La hipocresía y la autenticidad espiritual

“El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había sanado en día de reposo, reaccionó y dijo…”

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

La imagen que aparece a raíz de lo sucedido es conmovedora; es la imagen de una verdadera confrontación que opuso a Jesús al jefe de la sinagoga sobre uno de los asuntos más importantes de la religión: la confrontación entre el autor de la Ley y sus intérpretes sobre el significado del sábado, cuya observación es lo más importante de la Ley.

Esta no fue la única vez en que se produjo tal confrontación. Tal vez el peso más importante de la acusación sea que Jesús no observaba “las tradiciones de los Padres”- el sábado, pues Jesús entró en la sinagoga el sábado y sanó a la mujer encorvada. El suceso representó para el jefe de la sinagoga una infracción de la Ley, mientras que para Jesús representó la perfección de la Ley. Estamos delante de una imagen conmovedora de una dura confrontación entre hipocresía y autenticidad en la práctica de la religión, entre la finalidad de la Ley y su limitación, entre la fuente de la religión y sus interpretaciones, entre la tradición – es decir transmitir la fe misma y depositarla de generación en generación - y las tradiciones que se agregan a la esencia de la religión, de generación en generación. Algunas teorías de las ciencias de las religiones consideran que la religión es auténtica sólo en la época de sus fundadores, mientras que luego se agregan a ella interpretaciones que, de acuerdo a ellos, no forman parte, ni están en ella.

La Ley ha dado una gran importancia al séptimo día. En efecto, de acuerdo al libro de Génesis, Dios, después de haber creado el universo en seis días y al hombre en el sexto día, y al haber visto que todo no sólo era bueno, sino “bueno en gran manera” (1:31), “reposó en el séptimo día de toda su obra que había hecho. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda su obra que Dios había creado y hecho” (2:2). Por ello, los judíos guardan con gran exactitud el reposo del sábado. Sembraban la tierra durante seis años, y la liberaban el séptimo año. Muchas e importantes son las legislaciones sobre el sábado, porque el sábado es para el Señor. En este sentido dijo el jefe de la sinagoga: “Hay seis días en los cuales se debe trabajar; vengan, pues, en esos días y sean sanados, y no en día de sábado”.

La confrontación entre Jesús y el jefe de la sinagoga fue sobre la interpretación del significado del reposo del Señor el día sábado. En otro lugar, Jesús dijo: “Hasta ahora Mi Padre trabaja, y Yo también trabajo” (Jn 5:17), como si el Padre no cesara de trabajar el día sábado, sino que trabajara continuamente. Por lo tanto, la controversia trata fundamentalmente la razón de la santificación del sábado y la comprensión del reposo de Dios y Su trabajo.

Dios descansó el séptimo día, como dice el libro de Génesis, pues, después de haber creado al hombre y terminado la obra de la creación, y al ver que todo era “bueno en gran manera”, su corazón descansó, por decirlo así, y se complació. El Señor no descansa de obrar, sino que descansa en un estado particular del hombre y del mundo. Por ello, Jesús dijo en otro lugar: “¿Es lícito hacer bien en sábado, o hacer mal?” (Mc 3:4). Este es el reposo de Dios, y este es el significado del sábado, es decir obrar para lo que es exclusivamente el servicio de la obra divina, y para lo substancial del hombre y no lo efímero. Todos los días de la semana son para trabajar para lo que el ser humano necesita, mientras que el sábado es para trabajar para lo que es esencial, es decir su relación con el Señor sin la cual el hombre no puede estar.

El sábado, o el domingo, o cualquier día de la semana que consagramos al Señor, es un día en que nos dedicamos para trabajar “para la sola cosa necesaria” (Lc 10:42). Todos los días de la semana son necesarios para el ser humano, pero entre estos, dedicamos el “día del Señor” para lo más importante de acuerdo con la Biblia: hacer el bien, y ocuparnos de las cosas del Señor y no de las cosas de la vida cotidiana.

El “día del Señor” es pues para trabajar para el hombre, para hacer el bien y glorificar a Dios. Dios reposa el sábado cuando el ser humano se dedica en aquel día a servir al prójimo y alabar al Señor. En este sábado, Jesús entra en la sinagoga y sana a la mujer encorvada, adorando a Dios y sirviendo al prójimo, pero sale de la sinagoga condenado por el jefe de la misma, porque Él no guardó una formalidad falsa, impuesta sobre el sábado por los encargados de la sinagoga.

Siempre hubo, a nivel de lo social y religioso, corrientes conservadoras hasta ser extremadamente meticulosas con la letra, mientras que hubo corrientes liberales hasta el libertinaje en el comportamiento. “La letra mata, el espíritu da vida” (II Co 3:6), dice el Apóstol Pablo, esta regla de oro anunciada por quien fue por sobre toda otra persona el más duro en contra de la Ley y el más hostil a ella, pero también era aquel que más la aplicó y se comprometió con ella.

Lo acontecido en el relato del Evangelio despierta en nosotros la sensibilidad para rendir cuentas constantemente por nuestros actos religiosos, para que estos sean conformes no a una mera formalidad sino de acuerdo con la fe, para que nuestra adoración sea “en espíritu y en verdad”, y no “sobre este o aquel monte”, como Jesús lo explicó a la samaritana (Cf. Jn 4: 21; 24).

Por ello, Jesús dijo: “Velen y oren” (Mt 26:41), pues no basta con la oración por sí sola ni con el ayuno por sí solo. Toda obra que no alcanza su finalidad se transforma en hipocresía. La autenticidad de la práctica es realizar su finalidad, y en esto “descansa” Dios. “Sábado” es la verdad en toda realización, y la finalidad en todo intento, es decir que el ser humano es la finalidad de todo culto. Pues la finalidad del sábado y su santificación es la relación del ser humano con Dios y con el prójimo en un marco de amor y servicio.

La finalidad de la oración son las lágrimas y el arrepentimiento, mientras que sentir en ella orgullo, justificación o haber cumplido un deber, es hipocresía. La hipocresía en el ayuno es comer lo prescripto para el ayuno pero sin contrición del corazón, mientras que su autenticidad se refleja en la pobreza de espíritu. La hipocresía en la caridad se encuentra en la pretensión mientras que su autenticidad está en la contrición y el compartir con todo necesitado, cuya necesidad considero que es mía y cuyo dolor considero que es mío. La hipocresía en la ciencia es enaltecerse, mientras que su autenticidad se vive en el servicio. Almacenar riquezas refleja una actitud hipócrita, mientras que repartirlas muestra una actitud auténtica. Auténtica es la amistad cuando se acompaña de sacrificio, mientras que es hipócrita cuando se acompaña de explotación y mentira.

El criterio para discernir entre “hipocresía” y “autenticidad” en toda obra es el hecho de lograr la finalidad por la cual dicha obra ha sido pensada. En este sentido, el indicio que nuestra práctica de la Ley es auténtica o hipócrita se ve en lo resultante de la Ley, es decir el amor. En efecto, el amor es la finalidad de la Ley y de los Profetas. Y todo culto que ofrecemos y toda virtud cristiana que practicamos han de ser siempre evaluadas para averiguar que nuestra práctica no se encuentra en oposición con la razón y la finalidad puestas en ellos, para que suceda otra vez lo que le ocurrió al jefe de la sinagoga con Jesús. Dios es espíritu, y a los que Lo adoran en espíritu y en verdad, Él los acepta (Cf. Jn 4:24).