Domingo del Paralítico

La palabra viva y vivificante
“Señor, no tengo a nadie…”
Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo


La Iglesia propone leer este pasaje del evangelio en este período pascual, porque la piscina de Betseda (la Casa de la Misericordia) ha sido, desde el principio, un símbolo del bautismo. Además, no nos olvidemos de la relación entre el bautismo y la Pascua, pues en el período de la Gran Cuaresma se preparaba a los catecúmenos con la catequesis, mientras que el día del Sábado de la Gloria recibían el bautismo como paso a la vida nueva en la Resurrección. La relación entre el bautismo y la Pascua se encuentra en el concepto de la nueva vida, de la nueva creación, la que la resurrección de Cristo inauguró.
Dos aspectos son claros en la curación del paralítico. El primero es el gemido del ser humano sujeto a la corruptibilidad. El ser humano que ha sido creado al inicio en un estado entre la corruptibilidad y la incorruptibilidad, es decir, llevando una naturaleza corruptible por naturaleza e incorrupta por la gracia, este ser humano hoy gime bajo el peso de la corruptibilidad del mundo. El grito del paralítico de “Señor” representa el gemido del ser humano bajo el peso de una situación incompatible con su naturaleza.
El segundo es la propuesta de soluciones para sanar esta realidad dolorosa y poner fin a este gemido humano. Ante este desafío, encontramos tres partidos: el primero son “los demás”, de los cuales el paralítico habló en base a su larga experiencia con ellos, al decir: “no tengo a nadie…”. La segunda parte es “el clero”, de quienes se esperaban soluciones salvíficas, sin embargo fracasaron según lo ocurrido. Y por último, la tercera parte es aquel que fue capaz de decirle al paralítico: “Toma tu camilla y anda...” (Jn 5:12), y cuya palabra se concretó en hecho y vida. Este fue Dios.
En cuanto al “ser humano”, su potencial está en contante desarrollo; su mente es un don precioso de Dios, el cual es una característica de la imagen de Dios en el hombre. Algunos consideran que los intentos del hombre en cuanto a sanar el dolor y limitar la corruptibilidad son cada vez más exitosos. Otros argumentan que la civilización humana y la modernidad redujeron el promedio de la vida humana, al introducir nuevas enfermedades mortales a causa de la tecnología, la cual, si bien estaba corrupta por la caída, sin embargo es inocente de tales consecuencias. De todos modos, los intentos humanos, exitosos o no, no juegan más que una función de acortar o alargar el promedio de la vida humana. Todo intento humano, por más exitoso que sea, ante la corruptibilidad de su naturaleza, llega, a lo sumo, a postergarlo.
La humanidad conocerá métodos para tratar las enfermedades y los dolores naturales y llegará a cosas todavía más importantes, pero nunca podrá remediar la vejez. Por otro lado, un vistazo rápido a las complejas sociedades actuales muestra cómo el ser humano comparte “espacios” con los demás en todos los aspectos de su vida. La gente vive en departamentos contiguos, no como antes, y cada uno de nosotros es “vecino” de muchos. Un edificio hoy alberga a la población de todo un pueblo. Además en el ámbito laboral, las profesiones no están aisladas; el trabajo más simple requiere la cooperación entre varias personas. El mundo de la competencia y de la especialización necesita de la cooperación entre muchos para realizar una tarea. Sin embargo, observamos que, cuánto más aumentan los vínculos entre las personas y se hacen más complejas y necesarias, tanto crece la soledad individual de las personas. Al final, la palabra del paralítico – “Señor, no tengo a nadie…” - es verídica. Si bien las civilizaciones humanas y las invenciones no sólo son necesarias, sino también un deseo divino, sin embargo todo ello no ha aportado una solución definitiva, sino temporaria. La palabra del ser humano ante este asunto permanece siendo humano; puede darle una movida al asunto, pero no lo resuelve.
En cuanto al “clero”, parece que la esperanza estaba puesta en ellos, ya que las civilizaciones no han podido llegar a la meta. El texto bíblico revela inmediatamente el fracaso de este partido, al quedarse en el plano humano. La religión fracasa cuando se vuelve meras letras. El clero, ante el milagro claro del triunfo de la vida sobre la fuerza de la corruptibilidad, no pudo constatar que se quedó en la letra de la religión y en el hecho de transgredir la ley, y que transformó la religión en interpretaciones, mientras que la religión es esencialmente un canal para transmitir la vida.
Cuando la palabra religiosa se limita a la letra, se vuelve humana y también engañosa. Porque la mera palabra humana aporta una consolación efímera ante los problemas del dolor. Pero cuando la palabra religiosa se convierte en una filosofía verbal ilusoria solamente, se vuelve destructiva.
La religión no es una filosofía especulativa en la vida; la verdadera religión es la vida misma. La religión no es una transmisión de informaciones ni una imposición de obligaciones; es una solución ante el sufrimiento humano. La religión debe ser algo vivo, es decir, un flujo de vida. De lo contrario, la religión se vuelve el opio de los pueblos.
El tercer partido en lo acontecido es Dios. Él dijo, y se hizo. Habló, y de repente la vida fluyó, en vez de la corruptibilidad. Cuando la palabra de Dios se encuentra con el ser humano, lo transforma, y eso es una evidencia de la vida que está en ella.
La palabra de Dios es algo incorruptible desde ahora; es la vida y primicia de la vida eterna. La palabra de Dios es el reino en sí, en su comienzo. Por ello, la palabra de Dios es destructiva para los otros dos partidos. Aquellos que se resistieron a Cristo y siempre se resisten a la fe, son el grupo de ateos y el grupo ingrato de los religiosos. Esto es lo que resulta de la historia en cuanto a la resurrección de Cristo. Y lo que se aplica a la historia de la humanidad y las sociedades en general, también se aplica a la vida personal, donde la palabra de Dios viva es también fatal para el mundo y el hombre “viejo”. Cuando la palabra divina se encuentra con la voluntad humana, crean inmediatamente vida. La palabra de Dios es, entonces, “constructora”, al final, del hombre “nuevo” y de la nueva creación a la imagen del mundo después de la resurrección de Cristo.
Este movimiento, consecuencia de la acción de la palabra divina que conduce al ser humano en el camino de la perfección sin límites, significa exactamente que cuando una persona se encuentra con la palabra de Dios, se mueve y vive una transformación. Esto es lo que llamamos vida de arrepentimiento. El infinito en la perfección espiritual significa un estado continuo de arrepentimiento, y la continuidad del “paso”, en cada momento, del hombre “viejo” al hombre “nuevo”, y por lo tanto se vuelve una vida pascual permanente.
“No tengo a nadie”, pues nuestra única salvación está en nuestro Dios. La resurrección de Cristo reveló el engaño de los ídolos. Los demás y las religiones son elementos humanos; no tienen vida de por sí. En cambio, la vida proviene de la vida de Dios. La Palabra de Dios puede transmitir la vida. La resurrección de Cristo es la fiesta de la primicia del reino donde no hay ni dolor, ni tristeza, ni angustia, sino vida eterna.
“¿Quieres ser sano?” (Jn 5:6). Desde ya, el agua en la nueva piscina, la Iglesia, está siempre en movimiento. Y el Señor está en la puerta y llama: “Yo hago todas las cosas nuevas” (Ap 21:5). Amén.