San Pablo

(29 de Junio/12 Julio)

El Santo Apóstol Pablo, quien antes de su apostolado se llamaba Saulo, era judío de nacimiento, de la tribu de Benjamín. Nació en Tarso de Cilicia a donde sus padres, que pertenecían a familias prominentes, se habían mudado luego de vivir en Roma; éstos tenían el codiciado rango de ciudadanos romanos, razón por la cual Pablo también era ciudadano romano. Aparentemente, el primer Santo mártir Esteban era pariente suyo, con quien probablemente lo enviaron sus padres a Jerusalén para estudiar la ley de Moisés, en donde fue discípulo del famoso Rabí Gamaliel. Su amigo y compañero de estudios era Barnabás, quien después llegó a ser Apóstol de Cristo. Cuando dicho amigo se convirtió al cristianismo, éste imploró incesantemente a Dios para que iluminara el entendimiento de Saulo y cambiara su corazón. En tanto que Saulo estudió principalmente la ley de sus padres, se convirtió en un defensor de ella y se unió al partido de los fariseos (estrictos zelotes de su herencia que se jactaban de su piedad).

        En ese tiempo, en Jerusalén y en las ciudades y tierras de la región, los Santos Apóstoles se empeñaban por difundir las buenas nuevas de Cristo; pero a causa de ello, a menudo tenían que meterse en largas discusiones con los fariseos y los saduceos, los últimos de los cuales rechazaban la tradición y no creían en la inmortalidad del alma; y también con todos los escribas y los expertos legales de los judíos, quienes odiaban y perseguían a los que predicaban a Cristo. Saulo detestaba también a los Santos Apóstoles y no quería ni siquiera escuchar a nadie que hablara sobre Cristo; también se burlaba de Barnabás, quien se había convertido en Apóstol de Cristo, y blasfemaba contra el Maestro. Cuando el primer santo mártir Esteban fue apedreado por los judíos, Saulo no sólo no mostró ninguna piedad por uno de su propia sangre, quien era condenado a pesar de su inocencia, sino que aprobó su muerte y montó guardia sobre las vestiduras de los judíos que arrojaban las piedras a Esteban. Posteriormente, luego de solicitar permiso a los sacerdotes y ancianos principales de los judíos, atacó la Iglesia (la comunidad de los creyentes) con una ira todavía mayor, ingresando a las casas particulares y arrestando a hombres y mujeres a quienes enviaba a la cárcel. No satisfecho con perseguir a los fieles en Jerusalén, y profiriendo en forma permanente amenazas e intimidando de muerte a los discípulos de Cristo, se trasladó a Damasco con cartas de altos sacerdotes para las sinagogas, a fin que allí inclusive pudiera buscar a todos los que creyeran en Cristo, hombres y mujeres, y luego de arrestarlos, llevarlos de vuelta a Jerusalén. Esto aconteció durante el reinado del emperador Tiberio.

        Pero cuando Saulo se aproximaba a Damasco, una luz brillante y enceguecedora apareció súbitamente del cielo, la cual lo hizo caer al suelo, y se escuchó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Lleno de asombro, le replicó preguntándole: “¿Quién eres Tú Señor?” el Señor le contestó: “Yo soy Jesús a quien tú persigues: dura cosa te es dar coces contra el aguijón.” Temblando y temeroso, él le dijo: “Señor, ¿qué quieres que haga?” y el Señor le dice: “Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer” (Hechos 9:4‑6). Los soldados que iban con Saulo, se pararon también atónitos, encandilados por la maravillosa luz; escuchaban la voz que le hablaba a Saulo, mas no podían ver a nadie.

        Obedeciendo al Señor, Saulo se puso de pie, pero no podía ver nada, a pesar que tenía los ojos abiertos; sus ojos estaban enceguecidos, pero comenzó a ver con los ojos del alma. Los acompañantes y ayudantes de Saulo lo condujeron de la mano y lo llevaron a Damasco, donde permaneció tres días, sin poder ver nada. En su arrepentimiento no comió nada, sino se dedicó más bien a orar sin cesar para que el Señor le revelara su voluntad.

        En Damasco vivía el discípulo llamado Ananías. El Señor se le apareció a éste en una visión, ordenándole que buscara a Saulo, quien estaba en casa de cierto hombre de nombre Judas, y le devolviera la visión tocándole los ojos corporales y, también, los del alma mediante el sagrado bautismo. Ananías le contestó: Señor sé que muchos hablan sobre todo el mal que ha hecho este hombre a tus Santos en Jerusalén; y aquí él tiene el permiso de los sacerdotes jefes para detener a todo aquél que invoca Tu Nombre.” Y le dijo el Señor: “Ve, porque instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel. Porque yo le mostraré cuanto le es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9:13-16).

        Entonces Ananías, tal como el Señor le ordenó, fue y encontró a Saulo, y poniéndole las manos encima, éste recuperó inmediatamente la vista; cuando se levantó, recibió el Bautismo que lo llenó con el Espíritu Santo, y fue consagrado para el ministerio Apostólico. Saulo comenzó a predicar inmediatamente en las sinagogas al Señor Jesucristo, diciendo que era el Hijo de Dios. Todos los que le escuchaban quedaron sorprendidos por el cambio de actitud del antiguo perseguidor de la Iglesia de Cristo, y le dijeron: “¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este Nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los sacerdotes?” (Hechos 9:21).

        Sin embargo Saulo, lleno del Santo fervor, tenía una fe cada vez más sólida y llevó a la confusión a los judíos que vivían en Damasco al probarles que Jesús era el Mesías prometido. Entonces los judíos estallaron de ira en contra de él y conspiraron para matarlo, para lo cual pusieron vigilancia en las puertas de la ciudad de día y de noche a fin que no se escapara. Pero los discípulos de Cristo que se encontraban en Damasco con Ananías, sabiendo de las intenciones de los judíos, llevaron a Saulo a una casa que estaba construida en la misma muralla de la ciudad y lo hicieron bajar en una cesta por una ventana. Al salir de Damasco, no fue inmediatamente a Jerusalén, sino que se trasladó a Arabia, tal como escribe en su Epístola a los Gálatas: “No conferí con carne y sangre; ni fui a Jerusalén a los que eran Apóstoles antes que yo; sino que me fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, fui a Jerusalén a ver a Pedro” (Gálatas 1:16-18).

        Al llegar a Jerusalén, Saulo trató de juntarse con los discípulos de Cristo, pero éstos eran temerosos, no creyendo que se había convertido en discípulo del Señor. Quien creyó en él fue el Apóstol Barnabás, cuya fervorosa súplica no había dejado sin respuesta el misericordioso Maestro. El recién convertido Saulo cayó ante los pies de su amigo e imploró: “Oh Barnabás, maestro de la verdad, ahora estoy convencido de la verdad de la que me hablaste sobre Cristo.” Barnabás lloró de alegría y abrazó a su amigo y, tomándolo de la mano, lo llevó donde los Apóstoles. Entonces Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino a Damasco y cómo había predicado en el nombre de Jesús en esa ciudad. Los Santos Apóstoles se llenaron de gozo y glorificaron a Cristo Señor. Saulo se ponía a discutir incluso en Jerusalén con los judíos y helenos en el nombre del Señor Jesús y les demostraba que éste era el Mesías que los profetas predijeron.

        Un día, mientras rezaba en el templo, Saulo le sobrevino un éxtasis y vio al Señor, quien le dijo: “Date prisa y sal prontamente de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio de mí.” Entonces Saulo le dijo: “Señor, ellos saben que yo encerraba en la cárcel y maltrataba por las sinagogas a todos lo que creían en Ti; y cuando se derramó la sangre de tu mártir, Esteban, yo también estuve presente y consentí su muerte y guardé las ropas de los que lo mataban.” Pero el Señor le dijo: “Ve, porque Yo te enviare lejos a los gentiles” (Hech. 22:18-21).

        A pesar de esta visión, Saulo quiso quedarse todavía unos cuantos días en Jerusalén, porque había recibido el consuelo de la conversación con los Apóstoles, pero no pudo hacerlo. Los judíos, con quienes había tenido discusiones sobre Cristo, estaban muy enojados y querían eliminarlo. Sabiendo esto, los cristianos de Jerusalén lo acompañaron hasta Cesárea, donde zarpó hacia Tarso, su tierra natal; allí se quedó por algún tiempo predicando a sus coterráneos la palabra de Dios.

        Por inspiración del Espíritu Santo, Barnabás llegó hasta allá y se llevó a Saulo a Antioquía de Siria, sabiendo que éste fue designado Apóstol para los gentiles. Predicando allí en la sinagoga por un año entero, ambos convirtieron a muchos a Cristo, quales empezaron a llamarse cristianos. Transcurrido el año, Barnabás y Saulo regresaron a Jerusalén y relataron a los Apóstoles sobre lo que había hecho la Gracia de Dios en Antioquía, lo cual produjo gran regocijo en la Iglesia de Cristo en Jerusalén. Más aún, trajeron consigo generosas limosnas de donadores cristianos de Antioquía a fin de ayudar a los hermanos pobres y menesterosos que vivían en Judea; porque en ese tiempo, durante el reinado del emperador Claudio, había una gran hambruna, la cual había sido predicha por San Agabo, uno de los setenta Apóstoles, a través de una revelación especial del Espíritu Santo.

        Después de Jerusalén, Barnabás y Saulo regresaron a Antioquía. Cuando hubieron permanecido allí un cierto tiempo, ayunando y orando, en la celebración de la Divina Liturgia y predicando la palabra de Dios, el Espíritu Santo les envió a predicar a los paganos. Este díjoles a los ancianos de la iglesia de Antioquía: “Apartadme a Barnabás y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hechos 13:2). Entonces los ancianos de la comunidad, habiendo ayunado y orado, y puesto las manos sobre ellos, despidiéronlos.

        Bajo inspiración del Espíritu Santo, Barnabás y Saulo se trasladaron a Seleucia, donde se embarcaron a la isla de Chipre (tierra natal del Apóstol Barnabás). Allí, en la ciudad de Salamis, predicaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos y después viajaron por toda la isla, incluso por Pafos. En este último lugar, encontraron a un tal Elimas, un judío cuyo sobrenombre era Barjesús, quien era hechicero y falso profeta. Este estaba relacionado con el gobernador de esa región, de nombre Sergio Pablo, quien era una persona inteligente y estaba al parecer influenciado por aquél. El gobernador mandó a llamar a Barnabás y a Saulo porque quería escuchar la palabra de Dios y escuchar su prédica. Pero Elimas se opuso a éstos, tratando de alejar al gobernador de la fe. Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos, le dijo: “Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora pues, he aquí, la mano del Señor que se va contra ti y te volverás ciego; y no verás el sol por algun tiempo” (Hechos 13:10‑11). Inmediatamente la oscuridad y tinieblas cayeron sobre el hechicero, quien yendo de un lado a otro, buscó a alguien para que le llevara de la mano. Al ver lo ocurrido, el gobernador comenzó a creer completamente; maravillándose por la enseñanza del Señor; con él mucha de su gente también comensaron a creer y, por lo tanto, el número de fieles creció.

        Saliendo de Pafos en bote, Pablo y sus compañeros arribaron a Perga, que se encuentra en Parnfilía, de donde partió a Antioquía de Pisidia. Allí predicó sobre Cristo; pero luego que hubo convertido a muchos a la fe, los maliciosos judíos incitaron a las personas principales de la ciudad, que eran idólatras, a echar, con su ayuda, a los Apóstoles del pueblo y sus alrededores.

        Sacudiendo el polvo de sus sandalias, los Apóstoles se fueron a Iconio, donde se quedaron por algún tiempo y predicaron valientemente. Gracias a ello, una gran multitud de judíos y paganos se convirtieron a la fe, no sólo por su prédica, sino por las señales y milagros que realizaban ellos con sus manos, fue allí donde convirtieron a la santa virgen Tecla (a quien se conmemora el 24 de septiembre) y la prometieron a Cristo. Sin embargo, los judíos no creyentes agitaban a los paganos y a sus jefes para que se enfrentaran a los Apóstoles y los atacaran con piedras. Al enterarse de esto, los Apóstoles se alejaron a Licaonia, a las ciudades de Listra y Derba y sus alrededores.

