Domingo de los Padres del Primer Concilio Ecuménico

La unidad de los cristianos

“Para que sean uno, así como Nosotros somos uno” (Jn 17:22)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

Hace poco (el Jueves de la Ascensión), Jesús subió a los cielos, y dentro de poco (Domingo de Pentecostés), desciende el Espíritu Santo sobre nosotros. Hace poco, hemos celebrado la coronación de la obra de Cristo, y dentro de poco, celebraremos la inauguración de la obra del Espíritu Santo. Hace poco, Cristo concluyó su labor en la tierra, la que consistía en “reunir en uno a los hijos de Dios que están esparcidos” (Jn 11:52), y dentro de poco, el Espíritu Santo comienza a terminar la obra de Jesús, pues unirá las lenguas que habían sido confundidas.

Y entre estos dos acontecimientos, leemos hoy el texto de la oración de despedida del Señor en la que Jesús suplica al Padre por nuestra unidad, es decir que seamos uno como la Santísima Trinidad es una.

Una mirada rápida hacia la historia muestra que Jesús tenía razón en hacer esta súplica, porque la Iglesia no sufrió tanto en peligros más que de divisiones internas. Antes de despedirse de sus discípulos y encomendarles seguir Su misión con el Espíritu Santo, Jesús se preocupó tanto por la unidad de sus discípulos y de aquellos que iban a creer por su intermedio.

En realidad, Dios creó el mundo en la diversidad y dispuso de muchos talentos. Pero todo ello fue dentro de una unidad integrada. Después de la caída, la consecuencia inevitable del pecado era la irrupción de la ruptura en el mundo: ruptura de la relación entre el hombre y Dios, y ruptura de la relación entre el hombre y la creación. El hombre hoy trata de perseverar en su vida, pero la lucha de la vida es dura. Y también está la ruptura de la relación entre el hombre y su prójimo. La primera ruptura de esta relación se produjo entre el varón y la mujer, y también entre los mismos hermanos, hasta que uno mató a su hermano menor. Nuestro mundo se rompió a causa del pecado, habiéndolo creado Dios en la diversidad y la unidad. Y Dios continuó su obra para unir todo, cuando todo se iba rompiendo. El cisma es siempre un pecado. La santidad de la Iglesia se demuestra en su unidad. Aún más, la unidad de la Iglesia es la señal de su rectitud (ortodoxia), porque en esta unidad se refleja la pureza de su origen divino, lejos de las consideraciones humanas pecaminosas.

Queda claro en la oración de Jesús que la unidad de la Iglesia está relacionada con la vida de Dios. Porque ella refleja la unión de la Trinidad: “para que sean uno, así como Nosotros somos uno” (Jn 17:22), y también “para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17:22). La unidad de la Santísima Trinidad está basada en el vínculo del amor, pues el Padre es la fuente de la unión. El Verbo de Dios está eternamente con el Padre, en el sentido de que el Verbo de Dios se dirige (πρός) hacia el Padre eternamente. Y el Hijo vino a la tierra para unir a la gente, es decir hacerlos conocer al Padre:“Y ésta es la vida eterna: que Te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17:3). El Hijo vino para que todo el mundo se dirija hacia el Padre. Esta fue la obra del Señor hasta la Ascensión, y esta es Su oración ahora y la obra del Espíritu a partir de Pentecostés.

Cristo pone ante nosotros el verdadero objetivo, el de compartir la gloria: “La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Jn 17:22). La gloria del Hijo es mostrar la gloria del Padre. Nuestra participación en la gloria de Cristo, - es decir Su propio testimonio hacia el Padre de obedecerle a Él, por ello, hasta la muerte, y muerte de cruz -, significa que participamos de Su pasión y Su misión. Cristo nos dio el don de participar de Su gloria: participar de Su misión para que nosotros también seamos testigos del Padre, y de hecho transformarnos de hijos de este mundo en hijos de Dios, y darnos cuenta que todos nosotros somos partícipes de la misión y de la gracia. Somos los enviados de Dios en el mundo y nuestra finalidad es una, y al mismo tiempo, somos hijos de Dios y hemos sido gratificados del mismo amor del Padre, y por ello tenemos la misma dignidad. Así, Cristo nos une, porque nos ha gratificado con el don de ser testigos y del don de la adopción. Y clamamos en el Espíritu: “¡Abba, Padre!” (Rom 8:15). El Hijo nos reveló que el Padre es un padre, y que todos tenemos el mismo amor de Él.

Cristo nos une cuando Él está en nosotros, pues nos da la vida misma. Nos enseña la vida en el Espíritu Santo. La unidad de la vida es la que crea la unidad de la tradición. La fe y la vida no sólo son inseparables, sino que la forma de vida es consecuencia de la fe. Por lo tanto, la unidad de la vida es hacer las mismas experiencias, y así la enseñanza se vuelve una. La tradición aquí no consiste en conocimientos, sino es el hecho de seguir brindándose, al igual que nuestros antecesores, como vasos elegidos y arpas del Espíritu Santo. Esto es lo que hemos recibido: que el Espíritu Santo hablará por nosotros. Así, la enseñanza ortodoxa difiere de la de las herejías por ser una expresión viva del Espíritu y no una transcripción o difusión de una tradición, o renovación de filosofías cuya lógica es humana y no la del Espíritu.

Esto es lo que celebra la iglesia en este domingo, el domingo de los Santos Padres del Primer Concilio Ecuménico, que, dentro de todos los concilios ecuménicos, se distingue de manera particular, no sólo por el hecho de haber defendido la divinidad del Hijo, sino por haber fijado el sendero de guardar la fe, y señaló la necesidad de la unidad de la vida y de las finalidades, para que las enseñanzas sean una. Los Padres del concilio son el grupo que llevaron la tradición y rechazaron todo lo que era ajeno; pero “llevaron la tradición”significa “llevaron el Espíritu Santo”.

Por ello, la unión no es posible si el Hijo no está en nosotros, porque es Él quien nos hace crecer en el sendero de ser hijos de Dios y nos perfecciona para que seamos uno en la finalidad y en el testimonio, en la vida y en la tradición, y nos conduce a todos, unidos, hacia  el Padre. Amén.