Domingo del Ciego

Crismar la creación

“Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró” (Jn 9:38)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

Parece que la curación del ciego de nacimiento fue uno de los mayores milagros realizados por Jesús, ya que, si bien Jesús había sanado a muchos y realizado muchos prodigios con ciegos y demás enfermedades, sin embargo este milagro impactó tanto que los judíos le dieron una importancia particular. De hecho, cuando Jesús se fue después de esto a Betania con el fin de resucitar a Lázaro, la mayoría de los judíos lo observaban llegando a la tumba, y se preguntaban entre sí mismos si Jesús era capaz de resucitar a un muerto que hedía desde hacía cuatro días: “¿No podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriera?” (Jn 11:37). Pues, el hecho de dar la luz a los ojos de este ciego de nacimiento igualaba, en fuerza y poder, al hecho de resucitar a Lázaro que hedía ya. A tal punto este milagro fue importante que los judíos quedaron divididos entre sí.

Si el evangelista Juan quiso dejar por escrito más “las palabras” de Cristo que Sus milagros, y si él no citó más que cinco milagros, eso se debe a que siempre quiso apuntar a algo más allá de la curación acontecida. Así, cuando habló del milagro de la multiplicación de los panes, era para introducir la palabra histórica de Jesús: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6:35; 48). Y en el caso de la curación del ciego de nacimiento, el evangelista respondió al hecho que los judíos no aceptaron un poco antes la proclamación de Jesús que era “la luz del mundo”(Jn 9:5), y no soportaron Su palabra que Él era igual al Padre, sino que intentaron apedrearlo (Jn 8:59) porque consideraban que Él blasfemaba al decir: “Antes que Abraham fuese, YO SOY” (Jn 8:58). Para los judíos el asunto estaba claro: Jesús realmente pretendía lo que iba a anunciar poco después:“Yo y el Padre somos uno” (Jn 10:30)

Los gestos de Jesús mientras curaba al ciego aclaran estas dudas y demuestran que Él es Dios el Creador, es Yahvé que dijo: “Yo soy”. Escupió en tierra, hizo lodo con saliva, untó el lodo sobre los ojos del ciego, y así les dio“vida” a los ojos del ciego. Sus gestos son aquellos del libro de Génesis en el que Yahvé crea al primer hombre y a la vida.

Pero Yahvé el Creador, la Luz del mundo, vino al mundo para hacer la obra del Padre que le había enviado. Y ¿cuál es la obra del Padre después del Génesis? Es precisamente lo que celebramos en el día de la Pascua: ¡la remodelación del ser humano! Es decir la renovación de la creación, la segunda creación.

Por ello, la iglesia dispuso leer este texto en la serie de los domingos posteriores a la resurrección. Sin embargo, esta obra no la realiza sólo Dios el Creador, como en el Génesis, sino que Él encomienda al hombre realizar la segunda creación. Dicha creación no tendrá lugar a partir de la nada, como Dios lo hizo al inicio, sino que consiste en transformar lo existente (είναι) en lo mejor de lo existente (ευ είναι). Pues el hombre es el sacerdote de la creación. Su misión dentro de la creación es transformar la creación material en espiritual. Esta grandiosa tarea transforma el hecho de “ver” en “percibir-reconocer”, así la curación de los ojos fue el motivo para que el ciego de nacimiento reconociera al Señor. Los himnos de la Iglesia que se refieren al ciego ponen énfasis en que el don de la vista biológica otorgada por el Señor se convirtió en percepción espiritual por medio de la cual el ciego reconoce al Señor y le adora. Este es el evento místico en lo acontecido, pues, tras la creación material (recuperar la vista) hubo una nueva creación, la que reconoce al Señor. Justamente, el Señor, justo al final de lo acontecido, dijo claramente: “Yo, para juicio he venido a este mundo; para que los que no ven, vean; y los que ven, sean cegados” (Jn 9:39). Eso es justamente lo que ocurrió entre el ciego y sus padres.

Toda la creación, todo el mundo físico, es un medio de santificación y una misión, y no un fin en sí. La salud, la vista, el dinero, la ciencia, los niños y todos los bienes, aún también las penurias y dificultades, son también medios para que reconozcamos a través de ellos a Cristo y para que se forme nuestra percepción espiritual. Esta es la segunda creación a partir de la primera creación material. Perjudicamos la materia cuando la consideramos como tal y la privamos de su derecho de servir la vida. El ser humano que se maneja con cualquier cosa en forma no espiritual, destruye su valor y la desvía de su fin. Así, de sacerdote, el ser humano se transforma en un asesino.

Esta creatividad en la creación, es decir el hecho de espiritualizar el mundo y lo material, es la tarea que tiene el ser humano, y es el llamado que el cristianismo hace para renovar la creación, la que, por medio del sacerdocio del hombre, está llamada a convertirse en un reino de Dios, y no sólo en un reino terrenal. Todo talento o don que no guiamos hacia este fin, pierde su finalidad. Y el ser humano, sin este rol, pierde también su fin noble y su verdadero llamado humano.

¿Qué es lo que buscamos por el dinero, las civilizaciones, el urbanismo, los talentos, los intentos? En última instancia, ¿cuál es el fin de todas las finalidades? No hay respuesta que corresponde al esfuerzo humano sino la regeneración y la renovación de la creación. Todo es un medio, una herramienta, pero el fin es crismar al mundo.

Digamos: “¡Por todo lo que hay en el mundo, Creo, Señor; y por medio de todo esto, Te adoro!”. Amén.