        Cuando predicaban el evangelio en Listra, sanaron a un cojo de nacimiento que nunca había caminado; en el nombre de Cristo pusieron de pie a éste, quien se paró inmediatamente y comenzó a caminar. Al ver este milagro, la gente elevó su voz, diciendo en dialecto licaónico: “Dioses semejantes a hombres han descendido a nosotros” (Hechos 14:11). Entonces llamaron a Barnabás Zeus, y a Pablo — Hermes. Después les llevaron bueyes y guirnaldas, y se aprestaban a ofrecerles sacrificios a los Apóstoles. Pero cuando ellos oyeron esto, desgarraron sus ropas y, metiéndose entre la multitud, gritaron: “Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra y el mar, y todo lo que está en ellos” (Hechos 14:15). Después ellos explicaron a la gente la palabra del único Dios, luego de lo cual lograron convencerla a no ofrecerles sacrificios.

        Durante su permanencia en Listra, donde predicaban, llegaron unos judíos de Antioquía e Iconio quienes convencieron al pueblo para que abandonara a los Apóstoles, sosteniendo desvergonzadamente que éstos decían falsedades, mintiendo. Incitaron a los que no tenían una fe sólida, los cuales apedrearon al Santo Pablo, debido a que era el principal predicador, y lo sacaron de la ciudad, en la suposición que estaba muerto. Sin embargo, el Santo se recuperó cuando lo rodearon sus discípulos y regresó a la ciudad, pero al día siguiente partió a Derba con Barnabás. Después de predicar el Evangelio en esa ciudad y de ganar no pocos conversos, volvieron sobre sus pasos a Listra, Iconio y Antioquía, para afirmar el alma de sus discípulos y exhortarlos a permanecer fieles. Ordenaron sacerdotes en cada iglesia, oraron y ayunaron, y encomendaron al Señor a los creyentes.

        Posteriormente, pasando por Pisidia llegaron a Pamfilia; y luego de predicar la palabra del Señor en Perga, se trasladaron a Atalia, en donde se embarcaron hacia Antioquía de Siria, lugar del cual habían sido enviados originalmente por el Espíritu Santo para predicar a los paganos la palabra del Señor. Una vez en esta última ciudad, reunieron a los fieles y les contaron sobre lo que Dios había hecho a través de ellos y la cantidad de paganos que habían convertido a Cristo.

        Después de un tiempo, se suscitó entre los judíos y los helenos una discusión en relasión a la circuncisión; algunos afirmaban que era imposible salvarse sin ella, en cambio otros consideraban que no era necesaria. Por eso los Apóstoles tuvieron que ir a Jerusalén para preguntar a los Apóstoles y los presbíteros ancianos cuál era su opinión con respecto a este asunto y para informarles también que Dios había abierto la puerta de la fe a los paganos. Al enterarse de este hecho, los hermanos de Jerusalén se alegraron mucho.

        Cuando los Santos Apóstoles y presbíteros se reunieron, rechazaron totalmente la circuncisión, indicando que era innecesaria bajo la Gracia Divina. Ordenaron que los cristianos no se dejaran tentar por las cosas sacrificadas a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; para no ofender a su prójimo. Con esta decisión, los Apóstoles y los ancianos, junto con la iglesia, se sintieron contentos de enviar a Judas y a Silas, elegidos de entre su compañía, a Antioquía con Pablo y Barnabás (Hechos 15:20-22).

        Al llegar a Antioquía, los Apóstoles aguardaron mucho tiempo antes de regresar donde los gentiles. Pablo le dijo a Barnabás: “Regresemos y visitemos a nuestros hermanos en todas las ciudades donde proclamamos la palabra del Señor y veamos cómo están.” Pero Barnabás quería que los acompañase su sobrino Juan, que tenía por sobrenombre Marcos. Sin embargo, a Pablo no le parecía bien llevarlo porque éste los había abandonado en Pamfilia y no les había ayudado en su tarea. Entonces se produjo un desacuerdo, por lo cual se separaron. Barnabás tomando a Marcos, navegó a Chipre; mientras que Pablo eligiendo Silas, partió encomendado por los hermanos a la gracia de Dios hacia Siria y Cilicia, donde confirmó las iglesias (Hechos 15:36-41). Luego se trasladó a Derba y a Listra; en esta última ciudad circuncidó a su discípulo Timoteo a fin de acallar las murmuraciones de los cristianos judíos, y se lo llevó con él. Después fue a Frigia y a Galacia, de donde se dirigió a Misia para tratar de ir a Bitinia, pero el Espíritu Santo no los dejó. Cuando Pablo y sus acompañantes se encontraron en Troas, en un sueño vio a un hombre que parecía ser de Macedonia, el cual se puso delante y le rogó, diciendo: “Pasa a Macedonia para ayudarnos!” (Hechos 16:9). Pablo interpretó esta visión como que el Señor lo estaba llamando para predicar en Macedonia. Primero navegó a Troas, pero la barca en que zarpó lo llevó primero a la isla de Samotracia; y al día siguiente llegó a Neápolis, de donde continuó a Filipos, ciudad que era colonia romana y la que estaba más cerca a Macedonia. En Filipos, enseñó y bautizó primero a una mujer de nombre Lidia, que vendía telas púrpuras, la cual le pidió que se quedara él y sus discípulos en su casa.

        Cierto día, cuando Pablo y Sus discípulos iban a la oración, se toparon con una muchacha esclava que tenia espiritu de adivinacion, la cual reportaba considerables ganancias a sus amos porque predecía el futuro. Siguiendo a Pablo y sus acompañantes, ella dijo en voz alta: “Estos hombres son siervos del Dios el Altísimo, los cuales os anuncian el camino de la salvación” (Hechos 16:17). Así continuó diciendo por muchos días, lo cual desagradó a Pablo, quien volviéndose a ella, dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Al ver sus amos que se había arruinado la fuente de sus ingresos, estos agarraron a Pablo y a Silas y los llevaron ante los magistrados de la ciudad, diciendo: “Estos hombres, siendo judíos, alborotan demasiado nuestra ciudad y enseñan costumbres que no nos son lícitas de recibir ni observar como romanos” (Hechos 16:20‑21). Los magistrados mandaron a azotar a los Apóstoles con varas, luego de haberles rasgado los vestidos, y después que les dieron muchos azotes, los echaron en la cárcel. Pero en la medianoche, cuando ambos oraban, se produjo un terremoto y todas las puertas se abrieron, y también se soltaron las ataduras de los prisioneros. El carcelero, al ver esto, comenzó a creer en Cristo y los llevó a su casa, donde lavó sus heridas. El y todos los miembros de su familia se bautizaron inmediatamente y prepararon una fiesta para los Santos, los cuales regresaron después a la cárcel. Al día siguiente, las autoridades de la ciudad, dándose cuenta que habían castigado cruelmente a inocentes, enviaron a los alguaciles a la prisión con órdenes de poner en libertad a los Apóstoles para que estos fueran donde quisieran. Pero Pablo les dijo: “Nos azotaron públicamente sin ser condenados, siendo ciudadanos romanos, y nos echaron a la cárcel; ¿y ahora nos echan encubiertamente? No, por cierto, ¡Que vengan ellos mismos a sacarnos!” (Hechos 16:37). Cuando los magistrados se enteraron de lo dicho por Pablo, sintieron temor porque los prisioneros a quienes habían hecho azotar eran, en efecto, ciudadanos romanos. Apresuradamente fueron donde ellos y les rogaron que salieran de la cárcel y se alejaran de la ciudad. Entonces, saliendo de dicho lugar, fueron primero a casa de Lidia, donde habían estado antes, lo cual alegró a los fieles que allí se reunían. Finalmente, se despidieron de ellos y partieron a Arnfipolis y a Apolonia, de donde se trasladaron a Tesalónica.

        En este último sitio, cuando ya habían ganado a muchos gracias a su evangelismo, los malvados judíos, luego de reunir a varias personas ruines, atacaron la casa de Jasón en donde se hospedaban los Apóstoles. Pero como no encontraron allí a éstos, agarraron a Jasón y a varios otros hermanos y los llevaron ante las autoridades de la ciudad, acusándolos de estar contra el César y de reconocer a otro emperador de nombre Jesús. Sin embargo, Jasón apenas logró zafarse de este peligro.

        No obstante, los Apóstoles lograron esconderse de estos infames y salieron de Tesalónica por la noche hacia Berea. Incluso allí, la perversidad de los judíos no le permitió estar tranquilo a Pablo. Cuando los judíos de Tesalónica se enteraron que la palabra de Dios estaba siendo predicada por Pablo en Berea, fueron hasta allí para agitar e instigar a la gente contra Pablo. Por eso, el Santo Apóstol se vio obligado a partir, no por temor a morir, sino por insistencia de la hermandad, la cual le pidió que conservara su vida por el bien de la salvación de muchos y lo acompañó hasta la ribera del mar. El Apóstol dejó en Berea a sus compañeros de viaje, Silas y Timoteo, para que confirmaran a los recién convertidos a la fe, ya que sabía que los judíos buscaban sólo su cabeza. Después se embarcó hacia Atenas.

        En esta ciudad, Pablo quedó consternado cuando vio la gran cantidad de ídolos que llenaba la ciudad y se afligió por la condenación de tantas almas. Comenzó a entablar discusiones con los judíos en las sinagogas y a diario debatía en las plazas públicas con los helenos y sus filósofos. Quienes le escuchaban lo llevaron al Areópago (lugar donde se reunía el tribunal superior para deliberar).

        Pero el Santo Pablo, habiendo visto en la ciudad un altar donde se leía la inscripción: “Al Dios no conocido,” comenzó su anuncio haciendo referencia a esto y les predicó sobre el verdadero Dios, antes desconocido para ellos, diciendo: “Aquel, pues, que vosotros honráis sin conocerlo, a este os anuncio yo” (Hechos 17:23). Y les habló de Dios, el Creador de todo el mundo, del arrepentimiento, del juicio y de la resurrección de los muertos. Algunos se rieron cuando habló de la resurrección, pero otros querían saber más. Sin embargo, Pablo se apartó de ellos, aunque no sin llevar el bien a algunas almas; ya que varios comenzaron a creer en Cristo, entre los cuales estaba Dionisio el Areopagita y cierta importante mujer de nombre Dámaris, así como muchos otros, quienes fueron bautizados.

        De Atenas, Pablo se trasladó a Corinto, donde permaneció junto a cierto judío llamado Aquila; allí también llegaron Silas y Timoteo desde Macedonia, y todos juntos anunciaron a Cristo. Aquila y su mujer Priscila se dedicaban a hacer tiendas (carpas), oficio que también conocía bien Pablo, por lo cual éste trabajaba con ellos, ganándose así su sustento y el de sus compañeros, tal como él mismo lo señala en su epístola a los Tesalonicenses: “Ni comimos el pan de ninguno en balde, sino que obramos con trabajo y fatiga día y noche para no ser carga de ninguno de vosotros” (II Tesalonicenses 3:8). En otra parte señala también: Ustedes mismos saben que estas manos me han proporcionado mis necesidades y a los que están conmigo” (Hechos 20:34).

        Todos los sábados exhortaba a los judíos en las sinagogas, demostrando que Jesús era el Mesías. Pero como éstos se resistían obstinadamente y blasfemaban, él sacudió sus vestidos y les dijo: “Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza; yo, limpio, desde ahora me iré a los gentiles” (Hechos 18:6). Pero cuando se disponía a abandonar Corinto, el Señor se le apareció por la noche en una visión y le dijo: “No temas; más bien, habla y no te quedas callado, porque Yo estoy contigo; y nadie te hará daño, porque Yo tengo mucha gente en esta ciudad” (Hechos 18:1-10).

        San Pablo se quedó en Corinto durante un año y medio, proclamando la palabra de Dios a los judíos y a los helenos; muchos creyeron y se bautizaron, incluso Crispo, jefe principal de la sinagoga, quien comenzó a creer en el Señor y se hizo bautizar junto a toda su familia. Sin embargo, un grupo de judíos no creyentes atacó a Pablo y lo llevó ante el tribunal de Galio, quien era procónsul de Acaya y hermano del filósofo Séneca; pero éste se rehusó a condenar al Apóstol, diciendo: “Si él hubiera cometido algún crimen o si estuviese envuelto en algún acto nefasto, tendría razones para escucharos y condenarlo; pero no tengo deseos de actuar como juez de ninguna disputa sobre vuestras doctrinas y leyes.” Y luego los echó de la corte. Pero al cabo de algunos días, el Santo Pablo se despidió de sus hermanos y navegó a Siria con sus acompañantes. Aquila y Priscila lo siguieron y todos se quedaron en Efeso. Aquí, predicando la palabra del Señor, el Santo Apóstol obró numerosos milagros; pero no sólo sus manos realizaban milagros, curando todas las enfermedades sólo con su toque, sino que incluso sus pañuelos y vestiduras que hubiesen absorbido el sudor de su cuerpo, adquirían este mismo milagroso poder; porque cuando éstos eran colocados sobre los dolientes, inmediatamente los sanaban y expulsaban a los espíritus inmundos de la gente. Al ver esto, varios exorcistas itinerantes judíos comenzaron a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que estaban poseídos por los malos espíritus, diciendo: “Os conjuro por Jesús, el que Pablo predica.” Pero el espíritu maligno les respondió, diciendo: “A Jesús conozco y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?” Entonces el hombre que estaba poseído, se lanzó sobre los exorcistas y, luego de dominarlos, adquirió tal poder sobre éstos que los golpeó e hirió hasta que éstos apenas lograron escapar desnudos de las manos del poseído. Al enterarse de esto los judíos y los griegos de Efeso, el temor se apoderó de ellos y glorificaron el nombre del Señor Jesús, y muchos comenzaron a creer en El. Incluso muchos hechiceros, después de aceptar la fe, echaron al fuego sus libros de conjuros; y cuando se calculó el precio de ellos, encontraron que valían cincuenta mil dracmas. Así la palabra de Dios creció poderosamente y se extendió.

        Después, Pablo se preparó para ir a Jerusalén, y señaló: “Después que hubiera estado allá, tendré también que ir a Roma” (Hechos 19:21). Pero en eso se produjo una pequeña revuelta en Efeso de parte de los orfebres de plata, quienes hacían templecillos de este metal para la diosa Artemisa. Una vez que la revuelta hubo concluido, el Santo Pablo, que se había quedado en Efeso tres días, partió hacia Macedonia, de donde se dirigió a Troas, lugar en el cual se quedó siete días.

        El primer día de la semana, cuando los fieles se reunieron para partir el pan,Pablo les pronunció un largo discurso, porque pensaba dejarlos al día siguiente, y continuó hasta la medianoche; la reunión se realizó en un cuarto superior, el cual era iluminado con muchas lámparas. Entre los que le escuchaban estaba cierto joven llamado Eutiquio, quien estaba sentado a la ventana; pero éste se quedó profundamente dormido y cayó fuera desde el tercer piso. Cuando lo levantaron ya estaba muerto; pero San Pablo bajó y lo abrazó, diciéndole: “No os preocupéis, porque su vida está en él” (Hechos 20:10). Después Pablo regresó arriba y los demás subieron al mozo vivo, y fueron consolados no pocos. Luego de hablar largamente hasta el alba, el Apóstol se despidió de los fieles y se marchó.

        Al llegar a Mileto, Pablo escribió a Efeso luego de reunir a los ancianos de la iglesia, porque no deseaba ir allá personalmente, a menos que se retrasara; porque le urgía estar en Jerusalén para la fiesta de Pentecostés. Cuando los ancianos estuvieron presentes, el Apóstol les dirigió un instructivo discurso, diciendo, entre otras cosas: “por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre” (Hechos 20:28). Después les predijo que después de su partida los atacarían feroces lobos que asolarían el rebaño; y también los habló de su propia jornada venidera: “Y ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me ha de acontecer; más que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio diciendo que prisiones y tribulaciones me esperan. Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi preciosa vida para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la Gracia de Dios. Y ahora, he aquí yo sé que ninguno de todos vosotros, por quien he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro” (Hechos 20:22-25). A esto hubo un gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, lo besaron, doliéndose de gran manera por las palabras que dijo respecto a que nunca más ellos volverían a ver su rostro. Lo acompañaron al navío y éste, dándoles un último beso, emprendió su viaje.

        Pasó por muchas ciudades y tierras, tanto de la costa como de varias islas, visitando y dando ánimo a los fieles, hasta arribar a Tolorneo, de donde partió a Cesárea Marítima, lugar en que se alojó en casa del Apóstol Felipe, uno de los siete diáconos.

        Allí, un día llegó de Judea el profeta Agabo buscando a Pablo; y cuando lo encontró, le tomó el cinto de éste y se ató los pies y las manos, diciendo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto y lo entregarán en manos de los gentiles” (Hechos 21:11). A pesar de esto, el Santo Apóstol Pablo fue a Jerusalén junto con sus discípulos (entre los que estaba Trofimo, un éfesó que se había convertido al cristianismo del paganismo) y allí fue recibido alegremente por el Santo Apóstol Jacobo, el hermano del Señor, y por toda la congregación de fieles.

        Por esos días, llegaron unos judíos, que eran implacables enemigos de Pablo y siempre habían tratado de provocar desórdenes en su contra, desde el Asia Menor para celebrar la fiesta de Pentecostés en Jerusalén. Al ver éstos a Pablo en esta ciudad, junto a Trofimo de Efeso, se quejaron en contra del Apóstol ante los sacerdotes principales de los judíos, así como ante los escribas y los ancianos, acusándolo de violar la ley de Moisés al no ordenar que sus seguidores se circuncidaran y al predicar en todas partes a Jesús crucificado. Las autoridades se alteraron tanto que decidieron apresarlo. Durante la fiesta, al ver unos judíos de Asia a Pablo en el templo de Salomón, ellos lo insultaron y agitaron a la gente, y se abalanzaron sobre él, dando voces: “¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, contra la ley y contra este lugar; y además ha metido gentiles en el templo y ha contaminado este lugar Santo.” Porque antes lo habían visto acompañado por Trofimo, el éfeso, de quien suponían que Pablo había llevado al templo (Hechos 21:28‑30).

        Al oír los gritos, toda la ciudad se alborotó y se agolpó. La multitud agarró a Pablo y lo expulsó del templo, cerrando las puertas inmediatamente. Ellos querían matarlo, pero no en el templo, para no manchar el lugar sagrado. Sin embargo, en ese momento, la noticia había llegado donde el comandante militar de la ciudad, el cual juntó rápidamente a sus soldados y centuriones y partió hacia el templo sin demora. Al ver la gente al comandante y sus guerreros, dejaron de golpear a Pablo. Entonces el tribuno lo tomó y lo hizo atar con dos cadenas de hierro; sólo entonces le preguntó quién era y qué había hecho.

        La muchedumbre le pidió a voces al comandante que lo hiciera matar; pero debido al alboroto del gentío, él no logró captar cuál había sido el crimen de Pablo, por lo que mandó llevarlo a la fortaleza. Numerosas personas siguieron al comandante y sus soldados, pidiéndole a voces la muerte del Apóstol. Cuando Pablo llegó a subir las gradas de la fortaleza, pidió permiso al comandante para dirigir unas cuantas palabras a la multitud, a lo cual asintió éste. El Apóstol se paró en las gradas y se dirigió a la gente en idioma hebreo, diciéndole en voz alta: “¡Varones, hermanos y padres, escuchad mi razón que ahora os doy!” (Hechos 21:1). Entonces comenzó a narrarles sobre su antiguo celo por la ley de Moisés y sobre la forma como, en su trayecto a Damasco, había sido enceguecido por una luz celestial y cómo había visto al Señor, quien lo había enviado a los gentiles. Pero la turba, no deseando escuchar más, comenzó a gritar al comandante: “¡Quita de la tierra a un hombre así, porque no conviene que viva!” Y dando ellos voces y arrojando sus ropas, echando polvo al aire, el comandante ordenó llevarlo a la fortaleza para examinarlo con azotes, a fin de saber por qué razón clamaban así contra él. Pero cuando lo ataban con correas, Pablo le dijo al centurión que estaba presente: “¿Os es lícito azotar a un romano sin ser condenado?” Entonces el centurión fue a comunicárselo al comandante, diciendo: “Ten cuidado de lo que haces, porque este hombre es romano.” y este vino y le dijo: Dime ¿eres romano?” el le contestó que sí. Turbado, el comandante le dijo: “Con gran suma obtuve esta ciudadanía” (Hechos 22:22-28). Entonces lo soltó inmediatamente de sus ataduras.

        Al día siguiente, el comandante mandó venir a los príncipes de los sacerdotes y al sanedrín a fin de poner al Santo Pablo ante ellos. Este, dirigiéndose fijamente al sanedrín, dijo: “Varones y hermanos, hasta hoy he vívido con toda buena conciencia ante Dios.” El príncipe de los sacerdotes, Ananías, ordenó a los que estaban delante de él que le golpearan en la boca. Entonces Pablo le dijo: “Dios a ti te herirá, pared banqueada; ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir?” (Hechos 21:1-3). Sabiendo que el concilio estaba compuesto por saduceos y fariseos, Pablo clamó: “Varones y hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado.” Cuando dijo esto, se produjo una discusión entre los fariseos y los saduceos, mientras que la multitud estaba dividida. Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus; pero los fariseos confiesan ambas cosas. Entonces se produjo un bulliciosos griterío. Los escribas, que estaban de parte de los fariseos, discutieron agriamente, diciendo: “No encontramos nada malo en este hombre” (Hechos 21:6‑9). Pero los saduceos sostenían lo contrarío, por lo cual continuó la fuerte discusión. Temiendo que el concilio despedazará a Pablo, el capitán jefe mandó a sus soldados sacarlo de allí y llevarlo de vuelta a la fortaleza. A la noche siguiente, el Señor se le apareció al Santo y le dijo: “Confía, Pablo; que como has testifícado de mí en Jerusalén, así es menester que testifiques también en Roma” (Hechos 23:1 l).

        Cuando llegó el día, algunos judíos se juntaron y juraron que no comerían ni beberían hasta ver a Pablo muerto. Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración (Hechos 23:12-13). Viendo esto, el comandante mandó a Pablo bajo una severa custodia donde el procurador Félix, en Cesárea. El príncipal de los sacerdotes, Ananías, y los miembros ancianos del sanedrín se trasladaron también a Cesárea para calumniar a Pablo ante el procurador y pedir su muerte; pero no tuvieron éxito, porque no se le halló ninguna falta como para merecer la pena de muerte. El procurador, sin embargo, deseando ganarse la simpatía de los judíos, hizo encadenar al Apóstol.

        Después de dos años, Félix fue reemplazado como procurador por Porcio Festo. Entonces el príncipe de los sacerdotes le solicitó a éste, con maliciosa intención, que enviara a Pablo a Jerusalén, porque tenía la esperanza de asesinar al Apóstol de Cristo en el camino. Festo, deseando ganarse servilmente el favor de los judíos, preguntó a Pablo: “¿Quieres ir hasta Jerusalén para ser juzgado allá ante mí?” Pablo le respondió: “Estoy ante el tribunal del César donde debo ser juzgado; a los judíos no he hecho nada malo, como tú lo sabes muy bien. Si hubiera ofendido o hubiera cometido algo que merezca la muerte, no rehúso morir; pero si no hay nada de lo que me acusan, nadie puede llevarme ante ellos. ¡Apelo ante el César!” (Hechos 25:9-11). Festo, luego de conversar con sus consejeros, le respondió a Pablo: “Si al César apelas, al César irás” (Hechos 25:12).

        Algunos días después, llegó a Cesárea el rey Agripa para saludar a Festo; y cuando escuchó hablar de Pablo, deseó verlo. Cuando éste estuvo ante el rey y el procurador, él les habló detenidamente del Señor Cristo y de cómo había llegado a creer en El; entonses el rey le dijo: “Casi me convences a ser cristiano.” Entonces Pablo le dijo: “¡Placíese a Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fuiseis hechos como yo soy, excepto estas ataduras!” (Hechos 26:28-29). Luego de estas palabras, el rey, el procurador y quienes los acompañaban, se retiraron a un rincón para deliberar, decidiendo luego: “Este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte o la prisión.” Entonces Agripa le dijo a Festo: “Este hombre podía ser suelto, si no hubiera apelado a César” (Hechos 26:31-32).

