Homilía del Metropolita Pablo de Alepo sobre la curación de los dos endemoniados (Mt 8:28-34, 9:1)
Venga a nosotros Tu reino
“¿Por qué has venido aquí para atormentarnos antes del tiempo?” El poeta francés Baudelaire dijo: “El mejor engaño del diablo es que creamos que él no existe”. Muchos cristianos consideran que el diablo es una invención piadosa por parte de creyentes que quieren personificar el mal, o justificar sus pasiones al hacer el mal. Pero el diablo, según la enseñanza bíblica, vive y existe. En este texto evangélico, él habla directamente con Cristo y conversa con Él.
Satanás era un ángel de luz. Por su orgullo e intención de establecer para sí mismo un reino sin Dios, cayó de la orden de ángel de luz más brillante a la orden de los ángeles más oscuros. En lugar de permanecer como un ángel de luz se convirtió en un espíritu del mal. Dios permitió que el diablo obrara antes de pronunciar sobre él la sentencia final en el Juicio Final, porque eso es útil para la perfección espiritual del ser humano. La confrontación entre el Reino de Dios y el reino de Satanás sigue, aunque el resultado final es conocido. Satanás sabe que al final está vencido, sin embargo “como un león recorre la tierra para encontrar una presa y tragarla, ya que el tiempo se acabó para él”. Por ello, él le dijo a Jesús después de que este lo expulsara de los dos endemoniados: “¿Qué hay entre Tú y nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes del tiempo?”. Pues la encarnación de Cristo, Su obra, Sus milagros, el establecimiento de la Iglesia, sus Misterios y la gracia del Espíritu Santo en ella, constituyen para el demonio una derrota antes del Juicio Final, es decir el hecho de ser “atormentado antes del tiempo”.
Los reiterados relatos en el Nuevo Testamento sobre la expulsión de los demonios pueden parecer como leyendas, o los justificamos por el hecho de que la gente de aquella época no conocía las causas de todas las dolencias físicas. Estos fenómenos - gente endemoniada - se han vuelto, hoy en día, escasos en nuestra vida cotidiana.
La escasez de estos fenómenos no se debe al hecho de que los relatos bíblicos sean una interpretación errónea de los hechos, sino que la misma es atribuida a la nueva realidad, la del poder de la Encarnación, de la Buena Nueva, de la Iglesia y sus Misterios, es decir la fuerza que aplastó la cabeza de la serpiente. Además, las trampas de Satanás cambiaron con el tiempo. El libro del Apocalipsis muestra en particular esta confrontación entre lo celestial y lo terrenal: nos muestra el poder maléfico del diablo en forma de dos dragones, uno saliendo del Oriente y otro de Occidente.
El Oriente, para San Juan, el escritor del Libro en Patmos, era la tierra del este, la tierra de los mitos, de las ideologías y de las religiones místicas. Es el dragón del pensamiento humano extraviado y de las distintas creencias y filosofías humanas. Todo ello vino, viene y vendrá en nombre del ser humano, de su libertad, y de la realización de su vida. Pero, todo ello lo ha conducido a una discreta esclavitud, la esclavitud a los ídolos, y no lo condujo a la realidad de los hijos de Dios, es decir de los hijos de la libertad.
El dragón del Occidente representa el frente de la persecución y la violación de las libertades humanas por parte de la fuerza del poder. El Occidente apunta a los centros del imperio y el dominio de las fuerzas que opriman al hombre en forma existencial y no intelectual. Aquí se puede nombrar al autoritarismo, la opresión de las libertades, el comercio injusto, la injusticia económica. Es la filosofía de los “poderosos” quienes imponen la ley de la selva. Estas fuerzas poderosas, en Oriente y en Occidente, son capaces de arrojar a todo cristiano en la desesperación. Pero el libro del Apocalipsis nos dio la buena noticia de la victoria; es el libro de la esperanza y la certeza de la esperanza.
La buena noticia que este libro nos transmite es que el cordero inmolado, el Hijo de Dios, vencerá estos dos dragones. A esto se refiere la exclamación del diablo: “¿Por qué has venido antes de tiempo para atormentarnos?”. Ya el reino de Dios empezó con fuerza.
Cristo trajo Su reino a la tierra. Satanás ha tratado, desde el principio de la predicación pública del Señor, en la tentación sobre el monte, de contraer un acuerdo con Él, cuando Le prometió darle todos estos reinos a cambio de que Jesús contribuyera en la difusión del reino del diablo y que le adorara. ¡Pero es impensable que Dios se convirtiera en otro demonio! El hecho de que Jesús rechazó la oferta del diablo, en dicha tentación, significa que Él puso la base del reino cuyos métodos difieren de las trampas de Satanás y cuyos caminos se alejan del sendero del maligno.
Jesús escogió un reino cuyos senderos están sembrados por cruces, y puso sobre el hombro de sus discípulos el fardo del sacrificio en lugar del interés propio, de la entrega en vez de la explotación, de la fidelidad en lugar del engaño, etc., en otras palabras, lo puso en el camino estrecho que conduce a la vida, en lugar del camino engañador que conduce a la perdición.
Ante lo acontecido en este Evangelio, y al observar que el reino de Satanás está siendo derrotado, agregamos, a la obra de Jesús, la oración de “Venga a nosotros Tu reino”. Esta es la expresión que decimos en el padrenuestro y con la que empezamos la Divina Liturgia. Ante lo ocurrido, nace esta expresión en nuestro fuero interior con toda la fuerza de las palabras que implican desafíos y compromisos. Jesús ha comenzado, como lo hemos visto en este relato, la obra que nosotros, Sus hermanos, - como Él nos ha llamado - hemos de seguir, seguir nuestro trabajo para que “venga Su reino”. Amén