Los dos Peregrinos entre el Cielo y la Tierra

“Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó de lo alto el Oriente, 
para dar luz a los que habitan en tinieblas y sombra de muerte;
 
para encaminar nuestros pies por camino de paz”
 
(Lc 1:78-79)

Todo camino tiene dos extremos, uno de inicio y otro de final. El camino tiene sentido cuando se utiliza, se transita y se camina sobre él. Esta ilustración, tomada de nuestra vida cotidiana, nos sirve de introducción para la fiesta de Navidad. Pues, esta vida es un camino, sobre el cual hay dos peregrinos para nosotros los cristianos. La identidad del primer peregrino es obvia, pues se trata de cada uno de nosotros. En cambio, la identidad del segundo peregrino, si bien es más difícil de descifrar, sin embargo, se impone para un cristiano pues se trata de Dios.

Estos dos peregrinos tienen una misma finalidad, pero tienen dos direcciones distintas. En cuanto a la finalidad, es la búsqueda uno del otro. Por un lado, Dios busca al hombre y, por otro lado, el hombre busca a Dios. Es Dios quien, primero, toma la iniciativa y busca al ser humano; Él peregrina hacia nosotros, nos busca en los caminos de nuestra vida personal. Este peregrino inicia su camino desde el cielo y se dirige hacia la tierra. En cambio, nuestro peregrinaje tiene una dirección opuesta, pues se inicia en la tierra y se dirige hacia el cielo.

Esta realidad se manifiesta claramente en Navidad. Dios toma una iniciativa extraña para encontrarse con nosotros, al hacerse hombre como nosotros, tomando nuestra naturaleza por la condescendencia de la Virgen María. Pues, en Nazaret, la venida del peregrino divino se predice en la anunciación del Arcángel Gabriel a la Virgen María. Más tarde, en Belén, los ángeles anuncian el nacimiento de este peregrino de esta misma Virgen. Ahí, engrandecemos al primer peregrino humano que encontró al peregrino divino en este caminar único entre el cielo y la tierra. Luego, empieza una serie de encuentros, como lo sucedido con los pastores y los reyes, y más tarde, con el anciano Simeón y la Profetisa Ana en el Templo, hasta que este camino llega a tocar la puerta de cada uno de nosotros.

El camino es único para cada uno de nosotros, pues no se trata de un encuentro anónimo, sino de un encuentro personal. Este encuentro tiene lugar en todo lugar donde vivimos: en la casa, en el trabajo, en la calle, en la Iglesia, por medio de la profesión y el rol que ejerzo, en la situación que me toca. En fin, el camino de encuentro con el peregrino divino es nuestra misma vida cotidiana, y no sólo un momento particular o específico de ella.

La fiesta de Navidad es el momento por excelencia para averiguar hacia dónde apunta la brújula de nuestra vida. El sinceramiento con nosotros mismos, en cuanto a la dirección que toma nuestro peregrinaje de la tierra al cielo, es muy importante que se realice, porque es el único modo para evaluar si hay conformidad y coherencia entre decir y hacer, pretender y ser, plantear y realizar.

Si la brújula de nuestra fe no apunta al encuentro con el peregrino divino, éste pasa lamentablemente desapercibido e imperceptible a nuestros ojos que ven todo lo que ofrecen las vitrinas en la fiesta, como así también a nuestros oídos que escuchan todos los anuncios en los medios. Así, se hace imposible descifrar Su presencia en la vida de los demás, creados a su imagen, y también en todo prójimo con quien Él se hace uno, especialmente los más desprovistos y necesitados.

Mirando hacia la región donde nació este peregrino divino, nos damos cuenta cómo nuestros hermanos en Medio Oriente hacen un peregrinaje existencial, penoso y peligroso, para llegar a su encuentro. Son los héroes y modelos que ajustan nuestra brújula en la vida.

Todo ello, nos empuja a una fuerte toma de conciencia sobre cual es lo esencial en la vida, el modo de lograrlo, y la finalidad a la cual apuntamos. En el camino de nuestra vida, siempre es posible ajustar su dirección, “recalculando” los parámetros de nuestra navegación, a fin de encontrar las coordenadas de nuestro nuevo destino.

Navidad está hoy y aquí para que podamos salir de nuestra rutina adquirida por la costumbre que el mundo impone sobre nosotros, hacia la vista salvífica y alegre de la estrella que, desde el cielo, apunta a la tierra y muestra el lugar donde se encuentra el peregrino divino.

En Navidad, la alegría del encuentro no puede ser sino compartida, ofrecida y entregada. La salida al encuentro del peregrino divino me conduce, al mismo tiempo, al encuentro de todos los peregrinos, hermanos en el camino, a fin de sostenernos y ayudarnos en mantener las ganas alentadas, la voluntad despierta y la atención fijada en el sentido real de nuestro peregrinaje en la tierra.

Tenemos esta bendición: nuestra fe en Jesucristo y la vida de nuestra Iglesia son el bastón que nos sostienen en nuestro caminar hacia Navidad, y más allá de Navidad, hacia el compromiso de anunciar esta Buena Nueva, la del encuentro entre los dos peregrinos divino y humano, y trabajar en ampliar el encuentro a tantos cuantos sus brújulas se han desorientado por mil y una razones.

El Señor viene hacia nosotros, vayamos pues a su encuentro, anunciando con Zacarías, el padre de San Juan el bautista: “…Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó de lo alto el Oriente, para dar luz a los que habitan en tinieblas y sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lc 1:78-79).

¡Dios quiera que nuestro peregrinaje no sea menos igual en logro al de los pastores y reyes! ¡Que el Señor bendiga a todos en la Navidad que amanece y que todos tengan una navegación segura hacia el encuentro con Él! Amén.

+ Metropolita Siluan

Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina