El sentir humano entre la muerte y la vida

“Era un hombre rico... y uno pobre, llamado Lázaro... echado junto a su puerta”

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

El Señor utiliza esta parábola, pues la parábola no es un evento sino una enseñanza directa. En la parábola hay dos escenarios completamente contradictorios en todo, y dos tiempos distintos, el de la vida presente y transitoria, y el de la vida eterna.

La contradicción entre la situación del rico y la del pobre después de la muerte de ambos es terrible, y nos invita en realidad a meditar sobre las razones de este cambio drástico de la situación entre las cosas de este mundo y las del mundo venidero. El pobre está en el regazo de Abraham (es decir, en el paraíso), mientras que el rico lo mira desde lejos. El pobre disfruta del regazo, mientras que aquel es atormentado en las llamas. Este es consolado, mientras que aquel otro sufre. Esta enorme contradicción hace nacer en nosotros la pregunta sobre el hecho extraño de que el rico, estando vivo, nunca se dio cuenta de la primera parte de la contradicción, es decir la gran diferencia entre él y el pobre. El rico vivió en su mundo y no le prestó ninguna atención al mundo exactamente diferente del suyo, el del pobre.

¿Por qué el rico cayó en esta situación de insensibilidad? ¡Cuántas veces salió y entró a su casa quedándose aferrado a su bienestar, saciado, chocando con este pobre privado de los más básicos derechos de la vida! ¡Y todo esto no lo cuestionó en nada! Probablemente muchas razones hayan inducido a este rico a permanecer insensible hacia el pobre Lázaro, pero, sin lugar a dudas, estas son las tres más importantes:

La primera razón es “la ignorancia”. El rico desconocía el origen de sus bienes y su finalidad. Se había formado un concepto falso sobre lo que tenía, y la causa de la felicidad en la vida. Ignoraba la realidad de las cosas. Seguramente que se desinteresó de esta pobre echado junto a su puerta, principalmente porque consideraba que este no tenía ningún derecho sobre su propio dinero, que cada persona es responsable de sí misma, que cada uno cosecha lo que siembra, y que él mismo tiene el derecho de seguir su vida tal como lo venía haciendo descuidándose de la vida de los demás. Es una imagen que refleja totalmente lo que sucede hoy en nuestra sociedad: “¿Acaso soy responsable de mi hermano?” Esta es una expresión dicha en la Biblia por alguien que mató a su hermano. Este rico ignoraba que Dios lo iba a mirar de la misma manera que él mirara a su prójimo, a quien Dios se lo dejó en su entorno y vecindario.

La segunda razón es que el rico se divertía todos los días suntuosamente. Dicha vida le roba al hombre la posibilidad de procurar estar atento al otro, como también a sí mismo. El hombre que considera que el placer es la realidad más bella de su vida, entroniza a este ídolo en lugar de Dios, y se desprende de Dios y del prójimo. Generalmente, el placer sujeta al hombre y lo convierte en un egoísta que busca satisfacerse a sí mismo, y explota para este fin a todos los que están a su alrededor. Muchas personas no se dan cuenta de las tragedias de los demás hasta cuando prueban el sabor de la amargura de la vida o la presión de las adversidades. Los bienes nos han sido dados para que seamos liberados de la necesidad. En cambio, la diversión lujosa y suntuosa como la que describe el evangelio, nos supedita al amor del placer. Las primeras manifestaciones de dicha vida son la autosuficiencia, el encerramiento sobre sí mismo, y el prescindir de los demás, y eso en caso de no haber llegado a los límites de la explotación.

La tercera razón es la “costumbre”. Desde el primer momento en que el rico se encontró con este pobre tirado en su puerta y decidió dejarlo y descuidar de él, desde este momento creció en él esta costumbre, la de aceptar su pecado sin que lo molestara la presencia evidente de este pobre. Se aceptó a sí mismo como una persona sin compasión, aceptó su realidad y la del pobre. Esta aceptación se convirtió en costumbre, que nunca le permitió reconsiderar su postura y cuestionarse, ni aún una sola vez, sobre si su principio en la vida era válido, y si su descuido era correcto: ¿Acaso se trata de algo verdadero o es un engaño? ¿Es bueno o es un pecado? El pecado se ha convertido en costumbre que generalmente deja cegados los ojos del rico. ¡Cuando nos acostumbramos a nuestra realidad que no es buena, la misma se convierte en algo aceptable para nosotros mismos!

Entonces necesitamos realmente una trompeta que nos advierta, o una persona que nos despierte. Aquí la palabra divina atropella la cáscara de la costumbre y revela con su luz que la ignorancia es fútil y que se trastornó el sentido de la felicidad. La palabra de Dios nos hace responsables del otro, del próximo, y nos recuerda que Dios nos envió para obrar en nuestro ámbito, para ser responsables y no indiferentes. Más bien, es esta relación de amor y de responsabilidad para con nuestro entorno la que nos condenará, o la que nos justificará desde la perspectiva divina. La Palabra de Dios muestra el hecho de dar como más placentero que recibir, y el de guardar los mandamientos como más dulce que la miel. ¡La Palabra de Dios es el primer enemigo de la costumbre! La Palabra es una trompeta permanente que llama al arrepentimiento, conduce a la vigilancia e invita a reconsiderar nuestras posturas.

Así que como respuesta al deseo - demasiado tarde - del rico, Jesús aconsejó a los vivientes que escucharan, antes de morir, a Moisés y a los profetas, es decir a la Palabra divina que tenemos. El texto bíblico que hemos escuchado hoy es la Palabra divina que señala cuál es la verdadera riqueza, que indica que quien está en nuestro camino es nuestra responsabilidad. En base a ello, se define el significado de la felicidad. La Palabra divina, y este texto en particular, es una voz que siempre nos llama a arrepentirnos. Amén.