Domingo de todos los Santos

Jesús, todo en todos

“He aquí, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido”

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

No hay una expresión más propicia y bella que la de San Pedro: “He aquí, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido”. Es una expresión que podemos ofrecer a cambio de haber recibido al Espíritu Santo en Pentecostés, el domingo pasado.

En el primer domingo después de Pentecostés, la Iglesia conmemora a todos los santos. La nube de santos que conmemoramos es una demostración de que Pentecostés es un suceso permanente en la historia y es una manifestación de que el Espíritu Santo está siempre presente y que sus frutos, es decir los santos, son la mejor evidencia. En todo ello, la voluntad de Dios es clara: que seamos santos como nuestro Padre celestial es santo. Su voluntad es que entráramos en la comunión de Su Santidad.

En el principio era el Verbo (Cristo). La segunda persona de la Trinidad estaba con Dios, es decir en un movimiento de comunión y de amor permanentes. El Verbo “se dirigía” a Dios. Y el Verbo de Dios se hizo carne, y Jesús quería que los hombres también se dirigieran a Dios. En otras palabras, Él quería que ellos participaran de la gloria que Él tenía del Padre. Jesús ha venido para hacer la voluntad del Padre y hacernos a nosotros participes de la vida de la Santísima Trinidad, dirigiendo nuestro amor y nuestra comunión hacia el Padre. Después de la Ascensión de Cristo, el Señor nos envió al Espíritu Santo para guiarnos en toda la verdad; la verdad es Cristo, y Él nos hace mover hacia el Padre. El Espíritu Santo descendió en Pentecostés para continuar lo que Jesús inició, para clamar en nosotros con gemidos indecibles: “Abba, Padre” (Gal. 4:6).

Y ¿quién es el santo? Es aquel que clama como la esposa, con el Espíritu, a Cristo: “Ven” (Apoc. 22:17). “Señor, Tú nos llamaste y nosotros te hemos seguido”, de acuerdo con las últimas palabras del libro del Apocalipsis. El santo es aquel que dirige el timón de su amor hacia Dios. El Espíritu es quien nos incentiva y nos guía a realizarlo. El derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés requiere de nosotros una respuesta viva, expresada de la manera más hermosa: “He aquí, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido”.

Al comentar esta última expresión, San Juan Crisóstomo se detiene para preguntarse: ¿Qué has dejado, Pedro? ¿No era tan sólo una red y unos peces? Pedro no era ni rico ni un hombre prestigioso de este mundo… Ahí está el secreto de lo que Pedro ha dejado: él transformó el amor de todas las cosas hacia el amor a Jesús, aunque él ofreciera tan sólo “las dos monedas de la viuda” (Cf. Lc 21:2). Nosotros lo dejamos todo, sea grande o pequeño. Lo importante no es sólo el hecho de dejarlo todo, sino dejar para que Cristo sea todo para nosotros. Ahí reside la santidad.

La santidad es mucho más que llegar a una perfección ética y es más que tener virtudes. Pues la perfección y las virtudes son el resultado de un corazón que ama mucho y para quien Cristo se volvió todo el amor. Este amor no requiere abandonar o descuidar a todo ser querido. Por ello, Jesús dijo: “Aquel que ama a… más que a mí, no es digno de mí”. Esta palabra revela dos aspectos: en primer lugar, la jerarquía en el corazón y, en segundo lugar, la clasificación de este amor. Así, cuando Jesús es todo para nosotros, entonces todo otro amor que se opone a este es inaceptable. Además, ante el amor a Cristo cae todo amor idolatra o emoción egoísta; pues todo amor a un querido ha de ofrecerse con oración, intercesión, servicio y sacrifico. ¿Acaso, Jesús no nos ha pedido: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”? Bajo esta perspectiva, el santo no es aquel que sólo ama a Jesús, sino es aquel que, por Jesús, ama todo. Porque toda cosa es una oportunidad para que demostremos a través de ella que amamos a Jesús. Sobre todo, cuando recordamos que todo es objeto de amor de Jesús, y que ha sido puesto en nuestro camino para que lo llevemos como una cruz, para que fuera un apostolado, o para que le llevemos la Buena Nueva. El santo es aquel que se da cuenta de que es sólo un apóstol del Señor Jesús, que todo ser humano es querido porque es objeto del amor de nuestro Señor, y que él ha sido enviado por el Señor para él.

¿Somos padres? Amemos pues a nuestros hijos hasta el final. ¿Acaso hay amor mayor que éste, guiar a nuestros hijos hacia Jesús? De esta manera, continuamos la labor del Espíritu Santo. Si nos complacemos más con nuestros sentimientos hacia nuestros hijos que con amar a Jesús, entonces no los amamos con un amor verdadero, y tampoco merecemos el amor del Señor. El santo es quien ama al Señor así como a aquel a quien el Señor ha amado.

Como dice el Apóstol Pablo en su carta de hoy a los Hebreos: “Por tanto nosotros también, teniendo puesta sobre nosotros una tan grande nube de testigos, dejando todo el peso del pecado que nos rodea, corramos por paciencia la carrera que nos es propuesta, puestos los ojos en el Autor y Consumador de la fe, Jesús” (Heb 12:1-2). Con todos estos santos, clamamos al Señor: “Hemos dejado todo para seguirte”; y también clamemos con el Espíritu hacia la esposa: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc 22:20). Nuestra respuesta al Señor Jesús es siempre un “sí”, en el que no hay ningún “no”.

Oh Rey Celestial, ven y mora en nosotros y purifícanos de toda mancha, y purifica el amor que está en nosotros para que estemos en el sendero de tus santos. Amén.