¿Quién es mi prójimo?

“Ve, y haz tú lo mismo”

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

El ser humano se define a través de su relación con su entorno, y por lo tanto, a través de su relación con su prójimo y con aquel que Dios pone en su camino. Entonces, ¿qué tipo de relaciones desarrolla, y cuáles son los límites que quiere construir y establecer, y con quién?

Las relaciones no son sólo una parte sino lo más importante de la vida; son la finalidad de la vida misma y su camino. Si bien hoy el individualismo está en auge en la sociedad, sin embargo el ser humano no puede vivir solo. En efecto, siempre establece nuevas relaciones, con distintos sectores y en diversos ámbitos. ¿Cómo define estas relaciones y hasta qué punto dependen de los tipos de personas que lo rodean?

La pregunta que desconcertó a este doctor de la Ley no es fácil: ¿Quién es mi prójimo, a quien se aplica el mandamiento del Antiguo Testamento de amarlo como a mí mismo? En otras palabras, ¿quién es este prójimo que ocupará un lugar para mí tan importante como mi vida, y con quien me comprometeré, y probablemente él también conmigo?

Para el judío de aquel entonces, “prójimo” era aquel hermano de la misma familia, y en un sentido más amplio, aquel que pertenece a la misma religión, siendo la religión para él, patria y raza. Para otros, la respuesta depende de sus tendencias religiosas, políticas, étnicas, etc. En efecto, de acuerdo a ellos, existen varias definiciones de “prójimo”. Hay aquellos que lo definen según el lazo sanguíneo o racial; o según el lazo patriótico; o según la pertenencia religiosa; otros, acorde a su nacionalidad; mientras que hoy en día, en un mundo tan globalizado, se tiende a considerar prójimo de acuerdo a la profesión.

Pues, ¿quién es el “prójimo” desde nuestro punto de vista cristiano? En la respuesta de Cristo, hay dos condiciones para definir el prójimo:

La primera es la existencia del amor. Es el amor comprometido, que se reconoce como misericordia y responsabilidad, y no el amor que se encuentra obligado a comprometerse con las necesidades del prójimo y sus adversidades. Es el amor práctico que no puede encerrarse sobre sí mismo sin mirar a su alrededor, el que no puede pasar por el dolor del prójimo sin ser afectado por él.

¿En qué nos beneficia el parentesco familiar y fraterno si desaparece  el amor o caduca la fraternidad entre hermanos? ¿Qué significa pertenecer a un mismo país sin un sentido de amor y de responsabilidad que lo conlleve? Todo lazo relacional sin el amor parece a una red de la cual se escapa fácilmente en cualquier momento.

La segunda definición del prójimo revierte los conceptos y las consideraciones antiguas conocidas y predominantes hasta hoy en la mentalidad de la mayoría de la gente. Pues Jesús define el prójimo como aquel “hacia quien  vamos, y tenemos con él misericordia”. El prójimo no es aquel con quien, por ejemplo, nos une un parentesco familiar, o unos principios partidarios, o vínculos religiosos o étnicos. Más bien, el prójimo es aquel hacia quien nos dirigimos y tenemos misericordia. Los lazos mencionados anteriormente, aún tan diversos, no serán lazos verdaderos, sino falsos, en caso que no nos preocupemos de salir de nosotros mismos y dirigirnos hacia el otro.

En otras palabras, el prójimo puede ser todo ser humano; hemos de ir a su encuentro con un espíritu de compasión. Todo ser humano es un prójimo para el cristiano, más allá del hecho que hemos ido a su encuentro o si lo hemos descuidado. Todo ser humano que Dios pone en mi camino, cualquiera sea su religión,  pertenencia o vínculos, es un prójimo. Depende de mí si lo considero como tal y me acerco a él con compasión, o me comporto mal con él descuidándolo.

No hemos, en el camino de la vida, de  mirar al “prójimo” con miradas antiguas, pues cada uno que encontramos en nuestro camino es un “prójimo”. El cristiano es un buen samaritano tal como el Señor, y cuida de aquellos que encuentra en el camino de la vida. Todo “prójimo” es para nosotros una oportunidad que no debemos perder, sino seremos condenados por no compadecernos de él y tenerle misericordia.

Por su propia naturaleza, el amor conduce el ser a salir del yo al encuentro del otro. El amor busca al otro y no se satisface antes de encontrarse con él. El amor no se olvida del otro para quedarse quieto; el amor no descansa hasta llegar a mirarlo y encontrarse con él. Pues el otro no es ni un infierno ni un peso tirado en nuestro camino; el otro es nuestra “alegría”.

La seguridad en la vida no se encuentra en evitar a los demás, sino en servirlos, porque la seguridad proviene de Dios y no de los hombres. No existe comunión con Dios para un corazón que no tiene compasión del prójimo. En realidad, el verdadero amor aprovecha toda circunstancia para que todo ser humano sea un prójimo.

Si bien los vínculos pueden ayudar en que el otro sea un “prójimo”, sin embargo lo que realmente lo hace tal, es el hecho de acercarse a él y tenerle misericordia.