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El amor divino y el anhelo humano

“Y corriendo delante, se subió a un sicómoro para verle”

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

En el Evangelio de hoy se despliega ante nosotros una escena en la que, en medio de una gran muchedumbre, aparecen sólo dos protagonistas: Jesús y Zaqueo. El encuentro de Zaqueo con Cristo en Jericó es parecido al encuentro de las tinieblas con la luz, en el sentido metafórico de que Zaqueo era la antítesis de Jesús.

¿Cómo se dio el encuentro entre un hombre como Zaqueo y Jesús? Para responder, hemos de conocer a Zaqueo y quien era el Señor para él.

En primer lugar, ¿quién era Zaqueo? Era el jefe de los publicanos, es decir de los recaudadores de impuestos en aquel entonces. Su interés consistía en sobrestimar los bienes para cobrar impuestos injustos. Y eran también “colaboradores” de la autoridad romana. Por estas dos razones, la palabra “publicano” significaba “pecador” para la gente de aquella época.

Con esta breve presentación tenemos una idea del lugar que ocupaba el publicano a nivel social. Si es así la suerte del publicano, ¿cuál sería pues la de un jefe de publicanos? En breve, este consideraba su vida en función de la explotación de la gente mediante su profesión.

En segundo lugar, ¿quién era Jesús para Zaqueo? Zaqueo no era ni del círculo de los discípulos de Jesús ni del grupo de los fariseos, para que, de cierto modo, tuviera algún conocimiento sobre Jesús. Sin embargo, Zaqueo había escuchado seguramente hablar de Cristo lo suficiente como para saber que Jesús amaba a los pecadores, que era un servidor, que comía con los publicanos, que era un hombre que llevaba las dolencias de los hombres, que era un hombre a seguir, y que su palabra era diferente a la de los demás. También es muy probable que él se haya enterado de que Jesús había restaurado, solo un rato antes, la vista a dos ciegos en la entrada de Jericó.

Este hombre, Jesús, sacudió la existencia de Zaqueo. La vida de Zaqueo se basaba en saquear a la gente mediante impuestos injustos, y ahora se encuentra ante una persona famosa cuya vida se basa en el dar. Tal vez Zaqueo no creía que su principio en la vida era erróneo; tal vez consideraba imposible que la vida se basara en la fe y no en la explotación de los demás. ¿De qué manera Zaqueo podría llamarlo a Cristo? ¿Acaso no nos preguntamos todos los días: Qué significa el sacrificio, el amor, el servicio, el morir por los demás? ¿Estas virtudes son un ideal o meramente una idiotez? ¿Existe alguien que vive por estos ideales? De ser negativa la respuesta, es natural entonces vivir de acuerdo a todos los vicios, y todo cuanto es opuesto a éstas virtudes. En cambio, si hay una sola persona que vive de acuerdo a estas virtudes, ella sería una luz (para nosotros), pero al mismo tiempo un reproche y un desafío (para aquellos que viven de manera distinta).

Así, Jesús entró en la vida de Zaqueo como si despertara en él el ideal que había muerto, o resucitara una ley que había sido enterrada. Entró como conquistador, no sólo a Jericó, sino también al corazón de Zaqueo. Le sacudió el fuero interno a Zaqueo, pues una luz brilló en las tinieblas. En verdad, el ser humano puede superar lo que se ha acostumbrado a hacer, porque la luz existe verdaderamente, y es posible que el hombre viva por la fe. La razón es simple: ¡He aquí, Jesús! Estos fueron los pensamientos de Zaqueo cuando se enfrentó con Jesús.

Al vivir en las tinieblas, Zaqueo ignoraba que todo esto era posible. A nadie le gustan las tinieblas sino sólo porque ignora la experiencia de la luz. Nadie acepta vivir en las tinieblas, sino porque cree que la luz no aparece. A nadie le gusta la explotación, sino porque ignora la experiencia de servir como vida. El corazón del ser humano siempre anhela la verdad y busca la luz. Y si el ser humano erra es porque ignora su propia verdad.

Así que hay dos factores que permitieron el encuentro de Jesús y Zaqueo, y condujeron a la transformación radical de este último. Primero, la sinceridad de Zaqueo consigo mismo, y su aceptación de salir de su mundo hacia otro que ya existe, porque quiso conocer a este extranjero. Zaqueo revisó sus cuentas, y cuando se enteró de la luz, se negó a permanecer creyendo que las tinieblas son la vida. Si bien las tinieblas no buscan la luz, sin embargo, la región que más necesita de la luz son las tinieblas. Pero, ¿cómo encontrar la luz si se ignora sobre su existencia? En este sentido, Zaqueo aceptó salir de sus costumbres anteriores, para experimentar y ver el nuevo mundo.

El segundo factor, el más importante, es que este Jesús no era un extraño para Zaqueo, a pesar de que este no lo conocía. Jesús lo llamó por su nombre, como si llamara a un ser querido: “¡Zaqueo!”. Zaqueo era buscado por Jesús. Si bien Zaqueo quería ver quién era Jesús, pero se da cuenta que Jesús era quien más lo buscaba para conocerlo. Pues, el nombre, particularmente en la Biblia, implica un conocimiento de la persona. Cuando Jesús llamó a Zaqueo por su nombre, le mostró cuánto lo amaba y lo conocía, es decir cuánto lo esperaba.

Esta es la grandeza del encuentro con Jesús y este es su secreto. Se basa en dos factores: el primero, cambiar nuestra mirada a la luz de nuestra búsqueda de Jesús al subir sobre algún sicómoro, al ver el rostro de Jesús, y al confiar que la vida en la luz es verdadera. Pues el Evangelio es un sicómoro, la homilía es otro sicómoro, mi hermano pobre también, y tantos cuántos sicómoros más… El segundo factor es, al asegurarnos y creer que la vida está en Jesús, saber que Jesús nos ama, y que, a pesar de que vivimos como hijos de las tinieblas, somos buscados por Él porque somos en principio hijos de la luz.

Mirando el rostro de Jesús, lo encontramos en la lectura, la oración, el servicio y el compromiso para con las necesidades de nuestros hermanos y los sufrimientos del hombre moderno. Así reconocemos que la vida de la luz es la vida verdadera, y que el camino de la redención merece que seamos uno de sus servidores.

El domingo de Zaqueo es el nexo entre la temporada de la Navidad-Epifanía que se acabó y la temporada de la Gran Cuaresma que se aproxima, o sea entre la manifestación de Dios y el arrepentimiento, o también entre Dios que viene y el ser humano que anhela verlo.

“Descendamos aprisa” de estos medios, - de todos los sicómoros -, porque hoy Jesús “debe permanecer” en nosotros. Amén.