Domingo del Juicio Final

 El día de publicar los resultados

“Venid, benditos de mi Padre,… Apartaos de mí, malditos,…”

Homilía de Monseñor Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

En el tercer domingo de la Preparación del Gran Ayuno ‘La Santa Cuaresma’, leemos el Evangelio del Domingo del Juicio y en él, Cristo da una imagen del día del Juicio Final, cuando Él venga en Su Gloria acompañado de los ángeles, para juzgar a toda persona y a toda la humanidad, desde el inicio de la creación y hasta el día de hoy.

La escena que el evangelio describe, con relación a este acontecimiento, es la congregación de toda la creación ante el Trono del Juicio, en donde será revelada la obra de cada persona en su vida sobre la tierra. Es un día decisivo con relación a la vida eterna del hombre y no la terrenal, pues ésta ya habría puesto, en aquel día, sus cargas definitivas. En este temible acontecimiento se llevará a cabo la publicación del resultado de las obras del hombre, las que establecerán el lugar en donde se radicaría, ¿Será, pues, de los benditos del Padre o estará lejos de Él?

Algunos piensan que Dios es un Juez duro, pues no tiene que apartar de Su Gracia a ninguno de los hombres, si realmente los ama. Y según esta creencia, todo hombre debe ser aceptado, ante Él, en el cielo. Pero el texto evangélico revela claramente que el hombre es quien aparta a si mismo de la vida eterna. El juicio es un especie de espejo, que revela la obra del hombre mismo en su vida, y estas obras determinarán la posición del hombre con relación a la vida eterna. El hombre en efecto es el dueño de la decisión, y el desempeño del Juez, no es sino el anuncio del resultado que obtuvo el hombre, y por consiguiente exhibir lo que él procuró lograr en su vida. Esto es exactamente lo que ocurre con nosotros en cuando obtendremos las notas después de rendir un examen escolar o universitario.

El criterio que el evangelio manifiesta, para que el hombre obtenga “buenos”resultados, es el amor, o mejor dicho la práctica del amor. El texto evangélico había hablado de diferentes maneras en la práctica del amor para que estas, inspiraran al hombre con relación a ellas. Mas el propósito de estos ejemplos, no abarca solamente la dádiva material, sea esta comida, bebida y ropaje, sino también el apoyo moral y la asistencia espiritual, así como lo indica la visita a los enfermos y presos.

La práctica del amor refleja exactamente cuanto procura cada uno de nosotros en hacerse uno con todos, no se retraerá, pues, para con si mismo, y tampoco para con sus dones y capacidades… mas bien se abrirá a los demás y compartirá con ellos lo que él posee de bien material y espiritual y compartirá con ellos lo que tienen de preocupaciones y necesidades. Así, el hombre se hace uno con la gran familia humana. La práctica del amor, en fin, significa una de dos cosas: la acción de “sembrar” o la acción de “arrancar” al hombre mismo de su participación en este cuerpo uno.

El criterio de practicar el amor y lo que lo sigue de “estado de afinidad” del hombre para con sus hermanos, es exactamente lo que Cristo indica en Su relato acerca del día del juicio. Pues Él Mismo, es uno para con “Sus hermanos pequeños”, y nos pide a nosotros de serlo también. Por lo tanto, nuestro afán de unirnos con los hermanos, por medio de la práctica del amor, conduce a que logremos la unión con Jesús Mismo.

Jesús utilizó esta imagen para llamar nuestra atención hacia aquel día en lo que serán anunciados los resultados de nuestras obras, de modo que quiera que seamos ahora despiertos y atentos a seguir el sendero que nos garantice el buen resultado. Mas la Iglesia había elegido leer este texto en este domingo, preparándose, en sí, para el Gran Ayuno. Pues si la Iglesia en este día, levanta la carne de sus mesas, el tema está ligado a la práctica del amor para con los demás, y ¡No para el ahorro en nuestras casas o una dieta para con nosotros mismos! La Iglesia nos convoca, en este modo a salir, de nuestro egoísmo e individualismo, hacia la inmensidad del encuentro con nuestro hermano y de cuidarlo de todo corazón. Compartir con nuestro prójimo nos traslada a compartir con Cristo en su Resurrección. ¡No hay otro camino! Aquel que lo sigue, escuchará la voz que dice: “Venid, benditos de mi Padre”, Amén.

+ Metropolita Siluan

Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina