Domingo del Fariseo y del Publicano

La humildad, la puerta de la gloria

“El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”

Homilía de Monseñor Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

Este domingo, del publicano y del fariseo, inaugura una serie de cuatro domingos preparativos a la gran cuaresma, estaciones importantes en vista de la lucha espiritual que cada uno de nosotros lleva adelante, símil a un general de las fuerzas armadas, teniendo dos armas esenciales: la humildad y el arrepentimiento, para no caer por inexperiencia. Dos ejes nos guían este domingo a través de la actitud orgullosa y condenatoria del fariseo y la humildad del publicano.

El fariseo se veía virtuoso y mejor que el pecador, “como este publicano”. San Juan Crisóstomo (+407) nos invita a evitar la condenación del prójimo, y nos ofrece las razones para hacerlo. Por ello, él comenta el versículo: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Mt 7:1), y presenta la explicación del Señor al respecto: “¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” (Mt 7:3). En efecto, la condenación con severidad no solamente es una señal de carencia de compasión, sino de gran odio. Quien condena se apropia del rol de un verdadero guía “mientras que no es digno de ser un discípulo”; vive en ambigüedad, pues condena “las menores transgresiones” de los demás, mientras que descuida “sus pecados mayores”. Este padre establece el canon cuándo y cómo corregir al prójimo: “el Señor no está prohibiendo la condenación en absoluto, pero ordena que saques la viga de tu ojo, y luego puedes corregir el error de otro. Cada uno sabe mejor que los demás sus propias debilidades. Mejor ver lo grande antes de lo pequeño, y amar a uno mismo antes de los extranjeros. Si condenas a los demás en la intención de hacer el bien, mejor, pues, que pienses en ti mismo en primer lugar, porque tu pecado es más claro y grande. Descuidar tu propio pecado es un mal inmenso, pero mayor que él es tu condenación de los demás”.

Tal persona incurre en un doble peligro: al privarse del cuidado de su pecado personal implica desechar su propia salvación ya que no se arrepiente, y al carecer de compasión hacia el prójimo, quedará por tanto, fuera del locus misericordioso de la mirada del Señor.Antes de condenar al publicano, el fariseo había caído en el orgullo. Se enorgulleció por unas prácticas religiosas como si él fuera la fuente de la virtud, no Dios. El orgullo es el pecado mayor y anula ante Dios todo bueno que hay en ti. No puedes ensalzarte, sólo Dios te justifica. Si no has adquirido ninguna virtud, y lo confieses, o sea te humillas, entonces Dios te ensalzará. La humildad es la cumbre de todas las virtudes. En esta perspectiva, san Juan Clímaco (siglo VII) dice: “Enorgullecerse es diferente de no enorgullecerse, y ambos difieren de humillarse. El orgulloso condena a los demás todo el tiempo, quien adopta una actitud carente de orgullo, no condena a nadie y quizás se condenará a sí mismo, pero el humilde se condena a sí mismo en todo tiempo”. Por ello, concluye: “El amor y la humildad son una pareja limpia, porque la primera ensalza mientras que la segunda protege a los que se elevaron y no les deja que se precipiten un día”.San Doroteo (siglo VI), abad de un monasterio en Gaza (Palestina), cuenta: una vez, un dignatario de Gasa que nos había escuchado decir que cuanto más nos acercamos a Dios, tanto nos reconocemos pecadores, se volvió maravillado y dijo: “¿Y cómo esto es posible?”; le contesté: “¿Estimado señor, quién te consideras en tu propia ciudad?”; él dijo: “uno de los dignatarios”; le dije: “Y si te vas a Cesárea, ¿quién te consideras allí?”; dijo: “Por supuesto un poco menos que los mayores de la ciudad”; le dije: “¿Y si te vas a Antioquía?”; dijo: “Me consideraría como un campesino”; dije: “¿Y en Constantinopla, cerca del emperador?”; dijo: “como un indigno”; dije: “Así se consideran los santos, porque, cuánto más se acercan de Dios, tanto más se ven pecadores”.Nadie tiene derecho de menospreciar a los pecadores, tampoco compararse entre sí ni a ellos. Ante la arrogancia del fariseo, san Lucas presenta a este publicano quien se confiesa pecador. Dios perdonó a este por su confesión, mientras que no perdonó a quien era justo en sus obras debido a que era orgulloso. ¡Cuán difícil es la confesión de corazón! El pecador muchas veces busca justificarse: robé porque soy pobre; mentí porque se burlaron de mí; blasfemé porque me enfurecieron; etc. Él busca siempre razones poco atendibles por lo despreciable.Por ello, quien quiere ayunar no lo puede cumplir en realidad sin la humildad que le conduce a confesar y confirmar que, a pesar de todo lo bueno que iba a hacer y de todas las oraciones, es un pecador en búsqueda de la misericordia de Dios. De ahí, la sentencia del Señor: “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Amén.