Los incontables leprosos

“¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?”

Homilía de Monseñor Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

La conducta de los nueve leprosos con el Señor después de su curación es parecida a la de numerosos cristianos quienes se olvidan de la manifestación de la misericordia del Señor en su vida, y por lo tanto, se quejan o muestran indiferencia o ingratitud hacia Él.

Rendir gloria a Dios, "Gloria a Ti, Señor" como cantamos en la divina liturgia, es una fórmula genérica y muy substancial para todo cristiano. Pero aquí, la pregunta del Señor - “¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?” - quiere decir más: el pronunciarlo está calificado por una referencia especial a Dios y entra, así, en una relación viva con Él.

El Señor, en aquel momento, mostró a los diez leprosos su complacencia. Es una complacencia presente ya desde ahora, brindada para ser cumplida, sin duda o posibilidad de volver atrás: “Id y mostraos a los sacerdotes”. El evangelio afirma que los diez quedaron limpios en el camino. Sin embargo, la conciencia de esta complacencia se reflejó solamente en el regreso del décimo leproso, su postración ante el Señor y la manifestación de su agradecimiento. Era el único testigo, y por lo tanto conciente, de la complacencia divina, mientras que los nueve lo podrían haber sido también. Su glorificación a Dios se hizo en el marco de una celebración simple que describe el evangelio: “Volvió glorificando a Dios a grandes voces; y cayendo a sus pies, rostro a tierra, le daba las gracias”.

Glorificar a Dios es la doxología (δοξολογία) en griego. Varios Padres de la Iglesia atribuyeron, de manera natural, este conocimiento doxológico a los ángeles. El ángel es un “animal doxológico o himnológico”. Es la única forma de conocimiento que conviene en cuanto es próxima a la divinidad, porque está contemplada y conocida como gloria y como gracia. Se trata de un conocimiento que tiene la forma de una celebración. Doxología significa celebración. En griego, “doxa” (δόξα) significa al mismo tiempo gloria y gracia. La “Ortodoxia” designa el reconocimiento de la verdadera gloria y de la verdadera gracia. Rendir gloria y gracia a Dios señala, pues, el estado del conocimiento doxológico: quien agradece tiene el conocimiento seguro y verdadero de la presencia de Dios.

Tener el conocimiento de la Verdad es degustar desde ahora a la vida eterna; y tomar conciencia de la presencia vivificadora de la Gracia en nuestra vida se convierte en un agradecimiento: esto es el conocimiento doxológico. El agradecimiento se refleja en nuestra vida por la alegría que se dibuja sobre nuestro rostro, un reflejo de la celebración que vivimos en nuestro corazón. Por ello, reconocemos al Señor toda su gracia y le rendimos gloria en lo que la Iglesia llama la “eucaristía”, la divina liturgia. Es el espacio por excelencia donde vivimos esta celebración de agradecimiento, y además, compartimos la gracia de Dios y vemos su gloria, como lo expresamos al final de la misma: “Hemos visto la verdadera luz, hemos recibido al Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe, adoremos a la Trinidad indivisible, pues Ella nos ha salvado”.

Quizás una mayoría pida agradecimiento por méritos, servicios, trabajos que hicieron a los demás. Pero Dios no nos lo pide. Dios es amor, y el amor no pide recompensa. Lamentablemente, nosotros no cultivamos una atención y una disposición propicia a lo que ocurre en nuestra vida. La falta de atención espiritual, la imperceptibilidad o la mala interpretación de lo sucedido, la atribución del bien ocurrido a ciertas personas pero no a Dios, la actitud de consumo con respecto a Dios y la subyacente inmadurez de nuestra relación con Él, todos estos factores concurren a que no nos demos cuenta de todo el bien que acontece cada día en nuestra vida, no bendecimos como corresponde a Dios por su benevolencia, tampoco sabemos vivir la divina liturgia como la celebración y la expresión, por excelencia, de nuestro agradecimiento.

Sí, el Señor quiere que prestemos mucha atención a la actitud del décimo leproso, no en el sentido de lograr Su propia satisfacción, sino para que crezca en nuestra vida la felicidad, y que reflejemos ante la humanidad lo que la fe, la gloria y la gracia desempeña en nuestra vida: la alegría en todo lugar y todo tiempo.

Ojala seamos testigos verdaderos de Dios ante los hombres de Su presencia entre nosotros. Amén.

 

+ Metropolita Siluan

Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

 

 

Sermon del
Domingo de los 10 Leprosos

Metropolita Pablo de Alepo

 

"La oración verdadera es aquella que comienza con peticiones y concluye dando gloria a Dios", dice el Metropolita Pablo de Alepo, al explicar el Evangelio de San Lucas (17:12-19)

Se cuenta que, en las catacumbas en Roma, se encontró un escrito muy antiguo de cristianos de la Iglesia primitiva en la que se lee: “¡Te agradezco Señor por no haber satisfecho mi petición”.
Nos preguntamos: ¿Cuál es el motivo para que este cristiano elevara una oración tan extraña? Probablemente es por una de estas dos razones: la primera es que se dio cuenta más tarde que si se cumplía su petición no iba a serle favorable, porque no sabía en su momento si era para su bien. Después de haber transcurrido un tiempo, pareciera que el silencio divino a su petición tomó mejor en cuenta lo que le convenía sin que esto fuera descuidarlo o abandonarlo. La segunda es que un cristiano que tiene un grado de fe en Dios, en su bondad y su amor, sabe que tanto el silencio de Dios como el cumplimiento de su petición son la respuesta divina, buena y propicia, para su bien, y que su petición ha de completarse con una acción de gracias antes de recibir la respuesta, independientemente de la naturaleza de la misma. La respuesta divina es nuestro bien, sin importar cómo y cuánto la percibimos. Esta situación acontece con el décimo leproso de nuestro Evangelio. Ahí aparecen dos escenas. Por un lado, escuchamos el grito del corazón, de dolor y de súplica, grito que ha sido asimilado por nuestra tradición cristiana como una fórmula de oración permanente: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros”. Por otro lado, escuchamos al samaritano que regresó y dio las gracias, actitud ante la cual Jesús se detuvo y elogió.
De acuerdo con San Máximo el Confesor, el grito de dolor se vuelve oración del corazón por dos razones:
La primera razón es el sentido de la degradación de la condición humana, o el aburrimiento de esa situación, que presiona al ser humano. En el contexto del Evangelio, los leprosos vivían una situación muy dolorosa. Pues el leproso era para los judíos maldito, aislado, expulsado de la sociedad, no había trato con él y era privado del amor. La lepra era la prueba del pecado del leproso. Así que, además de vivir una degradación a nivel de su cuerpo, vivía un deterioro a nivel de su condición humana y social.
Sí, la lepra es una muestra de la degradación de la condición humana, pues cualquier otra circunstancia no menos dolorosa y delicada que la lepra, hace salir de nuestro fuero interno un grito fuerte como: “Jesús, ten piedad de mí”. La lepra espiritual, los pecados personales, los dolores internos, etc., son las obras de las tinieblas, la lepra real, que siempre asfixia a la gente. El hecho de contemplar en nosotros esta lepra oculta, es suficiente para conducirnos a elevar una súplica de nuestro corazón y una oración ferviente. El hecho de contemplarnos así promueve en nosotros el anhelo para renovarnos y nos conduce a orar fervientemente.
Pero, ¿cómo podemos conocernos sin calma, y sin examinarnos a nosotros mismos y a nuestro comportamiento? Todo ello debe ser expuesto a la luz de los mandamientos evangélicos y del ejemplo de la vida de los santos, además de las lecturas espirituales permanentes y la confesión frecuente. Todo ello ha de tener lugar antes de la oración, para que esta sea honesta y ferviente.
Otra motivación para la oración ferviente es tomar conciencia de la magnitud de la dádiva y amor divinos, tal como la encontramos en el segundo panel del relato, cuando el samaritano vuelve para dar gracias. Esta actitud llama nuestra atención y merece que nos detengamos para meditar en ella.
A menudo nos dirigimos a Dios con suplicas y peticiones, y cuando se realizan nuestras oraciones, no volvemos a Dios para agradecerle, tal como ocurrió con los nueve leprosos anteriormente mencionados. La “necesidad” no puede ser la meta y el objetivo de nuestra relación con Dios. Cuando el hijo necesita, pide; pero el satisfacer esta demanda no es sino sólo una señal de la providencia del padre para con su hijo. Dios es un padre que atiende y responde no sólo para satisfacer nuestras necesidades, sino también para llamar la atención de su hijo a Su amor y providencia. Cada circunstancia de la vida, sea de dolor, angustia, necesidad, pobreza o carencia, es una oportunidad que nos orienta hacia Dios con el grito del corazón y la oración de petición.
Además, dicha circunstancia ha de ser luego una razón para “encontrarse” con la providencia de Dios y dar las gracias al Señor. La oración de petición o el grito de corazón han de conducirnos a la exclamación de alabanza y de agradecimiento. No podemos considerar a Dios como un siervo para que atienda nuestras peticiones, sino como un padre que cuida de nosotros. Cada vez que Dios satisface nuestra solicitud, es una muestra de Su intervención en nuestra vida y una razón para convertir nuestra oración en agradecimiento. Las circunstancias de la vida no son independientes de por sí, como fines, sino que son situaciones a través de las cuales nos relacionamos con Dios y descubrimos Su amor y cuidado.
El grito de dolor ha de transformarse en alabanza, cuando, al haber rezado por el tema en cuestión, nuestra oración se ve contestada con el consuelo solicitado o con el silencio. El asunto no está en encontrar una solución a los problemas o necesidades, sino en que caminemos con Dios y que Él camine con nosotros, pues Él es el Emmanuel quien lleva, con nosotros y en nuestro lugar, todas nuestras cargas.
La oración verdadera es aquella que comienza con peticiones y concluye dando gloria a Dios. En cambio, una oración es falsa si no concluye con agradecimiento y alabanza. Nuestra oración comienza con peticiones a Dios en quien confiamos, y ha de concluir con el agradecimiento a Dios a quien descubrimos por Su providencia de padre y pastor.
Así que empezamos a pedir cosas para nuestra vida, y de ahí encontramos nuestra vida, que es “Él”. Empezamos como los nueve leprosos y terminamos como el décimo. Nuestras oraciones y peticiones son el camino para conocer a Dios, encontrarlo y vivir en Él. Amén.