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Recibir la luz: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado” Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo
El primer domingo después de Epifanía se lee este texto del Evangelio donde se habla de ocultar la lámpara y manifestar la luz, del atardecer de la estrella y del amanecer del sol.
La vida siempre se ha asociado en la mente de la gente con la luz. Por ello, Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9:5), para decir que Él es “la vida del mundo” (Jn 11:25). Por ello, la fiesta de la Epifanía es llamada “la fiesta de las luces”. Además, los himnos de la fiesta dicen: “Hoy te manifestaste, oh Señor, a toda la creación, y Tu luz amaneció sobre nosotros”. De esta manera, se realizó lo que se leyó en el Evangelio: “El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz”.
Cuando la luz se manifestó en el mundo, no fue aceptada por todos. “Los hombres amaron más las tinieblas que la luz”, dice San Juan el evangelista, y explica que esto sucedió porque “sus obras eran malas” (Jn 3:19). Recibir la luz requiere dos condiciones: la primera, la manifestación de la luz; y la segunda, el hecho que veamos la luz, y esto es lo menos que se espera. La bienaventuranza evangélica dice claramente: “Los puros de corazón verán a Dios” (Mt 5:8). A menudo, nuestras pasiones y deseos mundanos y materiales esconden la luz manifestada; nuestras pasiones nos hacen que giremos la mirada hacia las tinieblas en las que fomentan algunos deseos, porque la luz les hace daño.
En general, la luz es querida por la gente por distintas razones, porque la luz es vida. ¿Acaso no es a partir de agua y luz, como dice el libro de Génesis, que se formó la vida, lo que la ciencia moderna demostró? La luz trae calor y salud; de la luz tenemos energía, de la luz viven los organismos vivos, en la luz podemos caminar. En cambio, las tinieblas siempre han sido un lugar de miedo y de espera. La luz nos señala los tiempos y nos marca el movimiento. La luz para la gente es como la fuente de la vida misma, porque la luz es el elemento más importante de la vida y su fundamento. Por lo tanto, especialmente en el Evangelio de San Juan, cuando se habla de la vida, se utiliza la imagen de la luz, porque la vida, en la conciencia humana, proviene de la luz.
Pero al mismo tiempo, se odia a la luz donde las obras de las tinieblas son queridas. El drama humano es real; es que la gente amó las tinieblas y odió la luz, porque la luz molesta. Es que, en la luz, las tinieblas no se pueden esconder.
La luz me revela en primer lugar “al otro”. Si me siento en un salón sin luz, no siento a nadie sino sólo a mí mismo. Esto es algo que quiere un egoísta. ¿Acaso no dijo uno de los filósofos existencialistas: “El otro es mi infierno”? El que se ama sólo a sí mismo aborrece la luz, porque la luz lo obliga a ver que hay otro a la par. La luz me muestra que hay un necesitado, y esto es algo que molesta a aquellos que no les gusta compartir. La luz me muestra el sufrimiento de los seres humanos, y esto es algo que no conviene a los perezosos. Aquel que vive en las tinieblas descansa en la ilusión de la introversión, y se “entroniza” como señor y meta de toda su vida. La luz expone, porque revela esta mentira y muestra que la vida no está en el amor propio, sino en el sacrificio. Además, me hace ver que el otro es el señor y la meta de mi vida. Porque la vida humana no se encuentra en aislarse sino en relacionarse con lo demás.
La luz muestra que tenemos obligaciones. A menudo, la luz me incomoda porque revela una imagen de mí que siempre he tratado de ignorar. ¡Cuánto ama el ser humano la vanagloria y tiende a considerarse por encima de lo que es! En la luz, permanece la humildad y tiene lugar el conocimiento de sí mismo. En la luz, vemos nuestros talentos a la par de nuestras debilidades. En la luz, me doy cuenta que yo soy la causa de muchos asuntos, y no siempre el otro. La luz sorprende, porque revela esta sombra oculta o el viejo hombre del cual habla el Apóstol Pablo. De ahí la evidencia de que he de transformarme y ser mejor. La luz me enseña el lenguaje del amor, y me conduce a menudo a encontrar maneras y formas para pedir perdón.