Domingo de las Miróforas

Las paredes de la tumba y la iluminación de la vida

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mc 16:3)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

Jesús salió mientras la puerta del sepulcro estaba cerrada. Cuando llegaron las mujeres miróforas al sepulcro el día de la Pascua, se preguntaban entre ellas:“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”. Pero el Señor ya había salido, pues, la Vida no podía permanecer retenida por la piedra del sepulcro, ni la incorruptibilidad por el mundo de la corruptibilidad.

Sin embargo, lo que retiene la Vida en el sepulcro y posterga la resurrección de Cristo son las paredes del corazón, paredes construidas no de algún material de la creación, sino de la misma libertad de las creaturas. A estas paredes, Dios no las puede desplazar: esto lo puede hacer sólo el anhelo del ser humano y su arrepentimiento.

La primera pared que impide la resurrección es “circunscribir la resurrección en el culto”: es decir, celebrar la resurrección de Jesús a nivel del ritual prescrito, las oraciones y los himnos, además de los ayunos que preceden la fiesta y las oraciones que la siguen, pero sin que todo ello pueda romper algo en nosotros. Cuando se convirtió el apóstol Pablo, cayeron de sus ojos como unas escamas (Hch 9:18). Pues, ésta es la función del culto: romper las paredes duras construidas por las condiciones de la vida y el descuido del alma. Sin ésta transformación, la vida permanecería en el sepulcro.

La segunda pared es “restringir la resurrección a la costumbre”: es decir, celebrar acorde a la costumbre. Entonces, cambiamos en nuestra vida todas las apariencias, vestidos, relaciones y comida. Vivimos en la fiesta las costumbres que la acompañan. En la Pascua, abundan los encuentros familiares y sociales. Y todo esto, si bien es bendecido, pero cuando es la única expresión en la Pascua, entonces la Vida permanece prisionera de las paredes del sepulcro. Las costumbres son variaciones con las que se expresa la novedad de la vida. Y la muerte es vaciar el culto de su contenido. Las costumbres deben ser un reflejo de la luz de una nueva vida en los rincones de la vida cotidiana. El reflejo de la resurrección y de la nueva vida en la sociedad se expresa en las buenas relaciones. Y el reflejo de la luz de la nueva vida sobre los vestidos es la blancura de los colores del bautismo. Así, cada buena costumbre en la Pascua debe ser una expresión de la resurrección como una nueva vida. Porque la luz proviene de la resurrección, y sin los rayos de la luz, todo reflejo se pierde en la oscuridad.

La tercera pared es “restringir la resurrección en la historia”: es decir, celebrar la resurrección de Cristo como si viviéramos un simple recuerdo de algo acontecido hace dos mil años atrás, tal como haríamos con cualquier recuerdo. De esta manera, creemos que nuestra vida está separada de la vida de nuestro Señor, o que la resurrección no afecta nuestras vidas más allá de una mera conmemoración. El himno pascual “Cristo resucitó” termina con las palabras muy precisas y reveladores, cuyo sentido no lo rinde precisamente la traducción. Nosotros cantamos: “Cristo resucitó de entre los muertos, pisoteando la muerte con la muerte y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros”. El verbo “otorgar” parece apuntar a un evento acontecido en el pasado, pues cuando murió Jesús en la cruz, salieron muchos muertos de las tumbas (Mt 27:52-53). Sin embargo, el tiempo del verbo utilizado en el original griego apunta a una acción continua en el tiempo, es decir, otorgando desde aquel momento y hasta el final de los tiempos. Jesús dijo a sus discípulos: “He aquí, yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). También dijo: “No los dejaré huérfanos” (Jn 14:18).

“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”. Nosotros somos aquellos que removeremos las paredes de la costumbre en el culto, y nos llevamos del culto vida en lugar de enterrar la vida en las costumbres. Nosotros somos aquellos que destruiremos la pared de la superficialidad en las fiestas, pues vivimos el contenido de la fiesta y no sólo la forma. Somos nosotros quienes romperemos la pared del tiempo y haremos lo acontecido en el pasado una realidad en el presente, y no enterraremos la vida en los meros recuerdos.

Cristo ha resucitado y todo es nuevo. Cristo ha resucitado y nosotros hemos sido vivificados. Cristo ha resucitado y la vida amaneció de la tumba. Amén.