Domingo del Juicio final y de la abstención de la carne

El ayuno y el amor

“En cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicieron” (Mt 25:40)

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

En este tercer domingo del Triodion (tiempo de preparación que precede a la Gran Cuaresma), la Iglesia conmemora el Día del Juicio Final, es decir “la segunda y temible venida de nuestro Señor Jesucristo”. Los textos litúrgicos junto al pasaje del Evangelio (Mt 25:31-46) de este día, nos hacen recordar el Día del Juicio. Estos textos nos muestran el criterio en base al cual tendrá lugar el Juicio Final. En medio del ícono que representa la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo, está puesta una balanza para pesar nuestros actos, sobre un altar donde se encuentra el libro del Santo Evangelio. Hoy, la Iglesia abre este libro, el Símbolo del Juicio, donde figura el pasaje correspondiente: vamos a ser juzgado en la medida en la que hemos practicado la misericordia, o sea en la medida de nuestro “amor”.

El amor no es un concepto abstracto que no se ve ni se toca. El amor se entiende cuando es traducido y encarnado en nuestras prácticas diarias. La palabra del Señor confirma esta realidad: “En cuanto lo hicieron con...”. Así que la palabra “amor” no tiene ningún sentido en forma abstracta o conceptual. La Sagrada Escritura dice que seremos separados en ovejas y cabritos acorde a nuestros “obras de amor”. El criterio pues es la “obra de amor” o la ausencia de la misma.

Hay un error común, es el de reducir el amor al contexto de una emoción, o aún más, a meras palabras y pretensiones. ¡Cuán popular y barato es este amor! La “obra de amor” es ajena a todas estas cosas. Puede ser que tengamos a veces resentimientos hacia algunas personas, - ¡somos seres humanos! -, sin embargo, debemos comportamos con ellas en base a las “obras de amor”. Así, somos seres que aman. Y viceversa, podemos llevar dentro de nosotros los mejores sentimientos y emociones hacia terceros, sin embargo faltan nuestras “obras de amor” hacia ellos. Entonces, seremos seres que no aman.

El amor significa claramente que preferimos al otro sobre nosotros mismos; mientras que el ser egoísta significa exactamente lo contrario, es decir, preferirnos sobre los demás. “Amo a los demás” no quiere decir que tengo sentimientos de amor hacia ellos, sino que, justamente, queremos y podemos preferirlos a ellos sobre nuestro amor propio, y que el bien propio de ellos precede a mi bien propio. Este es la “obra de amor” en base a la cual seremos juzgados.

Tanto los cabritos como las ovejas, en el texto bíblico, oyeron del Señor las mismas palabras, y compartían las mismas circunstancias relativas a los pobres, prisioneros, sedientos, etc. Lo más extraño en esto es que tanto los cabritos como las ovejas llamaron a Dios con la misma palabra: “Señor”. Sin embargo, la diferencia entre ellos era si “hicieron…” o si “no hicieron…”, o sea si se comprometieron con el prójimo o si ignoraron sus necesidades.

De hecho, como el amor que requiere el Evangelio es una “obra de amor”, entonces es imposible amar a Dios sino sólo a través del servir a “sus hermanos”. ¿Cómo, pues, ofrecer a Dios una “obra de amor”? Dios, en Su Señorío, no tiene necesidad de nada. Amar a Dios significa, pues, ofrecerle “obras de amor”, y esto no es posible sino sólo sirviendo a aquellos que Él ama, por quienes ha muerto y muere por ellos, es decir a “Sus hermanos”. Así es que el apóstol señala: “Si alguien dice: ´ Yo amo a Dios´, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso” (I Jn 4:20).

Pero ¿qué es lo que no nos permite hacer las “obras de amor”? ¿Por qué no damos de comer a los hambrientos? ¿Acaso no es porque nos encanta saciarnos y porque consideramos que el excedente de alimentos es nuestro, y sólo nuestro? ¿Por qué no damos de beber al sediento? ¿Acaso no es porque preferimos gastar el agua en nuestro hogar en lugar de darlo? ¿Por qué no hospedamos a los que no tienen hogar, o no vestimos a los desnudos? ¿Acaso no es porque nos preocupamos exageradamente nada más que por nosotros mismos y por nuestra vestimenta, y que somos esclavos del mundo de la “moda”, que el amor por las apariencias nos posee, y que no tenemos ni la menor disposición para estar atento al otro?

¿Por qué no visitamos a los prisioneros? ¿Acaso no es porque nosotros, mientras pretendemos que amamos, consideramos que el tema no nos concierne? ¿No es porque nos bastan nuestras inquietudes y preocupaciones, y corremos tras nuestro propio interés, y todo esto no nos deja ni tiempo ni disposición para agregar una preocupación más a nuestras preocupaciones? ¿Por qué es así? Muchas son las preguntas que plantea el Evangelio, y que se reflejan en nuestra realidad, en nuestra vida. Y siempre la respuesta es una: ¿Somos para nosotros mismos o para los demás? ¿Existimos para hacer una “obra de amor” o para replegarnos sobre nosotros mismos y satisfacer nuestro egoísmo?

Si hacemos una lectura de la “Centuria sobre el amor” de San Máximo el Confesor (Cien reflexiones sobre el amor), nos sorprendemos que él nos habla de la “apacibilidad” (o sea la condición del ser humano libre de las pasiones). Sí, el amor perfecto es la condición de la “apacibilidad”. En otras palabras, las pasiones son la causa de la disminución del amor. Las pasiones, es decir amarnos a nosotros mismos en los placeres, la gloria, el interés… todas esas cosas nos detienen en hacer una “obra de amor”, y por lo tanto, nos separan entre “cabritos” u “ovejas”.

Por estas razones, la llegada de la Gran Cuaresma parece ser como un movimiento de purificación y abstención, o sea dejar de ser egoístas. La Cuaresma se presenta como un movimiento de purificación adoptando la perspectiva del “hombre nuevo”, liberándonos del “hombre viejo”, como movimiento cuya orientación es nueva, y esto es el arrepentimiento.

Así, nos damos cuenta de qué manera la Gran Cuaresma está asociada con “actos de misericordia”, que se expresan de distintas formas. El ayuno ha sido instituido para que aprendamos a amar. El ayuno es una herramienta que hace crecer en nosotros el tomar conciencia de los demás, compadecernos con ellos, reconocer sus derechos y su existencia. La meta del ayuno es que el prójimo “exista” a nuestros ojos, que no sea ignorado, sino un ser grato. El ayuno es el retorno al verdadero paraíso. El ser humano egoísta ve su paraíso en el interés propio, mientras que el ayuno hace que el servir al prójimo sea, para el que ama, vida y paraíso.

En el ayuno abandonamos los placeres, pues son engañosos; nos distanciamos del interés propio, pues dañan; aprendemos a hacer una “obra de amor” y nos liberamos del dominio de las pasiones. Así el ayuno nos conduce a hacer los actos de compasión y nos enseña la “obra de amor”.

Y como dice el oficio de este domingo: “Oh Juez compasivo y justo, cuando Te sientes a juzgar a la gente, hazme digno de escuchar la voz que clama: Vengan benditos de mi Padre”. Amén.