Domingo de la mujer Samaritana

¿Quién es Jesucristo, resucitado de entre los muertos y viviente para siempre?

“Vengan, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho” (Jn 4:29)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

El encuentro de la mujer samaritana con Cristo es un ejemplo en conocer progresivamente la persona de Jesús. Parece que el conocimiento de Dios está asociado con el conocimiento de sí mismo, y viceversa, el conocimiento de sí mismo se logra a la luz de nuestro conocimiento de Dios.

Mientras la mujer samaritana buscaba en el pozo sacar agua, se encontró con Jesús. Ahí donde se juntan las solicitudes y preocupaciones materiales, ella no pudo ver más que a un hombre judío. Lo llamó: “¿Cómo es que Tú, siendo Judío, me pides de beber a mí, que soy Samaritana?” (Jn 4:9). Pues, para ella, Cristo aquí no es más que un hombre forastero, más bien un enemigo altanero, ya que los judíos no entraban en contacto con los samaritanos.

Jesús le habló del “agua viva” (Jn 4:10), de la cual los que la toman no tendrán más sed. Estas palabras sobre lo trascendental la llevaron a hacer una meditación espiritual, por lo que le dijo: “¿Acaso eres Tú mayor que nuestro padre Jacob?” (Jn 4:12).

A partir de este diálogo religioso, el Señor la condujo hacia sí misma, y le preguntó sobre su marido y su vida personal, en lugar de entrar en controversias religiosas y responder a sus inquietudes. Así, cuando la palabra le tocó la vida y el corazón, Jesús se volvió para ella un “profeta” (Jn 4:19); y esta es la esencia de la religión, es decir cuando es “profética”, cuando toca la vida y la necesitamos para guiar nuestra conducta.

Desde este umbral de la vida, el Señor le habló de una religión cuya adoración se encuentra en el espíritu y no la letra, de una religión como libertad, de una religión como anhelo voluntario y certeza de la experiencia de la verdad, y no sólo como cánones y leyes; más bien, le habló de una plenitud del corazón del ser humano que no reposa hasta poseerla. Siguiendo el diálogo con Cristo, ella le hizo recordar al esperado Mesías, entonces Jesús le dijo: “Yo soy, el que habla contigo” (Jn 4:26). Aquí el Señor se convirtió, en sus ojos, en el Salvador quien “le declarará todo” (Jn 4:25), a quien se le puede preguntar sobre todo, y en quien se puede confiar totalmente en todo.

Así, la samaritana progresaba en el conocimiento del Señor tanto cuanto progresaba en conocerse a sí misma. Cuando lo miró en base a sus necesidades materiales, lo consideró como judío; y cuando empezó a vagar en la religión, lo consideró como mayor que Jacob; y al elevarse a la altura de las experiencias espirituales, del conocimiento de sí mismo y de la confesión de su propia realidad,  lo consideró como profeta. Y luego, cuando llegó a la adoración en espíritu y en verdad y a la libertad de la fe, se dio cuenta que era el Mesías, el salvador.

Cristo era para ella un forastero y enemigo, cuando amaba sus necesidades; y se volvió maestro, cuando empezó a tratar conocimientos religiosos; y era un profeta, cuando volvió a su propia realidad; y era el Mesías, cuando se dio cuenta del sentido de la verdadera adoración.

Y lo mejor de todo, es que, cuando ella se dio cuenta que era el Salvador del mundo, se convirtió en evangelizadora en su nombre, llamando a la gente:“Vengan, vean…” (Jn 4:29) lo que yo mismo he visto.

Ese es Jesucristo resucitado de entre los muertos y viviente para siempre. Es el Salvador, por el cual, si llegamos a conocerlo y a recibir su salvación, nos convertiremos en apóstoles. En otras palabras, Jesús es quien envía, y aquellos que llegan realmente a conocerlo se convierten en enviados. Aquel que conoce a Jesús y no lo transmite a otros, contradice el principio cristiano evangélico:“De gracia recibieron, den de gracia” (Mt 10:8). Jesús no es nada más que un dueño de una religión, o un reformador social, o un profeta; es quien envía. Y aquel que se encuentra con Él se vuelve apóstol.

Jesús no es nada más que un judío, o un maestro o un reformador religioso. Es un profeta que toca nuestra vida y la transforma; más bien, es para nosotros el Salvador que nos salva y que, además, nos envía. Pues, Jesús no es un asunto en la vida, sino que es el asunto de nuestra vida; es nuestra finalidad, en quien “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17:28). Amén.