        Así pues, ellos decidieron mandar a Pablo donde el César en Roma, para lo cual lo encomendaron, junto con varios otros prisioneros, al centurión de un regimiento imperial de nombre julio, quien los embarcó y partió con ellos. El viaje estuvo lleno de peligros debido a los vientos en contra; y cuando atracaron en la isla de Creta, en el puerto conocido como Buenos Puertos, el Santo predijo el futuro, recomendando a los encargados que permanecieran en puerto hasta que pasara el invierno. Pero el centurión creyó más en el piloto y en el propietario de la nave que en las palabras de Pablo. Estando ya en alta mar, sobrevino un tempestuoso viento que levantó grandes olas y había tanta niebla que durante catorce días ellos no pudieron ver ni el sol de día ni las estrellas de noche; ni siquiera sabían donde se encontraban, porque la oleada los había arrastrado; y en su desesperación no comieron todos esos días y esperaban la muerte en cualquier momento. A bordo de la nave había doscientas setenta y seis personas. Metido entre ellos, Pablo los consolaba, diciendo: “Varones, si me hubieseis escuchado y no zarpado de Creta, os habríais evitado todo este sufrimientos y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, porque ninguna vida se perderá, sino sólo la nave. Anoche se me presentó un ángel de Dios, a quien pertenezco y sirvo, diciendo: ‘No temas, Pablo: es menester que seas presentado ante el César; y he aquí, Dios te ha dado a todos los que navegan contigo.’ Por eso, varones, tened buen ánimo; porque en Dios creo que sucederá tal como me dijo” (Hechos 27:21-25). Después Pablo los convenció a todos que probaran alimento, diciendo: “Esto es para vuestra salud, porque ni un pelo se caerá de la cabeza de ninguno de vosotros” (Hechos 27:34). Entonces él tomó un pedazo de pan y, dando gracias a Dios, lo partió y comenzó a comérselo. Entonces todos teniendo ya mejor ánimo, comieron también.

        Al amanecer el día, ellos vieron tierra, pero no reconocieron el lugar. Trataron de guiar la nave hacía la orilla, pero apenas la movieron, ésta comenzó a hundirse; su proa se quedó inmovilizada y su popa se partía con el golpe de las olas. Los soldados, entonces, decidieron matar a todos los prisioneros, arrojándolos al mar, para que nadie escapara; peró el centurión, deseando salvar a Pablo, les impidió hacerlo y ordenó echar al agua a los que supieran nadar, para acercarse a la orilla. El resto se las arregló como pudo; algunos en tablones, otros en restos del naufragio; pero todos llegaron salvos y fueron sacados del mar.

        Entonces descubrieron que la isla se llamaba Melita (la actual isla de Malta). Sus habitantes, que eran bárbaros, les mostraron no poca humanidad, porque, como llovía y hacía frío, ellos encendieron una fogata para calentar a los que se habían mojado en el mar. Entretanto, Pablo reunió una gran cantidad de leña, la cual echó en la hoguera; en eso, una serpiente, que se alejaba del calor, saltó sobre su mano. Al ver la gente la víbora que colgaba de su mano, se dijeron entre ellos: “Sin duda que este hombre es un homicida, a quien, escapado, de la mar, la justicia no deja vivir” (Hechos 28:4). Pero Pablo, sacudiendo la víbora en el fuego, no sufrió ningún mal. Ellos esperaban cuándo se había de hinchar o caer muerto, pero habiendo aguardado mucho y viendo que nada le pasaba, cambiaron de opinión y comenzaron a decir que se trataba de un dios.

        El gobernador de esa isla, el cual se llamaba Publio, condujo a los náufragos a su casa, donde éstos se quedaron por tres días. Por esos días, su padre se encontraba enfermo con fiebre y sufría de disentería. Entonces Pablo lo sanó después de rezar al Señor y colocar las manos sobre el enfermo. Después de esto, todos los enfermos de la isla fueron donde el Santo Apóstol para ser sanados.

        Tres meses más tarde, todos los náufragos, incluyendo el Apóstol, partieron en otra nave hacia Roma, pasando primero por Siracusa y Puteoli. Cuando los hermanos que vivían en Roma se enteraron de la llegada de Pablo, fueron a darle encuentro, llegando incluso hasta la plaza de Apio y las Tres Tabernas. Al verlos, Pablo se sintió confortado de espíritu y dio gracias a Dios.

        En Roma, el centurión entregó los presos de Jerusalén al capitán de la guardia, pero a Pablo se le permitió estar solo, con un guardia que lo custodiara. Así vivió el Apóstol durante dos años enteros, recibiendo a todos los que acudían a él, predicando sin temor y abiertamente el reino de Dios y proclamando a nuestro Señor Jesucristo.

        El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas, relata hasta aquí la vida y la obra de Pablo. Sus posteriores labores y sufrimientos son contados por el mismo en su segunda epístola a los Corintios de la manera siguiente: “(En comparación con otros, yo era) en los trabajos más generoso, en azotes indeciblemente sufrido, en las prisiones más frecuente, en las muertes más a menudo. De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces he naufragado, una noche y un día he estado en mar profundo. En caminos muchas veces; peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros en el desierto, peligros en la mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchas vigilias, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Corintios 11:23-27).

        Después de atravesar a lo largo y lo ancho de la tierra, a pie y en barco, el Apóstol Pablo llegó también a conocer las alturas del cielo, cuando ascendió al tercer cielo; porque el Señor, consolando a su Apóstol en el momento de sus labores más difíciles, las cuales eran hechas por causa de su Santo Nombre, le ensoñó la gloria del cielo que ojo alguno ha visto, escuchando palabras secretas que el hombre no puede decir.

        La forma como el Santo Apóstol realizó las restantes luchas de su vida y actividades, la relata el historiador eclesiástico Eusebio Pánfilo, en su segundo libro “Historia Eclesiástica.” Este señala que luego de dos años de encarcelamiento en Roma, el Santo Pablo fue puesto en libertad por su inocencia, y predicó la palabra de Dios en esa ciudad y en otras tierras de Occidente.

        San Simeón Metafrastes escribe que, después de su reclusión en Roma, el Apóstol se dedicó a difundir las buenas nuevas de Cristo. De Roma salió para visitar España, Galia y toda Italia, iluminando a los paganos con la luz de la fe y convirtiéndolos de la idolatría al cristianismo. Cuando estuvo en España, cierta mujer noble y rica, llamada Xantipa, al escuchar predicar al Apóstol sobre Cristo, quiso ver a Pablo en persona y convenció a su marido, Probo, para que invitara a éste a la casa de ellos a fin de demostrarle su hospitalidad. Cuando el Apóstol entró a la casa de ellos, en el rostro del Santo vio ella sobre sus cejas escritas con letras de oro las palabras: Pablo el predicador de Cristo.” Al leer esto, a pesar que nadie más podía verlo, ella se postró ante el Apóstol con gozo y temor, confesando a Cristo como el verdadero Dios y rogando ser bautizada. Xantípa fue la primera en recibir este sacramento; luego fue seguida por su marido, Probo, y todos los miembros de su familia, así como por Filoteo, el magistrado de la ciudad, y muchos otros.

