Domingo del Ciego

La vista y la ceguera ante el Resucitado

“Creo, Señor, y se postró ante Él”

Homilía de Monseñor Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

La curación del ciego de nacimiento ocurrió poco tiempo antes de que se produjera la resurrección de Lázaro en Betania. No se trataba, según los Padres de la Iglesia, de una enfermedad que impedía la vista, sino que al ciego le faltaban los ojos desde su nacimiento. Así, la intervención de Jesús consistió en dar existencia a nuevos ojos.

El milagro ocasionó la apertura de una serie de investigaciones por parte de los judíos para identificar al sanador del ciego. Dicha tentativa les condujo a enfrentarse con el mismo ciego: mientras que este último confesaba que Jesús era un profeta piadoso, que hacía la voluntad de Dios, que Dios lo escucha, y que Él proviene de Dios; ellos, al contrario, afirmaban categóricamente que Jesús era un “pecador” y que “no puede venir de Dios, pues no guarda el sábado”, rechazando el hecho obvio del milagro. Además, cabe comparar la confesión firme del ciego ante el miedo que dominaba a sus padres. Es entonces que animado con esta disposición que el ciego se encontró con su sanador. Así, él reconoció a Cristo como Señor, creyó y se postró ante Él.

En realidad, nos sorprende observar que la reacción de los judíos ante este evento es idéntica a lo que iba a suceder durante la Pasión, cuando los judíos refutaron la revelación de Jesús de su identidad, le inculparon por blasfemia y lo condenaron para ser crucificado en las afueras de Jerusalén. Cabe notar que la firme confesión de Jesús coincidió con la triple negación de Pedro. Luego, los judíos mal interpretaron el hecho del sepulcro vacío de Cristo como si el cuerpo de Cristo hubiera sido robado por sus discípulos mientras que los soldados lo custodiaban, y no aceptaron la vida y la victoria sobre la muerte que Cristo dio a la naturaleza humana por medio de su resurrección. En cambio, en una dirección diametralmente opuesta, cuando las mujeres encontraron a Cristo en la madrugada del día de la Pascua, “Jesús les salió al encuentro, diciéndoles: Alégrense. Ellas, acercándose, asieron sus pies y se postraron ante Él” (Mt 28:9).

Para entender ese paralelismo y cómo nos afecta, tenemos las palabras de Jesús antes de la curación del ciego, explicando que la ceguera era “para que se manifiesten las obras de Dios”. Ante la obra del Señor de recrear nuevos ojos, se manifestó implícitamente la posición de los protagonistas, a saber la de los judíos, del ciego y de sus padres: constatemos la irascibilidad de los judíos en sus creencias y convicciones, y su negación y rechazo a ver las obras de Dios; observamos también el miedo de los padres del ciego; y admiramos, en cambio, al ciego quien vio y confesó, postrándose ante Jesús.

Surge, pues, la pregunta si vemos las obras de Dios y las confesamos. Una respuesta digna no puede ser otra que averiguar si damos gracias a Dios. La acción de gracias por excelencia de la Iglesia es la Eucaristía, o sea la Divina Liturgia, donde todos nosotros agradecemos a Dios por sus obras en nuestra vida, y principalmente por Su presencia y Su gracia, experimentándolas y confesándolas al mismo tiempo.

Sin embargo, la participación de la Divina Liturgia no es buena en la actualidad. Le falta estar acompañada por un sentido de comprensión y de deseo más profundo, una actitud de gratitud y una disposición contrita. Es verdad que la vida nos impone ritmos y condiciones que aceptamos voluntaria e involuntariamente, generando entre los más débiles espiritualmente, una grave lesión: por una parte, una disposición malísima - justificarse permanentemente por su falta y ausencia-, o por otra parte, una actitud mortal -la indiferencia. En realidad, persistir en la auto-justificación significa obviamente un tipo de injuria espiritual, mientras que la indiferencia es una muestra de ceguera espiritual, disimulándose tras la seguridad de identificarse y conformarse con la conducta de la mayoría, evitando llevar a cabo el desafío que implica diferenciarse de dicha conducta. En cambio, la confesión de su propia debilidad abre el camino de la recuperación de la vista de la misericordia de Dios por los ojos tanto de la inteligencia como del corazón.

La obra mayor del Resucitado es Su misma resurrección y la vida eterna que brota desde entonces en medio de nosotros, en la Iglesia y en la vida de cada uno en particular, hoy y ahora. Vista o ceguera ante el Resucitado dependen de nosotros, y significan respectivamente el haberle agradecido o haber rechazado Sus obras. El ciego eligió el “Camino” por excelencia, el camino de la vista, y se volvió un apóstol antes que los apóstoles de Cristo y confesor de Sus obras en su vida. Nosotros también, en pos del ciego de nacimiento y de los apóstoles, somos elegidos para que se manifieste, en nuestra vida y nuestra comunidad, la misma gratitud y confesión, el mismo testimonio y vigor apostólico, antes de Su segunda venida en gloria. Ojala sigamos dignamente el ejemplo del ciego y rindamos siempre gracias a Cristo en su iglesia. ¡“Cristo resucitó”!