El domingo nuevo - Santo Tomás

"¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20:21)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

Así gritó el discípulo cuando se encontró con Cristo resucitado. Hoy el Señor aparece por sexta vez después de haber aparecido el día de la resurrección cinco veces: a Pedro, a los discípulos de Emaús, a María, a las miróforas y a los diez discípulos.

Este domingo se llama “el domingo nuevo”, tal como toda la semana que sigue al domingo de la Pascua se llama “la semana de las luces”, o más exactamente“la semana de la renovación”. ¿En qué consiste la novedad? La respuesta la dio Jesús con un gesto, al aparecerse a los discípulos: “sopló sobre sus discípulos” diciéndoles: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20:22). En este gesto –“soplar” - Jesús pretende volver con sus discípulos al sexto día de la creación, cuando formó al hombre con sus manos y sopló sobre él, convirtiéndolo en un alma viviente. El Espíritu Santo apareció en el mundo en varias formas - paloma y llamas de fuego -, pero el soplar nos hace recordar aquí su rol en la creación. A través de este gesto, Jesús quiere referirse a la nueva creación, a una nueva regeneración.

Este es el acontecimiento de la resurrección: es una nueva creación, es modelar de nuevo al ser humano. La Resurrección aconteció para que nos regenere. Aquel que se convierte en testigo de la resurrección de Cristo se transforma inmediatamente en una nueva creatura. La Resurrección (cuando la atestiguamos) es un acontecimiento que transforma al hombre y lo renueva. Al atestiguar la resurrección de Cristo, Pedro se transformó de ser un fugitivo y negador a ser un pastor, acorde a la respuesta de Cristo: “Pedro, ¿me amas?... Apacienta mis ovejas” (Jn 21:15). Al dar testimonio de Cristo resucitado, María Magdalena se transformó en una evangelizadora (Jn 20:18). Atestiguaron los dos discípulos de Emaús a Cristo al partir el pan y lo reconocieron (Lc 24:30; 31).

En este texto nos damos cuenta cuándo se produjo el cambio en Tomás. Cristo había resucitado, pero Tomás no lo había visto. Hoy, ocho días después, la resurrección de Cristo comienza a trabajar en Tomás, porque es ahora que él da testimonio de ella. Aquí somos testigos de la transformación de la antigua a la nueva creación. La exclamación de Tomás – “¡Señor mío y Dios mío!” - explica cuán eficaz es la resurrección, la transformación acaecida y la renovación acontecida. Y esta exclamación tiene dos características:

“Señor mío y Dios mío” significa la toma de la decisión de que, después de haber sido testigo de la resurrección de Cristo, Jesús se vuelve nuestro Señor. Y este Señor es claro con nosotros, ya que nos ha dicho que no podemos adorar con Él a dos o tres señores más… Por ello, reiteramos en la Pascua esta oración: “Habiendo visto la resurrección de Cristo, adoremos al Santo Señor Jesús… por­que Tú eres nuestro Dios y otro que a Ti no cono­cemos, y aclamamos Tu Nom­bre”. La resurrección es un acontecimiento ante el cual caen los señores, a veces los deseos, a menudo la gloria, y eso para que adoremos sólo a nuestro Señor Jesucristo.

La segunda característica de la nueva creatura, la que expresa la exclamación salvífica de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” es la faz personal. Tomás no exclamó: “Oh Señor y Dios”, sino que dijo: “Señor mío y Dios mío”. El Cristo viviente es una realidad para mi vida. La gracia de su resurrección me es propia, es decir que su resurrección, su vida, es mi vida. La exclamación del Apóstol Tomás – “Señor mío y Dios mío” – podrá ser interpretada con esta expresión: “Señor mío y Vida mía”.

Por ello, este pasaje del Evangelio de San Juan termina con la misma conclusión con la que termina todo el Evangelio de San Juan, afirmando que la resurrección del Señor y todo lo acontecido se ha escrito para nosotros y para que tengamos vida en Su nombre: “Y muchas otras señales (milagros) hizo también Jesús en presencia de Sus discípulos, que no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo (el Mesías), el Hijo de Dios; y para que al creer, tengan vida en Su nombre” (Jn 20: 30-31). Amén.