a la multitud desde lo alto, diciendo: “Romanos, en vista que vosotros habéis permanecido hasta ahora en vuestra ignorancia y me habéis abandonado para seguir a Pedro, yo os dejaré; no protegeré más a esta ciudad; ordenaré a mis ángeles para que me suban en sus brazos, como lo veréis, y enviaré sobre vosotros terribles castigos por no haber escuchado mis palabras, y no haber creído en mis obras.”

        Después de decir esto, cerró sus manos y se lanzó al aire; como estaba sostenido por los demonios, al comienzo pudo volar remontándose por el aire. La gente, que se quedó totalmente pasmada, decía: “Volar con su propio cuerpo por los aires es algo divino.” Pero el Apóstol comenzó a orar a Dios en voz alta, para que todos le escucharan: “¡Oh Señor Jesucristo, mi Dios! Reduce a la nada el engaño de este hechicero, para que los que en ti creen no caigan en la tentación.” Y después exclamó: “En el nombre de mi Dios, oh demonios, os ordeno que no lo sostengáis más, sino que lo dejéis donde está ahora, en medio del aire.” Los demonios obedecieron inmediatamente la orden del Apóstol y soltaron a Simón en el aire. El miserable hechicero cayó pesadamente a tierra, al igual que el demonio cuando fue expulsado una vez de lo alto del cielo, y sus huesos quedaron destrozados. La gente que presenció esto entonces exclamó: “¡Grande es el Dios predicado por Pedro! ¡En realidad, no hay otro dios más que El!”

        A pesar de tener el cuerpo destrozado, el hechicero, de acuerdo a la providencia divina, siguió con vida el tiempo suficiente como para darse cuenta de la impotencia de los desdichados demonios y de su propia falta de poder, así como para llenarse de vergüenza y comprender la supremacía de Dios Todopoderoso. Simón yacía en el suelo con sus extremidades quebradas, soportando un permanente sufrimiento, pero a la mañana siguiente, vomitó su impura alma con dolor y se entregó a las manos de los demonios para que lo arrastraran donde su padre, Satanás, en el hades. Después de este acontecimiento, el Apóstol se subió a una parte elevada y, luego de pedir silencio, comenzó a enseñar a la gente para que ésta reconociera al verdadero Dios; gracias a su extensa prédica, convirtió a muchos a la fe cristiana.

        Al enterarse del humillante fin de su amigo, el emperador Nerón se enfureció demasiado con el Santo Ápostol y quiso mandar a matarlo. Sin embargo, tal como relata Simeón Metafrastes, el colérico emperador no realizó inmediatamente sus viles intenciones para con el santo, sino que esperó varios años. Después de la muerte de Simón Mago, San Pedro no se quedó por mucho tiempo en Roma. En esta ciudad, convirtió y bautizó a muchos, estableció a la Iglesia sobre un firme fundamento y consagró a Lino como obispo, luego de lo cual partió para Tarraco, en España, donde consagró como obispo a Epafrodites (no el mencionado anteriormente). Dentro de España, viajó luego a Sermio, donde consagró como obispo para esa ciudad a Epeneto, después de lo cual se trasladó a Cártago, en África, donde ordenó como obispo a Crescensio. En Egipto, consagró también a Rufo para Tebas. Después de presenciar la revelación, fue a Jerusalén para estar presente en la dormición de la Purísima Madre de Dios María, hecho que ocurrió once años después de la Ascensión del Señor.

        Luego de regresar a Egipto y viajar por Africa, se trasladó a Roma y a Milán y, finalmente, a Foticia, donde ordenó a sacerdotes y obispos. Cuando viajó a Bretaña, donde permaneció por algún tiempo, llevó a muchos a la fe cristiana. Allí, el Apóstol tuvo una visión de un ángel, que le decía: “¡Oh Pedro, Apóstol de Cristo! Ha llegado el momento de tu partida de esta vida. Debes ir a Roma donde recibirás la gracia de Cristo el Señor después de que tu crucificación.” Dando gracias a Dios, San Pedro permaneció en Bretaña unos días más luego de esta revelación; y allí fortaleció la fe de las iglesias y ordenó a obispos, sacerdotes y diáconos.

        El también llegó a Roma por tercera vez, en el décimo segundo año del reinado de Nerón. Allí consagró a Clemente como obispo (cuya memoria se recuerda el 24 de noviembre). Este era romano de nacimiento y tenía sangre real. En su juventud, su madre y sus dos hermanos fueron cogidos por una tormenta en el mar y perdieron el curso. Su padre fue en su búsqueda, pero tambien desapareció. Entonces Clemente, que tenía veinticuatro años, partió para buscar a su familia. Cuando llegó a Alejandría, conoció al Apóstol Barnabás y se hizo también amigo del apostol Pedro. Este hecho lo llevó a descubrir a sus dos hermanos perdidos, Faustino y Faustiniano, quienes eran seguidores de Pedro. Gracias a la divina providencia, el Apóstol logró encontrar tanto al padre como a la anciana madre de Clemente, la cual vivía como pordiosera. Luego de juntarse, la familia regresó a Roma. Tal como señalamos, Clemente fue consagrado como obispo para ayudar en la administración, a pesar que él habría podido rehusarse, no queriendo llevar esa carga sobre sí. Sin embargo, cuando escuchó las admoniciones del santo Apostol, como hijo obediente que era, inclinó su cabeza para recibir el yugo de Cristo y, junto a su maestro y a otros santos, tiró el carro de la palabra de Dios. Muchos nobles y personas importantes de Roma también se iluminaron con la fe y el sagrado bautismo.

        En la casa de Nerón había dos mujeres que se destacaban por su belleza y a quienes aquél amaba más que a todas sus demás concubinas. Pero ellas aceptaron la santa fe y resolvieron llevar una vida casta, por lo cual ya no querían someterse a los lujuriosos deseos del emperador. Sin embargo, este desvergonzado e insaciable fornicador se enfureció contra la Iglesia por esto y, especialmente, con el Apóstol Pedro, quien era responsable por la conversión a la cristiandad de las mujeres. Recordando también el emperador la muerte de su estimado amigo Simón Mago, inició una persecución tras san Pedro, tratando de darle muerte. El mencionado historiador eclesiástico Hegésipo señala que cuando buscaban a Pedro para ejecutarlo, los fieles le rogaban a éste, por causa de su bien común, para que se ocultase y saliera de Roma. El Apostol no consintió de ninguna manera con esto, deseando más bien sufrir y morir por Cristo; pero los fieles, con lágrimas en los ojos, le suplicaban para que salvara su vida, que era tan necesaria para la santa Iglesia, siendo esta abatida por las olas de la tempestad de las tribulaciones causadas por los descreyentes. Viendo el implorante ruego de su rebaño dotado de razón, san Pedro prometió esconderse fuera de la ciudad. En la noche siguiente, luego de orar junto a sus hijos espirituales, el Apóstol, se despidió y partió solo. Pero cuando había cruzado las puertas de la ciudad, vio al Señor Jesucristo que venía hacia él. Arrodillándose ante el Señor, Pedro le dijo: “¿A dónde vas, Señor?” “Voy a Roma para ser crucificado otra vez,” le respondió el Señor y después se desapareció.

        Asombrado, el Apóstol comprendió que Cristo, quien sufre en sus siervos como en sus propios miembros, deseaba también sufrir en su cuerpo. El Salvador profetizó la crucifixión que acaecería a Pedro, cuando le dijo: “Cuando eras más mozo, te ceñías, e ibas donde querías; mas cuando ya fueras viejo; extenderás las manos, y te ceñirá otro, y te llevará donde no quieras.” Esto lo dijo dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios (Juan 21:18-19). El mismo dice en su segunda epístola a todos los cristianos: “Porque tengo por justo, en tanto que estoy en este tabernáculo, de incitaros con amonestación: sabiendo que brevemente tengo que dejar mi tabernáculo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado” (II Pedro 1:13-14). Por lo tanto, regresó donde los fieles y fue arrestado por los soldados y luego fue muerto. San Simeón Metafrastes dice que San Pedro no fue tomado solo, sino con una gran cantidad de fíeles, entre los que estaban Clemente, Herodíón y Olimpo. El tirano los condenó a la decapitación, pero ordenó crucificar a san Pedro. Haciéndose cargo de los condenados, los soldados los llevaron al lugar de ejecución. Como Clemente era pariente del emperador, se apiadaron de él y lo dejaron libre; pero Herodión y Olimpo, que habían llegado a Roma junto con el Apóstol Pedro, fueron decapitados, junto a la multitud de fieles. El Apóstol pidió que lo crucificaran con la cabeza hacia abajo, diciendo: “No merezco ser crucificado como mi Cristo, hacía arriba; así fue crucificado para poder ver la tierra, a donde descendería al hades para salvar a las almas de allí. Crucificadme con la cabeza abajo para así ver el cielo, a donde iré.” Fue así como reposó el gran Santo del Señor, el Apostol Pedro, glorificando a Dios con su muerte en la cruz; soportando el terrible tormento de los clavos en sus manos y pies, entregó su inmaculada alma en las manos de Dios, el 29 de junio del año 67 de nuestro Señor. En tanto que su discípulo, el Apóstol Clemente, después de pedir el cuerpo de San Pedro, lo bajó de la cruz, lo lavó y, después de llamar a los restantes fíeles y clérigos, lo enterró con honor; asimismo, dieron también un entierro decente a los cuerpos de Herodión, Olimpo y los demás que sufrieron con él glorificando a Cristo Dios, quien es glorificado para siempre junto al Padre y al Espíritu Santo. Amén.

 

        Tropario Tono 4: Oh líderes de los Apóstoles y maestros del mundo interceded ante el Maestro de todos, para que conceda la paz al mundo y a nuestras almas la gran misericordia.

        Kontaquio Tono 2: Tú has tomado para Ti mismo, oh Señor, a los firmes predicadores divinamente inspirados, a los principales Apóstoles, para el goce de tus bendiciones y para el reposo; pues Tú aceptaste sus trabajos y muerte como la culminación de todo sacrificio, ¡Oh Tú, que eres el único que conoces el secreto de nuestros corazones!

        Megalinarion: Alabemos a los primeros heraldos del mundo: a Pedro, el más honrado entre los doce; y a Pablo, el impetuoso predicador del designio divino de Cristo; porque, ceñidos con la corona de la gloria, ellos interceden en nuestro bien,