Domingo del Perdón

El máximo don de Dios

Homilía de Monseñor Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

El amor no conoce de límites ni de restricciones. El amor abarca toda la creación de Dios, racional e irracional. Más aún, éste sana todo egoísmo que se levanta en contra del cuidado y de la bendición de Dios para con sus criaturas.

Estando a las puertas de ésta Gran Cuaresma, cada alma cristiana que busca reencontrar la fuente del amor se inclina en actitud de agradecimiento para con el Creador de todo reconociendo este don que siempre es entregado y nunca quitado. (Heb 17:10).

De hecho, el arrepentimiento es entregado como la senda para reencontrar la fuente del amor. El arrepentimiento es, en verdad, un don entregado a los hombres que ha sido distorsionado por el pecado, la muerte y la desobediencia; el arrepentimiento es la más grande de las revelaciones del amor de Dios hacia sus hijos.

En lo que respecta a Adán, el pecar una vez contra Dios lo hizo ser indigno por toda su vida, y, consecuentemente, fue expulsado de la gloria de Dios por el resto de su vida. Sin embargo, Cristo, inexplicablemente, buscó la manera de entregarnos la mismísima posibilidad de retornar por medio de Su encarnación y su obra salvífica al verdadero lugar al que pertenecemos. Cada vez que nosotros, los miembros de Su cuerpo o sea la Iglesia, ponemos en peligro nuestra pertenencia al cuerpo de Cristo, por medio del arrepentimiento y de la confesión somos llamados a reingresar alegremente al Paraíso divino, la Iglesia. Es increíble que cada vez que caemos de la gracia de Dios por culpa de nuestros pecados, de nuestra desobediencia, de nuestra falta de amor, Cristo siempre desea concedernos Su misma gloria y gracia, pese a que Adán, una vez y para siempre perdió todo por su primera trasgresión.

¡Dios, cuan misericordioso eres! ¿Somos dignos de agradecerte? Es casi imposible expresar nuestra gratitud, pero, siendo tus hijos, respondemos a tu generosidad con nuestro celo y nuestro amor.

Y la Gran Cuaresma es la oportunidad que tenemos para responder a éste don divino. La Gran Cuaresma es un tiempo de arrepentimiento y arrepentimiento significa reconciliación con uno mismo, con su prójimo, con toda la creación y con Dios.

De acuerdo a San Juan de Kronstadt (+1908), el arrepentimiento, entendido como reconciliación con uno mismo, se da cuando nuestra voluntad, nuestra mente y nuestros sentimientos no están sujetos a la esclavitud, a la oscuridad ni a la deformación. La abstinencia y el ayuno son los medios necesarios para restaurar el ardor de la fe, de la esperanza y del amor, para así mantener la vida cristiana. No hay nada que haga extinguir tan pronto nuestro espíritu de fe dentro nuestro como la intemperancia, el abuso, la excesiva búsqueda de diversión y la vida irregular. Tanto es así, que uno que comience a cumplir los mandamientos relacionados con cosas pequeñas será capaz de cumplir los mandatos relacionados con grandes cosas. Comienza a cumplir el mandato del ayuno y así podrás aprender a cumplir todos los otros mandamientos. El ayuno fue el primer mandato dado a Adán y a Eva. Era éste un mandamiento relacionado con lo más pequeño de todo, porque podían comer de todos los árboles salvo de uno que estaba en el medio del jardín.

Por medio de nuestros esfuerzos para vivir la Gran Cuaresma como el deseo de cumplir con el mandamiento de Cristo de ayunar, expresamos de una manera efectiva nuestro amor por él. Aquel que ama a Dios, de acuerdo a San Isaac el Sirio, tiene que demostrar su deseo por medio de un esfuerzo físico. Así, pues, Cristo llenará nuestros deseos, y Él mismo restaurará la fuente del amor que hay en nosotros. Recién allí podremos reconciliarnos con nuestro prójimo, y podremos verlo con verdadero interés y amor además de mostrarles compasión y perdón. Como consecuencia, nuestra actitud y nuestro comportamiento hacia la riqueza terrenal y material serán corregidas. Podremos, en este punto, percibir toda la creación no ya como un bien consumible o un medio para satisfacer nuestros deseos y apetitos, sino como medio para alabar y agradecer a nuestro Dios, el dador de todas las cosas.

Si nuestro esfuerzo en la Gran Cuaresma consiste solamente en ayunar y en abstenernos de algunas comidas, entonces nuestro esfuerzo será en vano. Si la Gran Cuaresma no nos guía a sanar nuestro propio egoísmo, o sea a restaurar dentro nuestro el poder de amar y de perdonar que abarca todo en nuestro corazón y elevarlos a Dios, entonces estaremos perdiendo nuestro encuentro con Cristo, quien concede amor, misericordia y perdón a todos en el día de su resurrección.

Entonces, cuando nos vistamos con el celo y el esfuerzo de la Cuaresma, el compasivo Padre nos concederá las vestiduras de la boda, y el Dador de la Luz nos otorgará el cinto de la luz. Amén.

+ Metropolita Siluan

Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina