La libertad humana entre el llamado amoroso de Dios y la violencia del mal diabólico

“Los demonios le rogaron que les permitiera entrar en los cerdos. Y Él les dio permiso” (Lc 8:32)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

Nadie puede entender su fuero interno si no entiende primero su entorno y su propia relación con él. En realidad, definir nuestra relación con Dios es simple: la fe. Sin embargo, la confusión está ocasionada por el rol del diablo en este entorno. ¿Cuál es la influencia sobre nosotros de este ente con respecto a aquel en quien la ignorancia y el miedo prevalecen? Esto forma parte de nuestro mundo en el que luchamos por nuestra existencia y para que sea mejor.

El relato del Evangelio revela el rostro de este ente extraño. San Juan Crisóstomo, al interpretar este relato, - es decir el hecho de que Cristo expulsaba a menudo los demonios y sanaba a los endemoniados atormentados por ellos, sin que los demonios le hubieran pedido semejante cosa: irse a una piara de puercos -, plantea una cuestión esencial: ¿Por qué el Señor permitió a los demonios que entraran en la piara de puercos después de salir del hombre endemoniado? Él mismo responde: “Jesús lo permitió a propósito para echar luz sobre dos asuntos de gran importancia”.

El primer asunto es dar a conocer cuán grande es el mal que ocasiona el diablo. El diablo es un ser libre pero muy malo; nunca quiere el bien. Por ello, se llama en forma absoluta “el mal”. El diablo es hostil a Dios y al hombre, la querida creatura de Dios, mientras que no tiene enemistad con las creaturas no-libres y materiales, es decir con los animales irracionales y la creación física. El Apóstol Pedro describe al diablo como león rugiente que busca una víctima para secuestrar de los seres humanos. Pese a que el Señor se lo permite, el diablo quiere destruir todo, aún a la piara de puercos. Esto es lo que aconteció en el Evangelio. El diablo es tan malo que trata de destruir todo cuanto llega a su alcance. Aquí, constatamos cómo la legión de demonios condujo la piara de puercos hasta el precipicio y la hundió en el lago.

El segundo asunto es que el permiso dado por Jesús revela inmediatamente cuán débil es el diablo, pese a que es malvado. En la medida que es malo, es débil también. Dios no le permite hacer daño al ser humano, su hijo querido. Si el diablo tenía la libertad de acción contra los hombres sin que ellos obtuvieran la protección divina, él no hubiera dejado a nadie sano. El mal del diablo es tremendo. Sin embargo, él mismo no es intimidante, porque Dios no le permite dominar al hombre.

La potencia del mal del diablo, la que podemos ver en el relato evangélico, afirma la enseñanza de la Iglesia según la cual no debemos tener ningún trato de cualquier tipo con el diablo. Hoy en día, existen medios de trato con el diablo que los cristianos u otros ejercen por ignorancia o por descuido. El que tiene un trato con el diablo, ha de tener cuidado y no descuidarse, porque sabemos que el diablo es siempre malo. Estas prácticas son ocultas, porque Satanás no obra sino en la oscuridad, situación en la que puede aprovecharse de las víctimas que tienen trato con él. De estas prácticas son la magia, la adivinación, el espiritismo, etc.

Algunos se preguntan ingenuamente: ¿Qué daño pueden causar estas prácticas si nos revelan hechos a veces útiles para nosotros o nos ofrecen algún (falso) consuelo? A esta pregunta responde San Pablo cuando entró con Bernabé para predicar en Éfeso y vino a su encuentro a la puerta de la ciudad una muchacha esclava que tenía espíritu de adivinación que invitaba a la gente de la ciudad a aceptar a Pablo y a Bernabé como hombres de Dios (Cf Hec 16:16-17). ¡Parece a primera vista que esta mujer, o mejor dicho el diablo a través de ella, estaba ayudando en difundir la Buena Nueva! Pero San Pablo ordenó que el espíritu saliera de ella. El diablo es malo, aún cuando nos parece exteriormente bueno. El trato con el diablo debe siempre ser como si fuera con un enemigo que nos odia, sin importar el motivo, aún aparentemente bueno. La finalidad del diablo es siempre mala, por medio de trampas y engaños que parecen ser buenos a primera vista.

La verdad es que Satanás es débil y no es libre en dañar al ser humano; nos pone frente a nuestra verdadera responsabilidad hacia los males en el mundo. El diablo no puede obligarnos a cometer el mal, pero está en su poder inspirarnos para cometerlo. Satanás no tiene poder más que el de sugerir, y está en nuestras manos la libertad de elegir.

Dios nos ofrece Su voluntad divina, la de volver a Él y vivir, porque quiere que el hombre viva y no muera. Nos invita a aceptarla, se dirige a nuestra libertad, sin imponerse ni obligarnos. Jesús quiere, en su amor infinito, recibir nuestro amor, estimula nuestra dignidad humana y espera en la puerta tocando hasta que nos decidamos libremente a abrirle.

Satanás desea nuestra pérdida y explota nuestras debilidades. Se aprovecha de la debilidad de la carne y la multiplicidad de las pasiones; se aprovecha de nuestra ignorancia, el miedo, el interés propio, y todas nuestras debilidades. En estas heridas, él trata de soplar sus sugerencias tóxicas. El método de Satanás es violento, a cambio del método pacífico de Dios que ama. Satanás presiona sobre nuestra debilidad y ejerce la violencia en los lugares de nuestras heridas humanas, y de ahí nos empuja para realizar sus fines siniestros.

Este relato evangélico, a raíz del permiso otorgado por el Señor a los demonios para irse a la piara de puercos y en base a todo cuanto ha sucedido después, revela el mal de Satanás y su violencia, por un lado, y la protección divina al hombre y la debilidad del diablo, por otro lado.

El ser humano, ante cada postura y en cada momento, puede ser objeto de la violencia del diablo que explota nuestras debilidades para sembrar en ellas sus sugerencias, o puede adherirse al Señor su Dios e invocarle, como invocó el hombre sufriente del evangelio: “¡Señor, Jesús hijo de David, ten piedad de mí”. En toda tentación, y bajo cada una de nuestras debilidades, podemos o aceptar la siembra de la sugerencia diabólica, o atraer la misericordia divina y su bálsamo.

Por ello, la Iglesia nos enseña repetir voluntariamente esta oración maravillosa que lleva el nombre de Jesús: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”, no sólo en los tiempos dedicados a la oración, y siempre con amor y anhelo, del mismo modo que el endemoniado gritaba, para que nos sentemos siempre, como aquél lo hizo, a los pies de Jesús con el gozo del amor divino, sanos, escuchando Sus palabras. Amén.