        Después de visitar todas estas tierras de Occidente e iluminarlas con la luz de la santa fe, san Pablo se dio cuenta que se acercaba su propio martirio. De vuelta en Roma, escribió a su discípulo Timoteo, diciéndole: “Ahora ya estoy listo para ser ofrecido y está cercano el momento de mí partida. He peleado la buena batalla, he recorrido mi trayecto, he guardado la fe; por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará en aquel día el Señor, juez justo” (2 Timoteo 4:6-8).

        La etapa de los sufrimientos de Pablo es citada diversamente por los historiadores eclesiásticos. Gayo, cronista eclesiástico; Seferino, obispo de Roma, y Dionisio, obispo de Corinto, afirman que los Apóstoles Pedro y Pablo fueron rnartirizados juntos, el 29 de junio del año 67 d.C., en el désimo tercer año del reinado de Nerón. Ellos estaban retenidos en la prisión de Mamertino en Roma, de donde fueron sacados para ser ejecutados al mismo tiempo. A la entrada de las puertas de la ciudad, los guías de los Apóstoles se despidieron de estos. Nícéforo Calisto (+1350) — en el segundo libro de su historia, capítulo 36 escribe también que San Pablo padeció junto a San Pedro el mismo día. San Sofronio, patriarca de Jerusalén, y los cronistas Justino e Ireneo señalan que Pablo fue martirizado un año después que Pedro, pero en una misma fecha, el 29 de junio. Ellos afirman que la razón de su condena a muerte se debió a que, cuando anunciaba a Cristo, exhortaba a las doncellas y las mujeres a que abrazaban la vida de castidad. Sin embargo, no existe gran discrepancia; porque en la vida de San Pedro (según Simeón Metafrastes), se afirma que San Pedro no padeció inmediatamente (después de la muerte de Simón Mago), sino varios años después; debido a que las doce concubinas favoritas de Nerón se convirtieron al cristianismo y eligieron vivir en castidad gracias al Apóstol Pedro. Como Pablo vivía también en Roma y en las tierras cercanas en el mismo tiempo que Pedro, es probable que aquel ayudara a éste en su lucha contra Simón Mago, durante la primera estadía de Pablo en Roma; y cuando llegó a Roma por segunda vez, él y el Santo Pedro ayudaron a la salvación de los hombres, enseñando a hombres y mujeres por igual para vivir una vida pura de castidad. Fue así como los Apóstoles despertaron la ira del descreyente emperador Nerón, el cual llevaba una vida depravada y los condenó a muerte, haciendo ejecutar a Pedro como no ciudadano, mediante la crucifixión en la colina de Janículo, y a Pablo, como a ciudadano romano (ya que era prohibido ejecutar a ciudadanos de una manera deshonrosa) mediante decapitación; si no en el mismo año, por lo menos en la misma fecha. Cuando cortaron la honorable cabeza de San Pablo, de la herida fluyó leche junto a la sangre. La ejecución fue realizada a corta distancia de la ciudad, en el camino de Ostia. Sus preciosas reliquias fueron enterradas por los fieles en el lugar donde ratificó su testimonio con el martirio.

        Cuando el Apóstol era conducido por los soldados para su decapitación, se produjo un milagro fuera de la ciudad. El se encontró con una mujer, llamada Perpetua, quien era ciega del ojo derecho. El Apóstol le dijo: “Mujer, dame tu pañuelo; te lo devolveré cuando regrese.” Los soldados le afirmaron en broma: “Oh mujer, lo resibirás rápidamente.” Cuando llegaron al lugar de ejecución, le cubrieron al Apóstol los ojos con este mismo pañuelo. ¿Qué fue lo que Dios hizo para glorificar a su siervo Pablo? Invisiblemente, el pañuelo manchado de sangre apareció en las manos de Perpetua. Ella se frotó con él los ojos y se sanó. Cuando los soldados regresaron y la vieron sanada, ellos también comenzaron a creer en Cristo y exclamaron: Grande es el Dios a quien Pablo predica.” Cuando Nerón se enteró de lo sucedido, se puso terriblemente furioso y mandó a ejecutar a los soldados de una manera diferente: mediante decapitación, inmolación, apedreamiento, descuartizamiento, ahorcamiento, ahogamiento y desollamiento. Perpetua también fue aprehendida; le ataron al cuello una carga pesada y la arrojaron al río Tiber de Roma.

        Fue así como reposó el recipiente elegido de Cristo, el maestro de todas las naciones, el predicador universal, el testigo de las alturas del cielo y de las bellezas del paraíso, objeto de embeleso de ángeles y hombres, el gran luchador y atleta, que soportó en carne propia las heridas de su Señor, el preeminente Santo Apóstol Pablo. Por segunda vez, aunque sin su cuerpo, fue elevado al tercer cielo, donde tomó su lugar ante la luz de la Trinidad, junto a su amigo y colaborador, el Santo y preeminente Apóstol Pedro, siendo transportado de la iglesia militante a la iglesia triunfante, en medio de la alegre acción de gracias, elevando las voces y el júbilo de los que se alegraban; y ahora, ellos glorifican al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, al Dios Trino, a Quien todos honran, glorifican, adoran y agradecen, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

        Tropario Tono 4: Oh líderes de los Apóstoles y maestros del mundo interceded ante el Maestro de todos, para que conceda la paz al mundo y a nuestras almas la gran misericordia.

        Kontaquio Tono 4: Te convertiste en un receptor del Salvador, porque iluminaste las naciones a través de Tu prédica, la que se llevó a cabo en medio de los peligros del mar y las persecuciones a los atenienses revelaste el Dios desconocido, oh Pablo, Apóstol y maestro de las naciones y nuestro Santo Patrono, intercede por aquellos que te honran para que lo salves de todo peligro.

        Megalinarion: Alabemos a los primeros heraldos del mundo: a Pedro, el más honrado Apóstol entre los doce; y a Pablo, el impetuoso predicador del designio divino de Cristo; porque, ceñidos con la corona de la gloria, ellos interceden en nuestro bien.