El necio
“Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”
Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo
Este rico no parece, a primera vista, ser “necio”, a pesar de que el evangelio lo llama así. En realidad, el hombre posee muchos bienes y sabe manejarlos muy bien: cuando su tierra dio muchos frutos, supo encontrar soluciones de inmediato. Tal hombre es un ideal para muchos de nosotros en cuanto a amontonar bienes y multiplicarlos… Sin embargo, a los ojos del evangelista, él es un necio. De ahí la pregunta desconcertante: ¿por qué es llamado necio? Dos razones lo justifican.
La primera razón es que jamás supo cómo vive su alma. Cuando él mismo describe la manera en que nutre a su alma, es cuando muestra su tontería. Pues se dijo a sí mismo: “¡Oh alma mía, come y bebe… Ten muchos bienes!”. Sin embargo estas cosas no son alimentos para el alma, porque el ser humano no vive sólo de pan. Este rico no se había dado cuenta cuál es el alimento verdadero que tenía que comprar con estos bienes que había acumulado.
La segunda razón es que, si bien sabía administrar, manejar y almacenar sus bienes por muchos años, sin embargo ignoraba lo más importante: la forma de usarlos. Logró ganar en saber esforzarse, pero falló en saber explotarlos; se manejó bien en el trabajo, pero fracasó en lograr tener los buenos resultados.
¿Es posible que los bienes terrenales sean comida, bebida y regocijo para el alma? Por supuesto, la respuesta es afirmativa, porque la finalidad de aquellos bienes es el regocijo del alma. Pero la pregunta que se plantea es: ¿Cómo sucede eso?

Los bienes, cuando son almacenados o guardados para uno mismo, se pudren. San Juan Crisóstomo compara los bienes terrenales al “maná” divino que Dios envió al pueblo desorientado en el desierto: cada uno comía lo que necesitaba. Pero cuando algunos, por codicia, querían guardar más que lo que necesitaban por día, se podría de inmediato. De igual modo, el dinero, cuando es amontonado y guardado, se pudre; pero cuando se gasta y se usa de la manera adecuada, rinde más.
El dinero y las riquezas, como así también todos los bienes, se convierten en comida y regocijo para el alma bajo dos condiciones. Primero, cuando estos se vuelven en puente para construir buenas relaciones y fortificar los lazos de amor con los demás. Pues el dinero es el arma más poderosa para relacionarse con los demás, pero con amor. El rico tiene más capacidad de amar que el pobre si sabe utilizar su dinero. El alma no vive de los bienes, sino de las relaciones que dan vida.
Y segundo, cuando a estos los utilizamos para dar gracias a Dios. Cuando recibimos muchos bienes, hemos de agradecer al benefactor. ¿Acaso todos los bienes no son una muestra de la providencia divina? Siempre hemos de convertir los bienes en ofrendas de agradecimiento. Por ello, la gente en el Antiguo Testamento expresaba su agradecimiento ofreciendo las primicias de sus bienes e hijos a Dios, a quien estos se lo debían en realidad. Además ofrecían el diezmo de todo. En el libro del Apocalipsis, el obispo de Latakia es reprochado porque era rico y dejó de ser rico para con Dios. Los bienes cesan de ser alimentos para el alma cuando nos hacen prescindir de Dios por apego a Sus bienes, en lugar de ser una oportunidad para darle las gracias por ello.
“Lo bueno” en “los bienes” es convertirlos en ofrenda de amor al prójimo y de alabanza a Dios. Amén.