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El ser humano y la visitación de Dios
“Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7:16)
Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo
Durante tres años, el Señor obraba y enseñaba, predicaba y sanaba, confirmando la Palabra con señales. Tal vez una de sus obras más influyentes fueron sus milagros, en particular el de resucitar a muertos. De hecho, resucitó a la hija de Jairo (Lc 8:55), al hijo de la viuda de Naím, como lo relata la lectura del Evangelio de hoy, y a Lázaro habiendo transcurrido cuatro días de su muerte (Jn 11:44). En el milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naím nos encontramos frente a la realidad humana en su relación con el universo y con Dios. El primer dato en lo acontecido es la presencia del mal que tortura al ser humano. Aquí aparece en su forma última y final, el de la muerte. El ser humano existe en un mundo que lo rodea, en el que lucha por su existencia, y más, por la “mejor” existencia. Pues las enfermedades, las catástrofes naturales, los peligros… todo ello amenaza la vida humana a diario. El segundo dato es el amor divino.
Dios interviene para resolver estos desafíos y dificultades que cargan la mochila del ser humano. Dios interviene en las leyes de la naturaleza para eliminar de ellas una enfermedad aquí, para salvar a un hundido allí, para disipar una miseria y alimentar con cinco panes a cinco mil hombres, y así sucesivamente… Aquí se encuentra el hijo de la viuda de Naím quien ha sido condenado por la ley natural a la muerte. Pero Dios es el autor de las reglas y las leyes naturales, y sólo Él es capaz de cambiarlas, cuando quiere, por amor al ser humano. La intervención milagrosa de Dios en la historia humana es una prueba decisiva de su providencia hacia el género humano y su amor por nosotros. A través de sus enviados, Dios trata de llevar junto a los hombres sus dificultades, remediar los errores que el pecado de la humanidad introdujo en la vida de los hombres. Y todo milagro es un recordatorio del acompañamiento de Dios al hombre en su camino. El milagro es un cartel en el que está inscripto con mayúscula una única expresión: “Dios está aquí”, “Dios está con nosotros”, “Dios está en medio de nosotros”.
El milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naím se enmarca en la perspectiva de un recordatorio de la presencia de Dios entre nosotros, no por medio de enviados, sino se refiere a Su llegada entre nosotros mismos, al “Mesías”. Es el “Señor”, como lo nombra Lucas en este relato, nombre que Lucas menciona por primera vez en su evangelio. La resurrección de este joven precede la respuesta de Jesús a la pregunta que le hicieron los discípulos de Juan el Bautista: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (Lc 7:19). El milagro demuestra que Él es “el que había de venir”, porque los enfermos se curan y “los muertos resucitan” (Lc 7:22). El milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naím significó para la gente de aquel entonces que “Cristo el Señor está en medio de nosotros”, que el Emmanuel, “Dios con nosotros” vino y ahora está aquí y obra. Es una señal de la llegada del final de los tiempos en el que Dios mismo estará en medio de Su pueblo. En realidad, la resurrección de este joven es una señal no de la providencia de Dios, sino de su presencia directa. Dicha presencia explora las reacciones de sus interlocutores. La respuesta humana a la presencia divina no puede ser neutral. En lo acontecido en el milagro, la reacción fue buena, pues el hecho que el Señor enfrentó la muerte y la derrotó dejó a los presentes sentir la “visitación” divina y Su presencia entre ellos. El Señor rechazó varias veces solicitudes de hacer milagros, porque preveía las reacciones inoportunas, y que el milagro no servía para levantar la barrera levantada entre Dios y el ser humano, que no iba a contribuir a la reconciliación, ni iba a conducir al ser humano a arrepentirse y volver a Dios, tampoco lo haría responder con un “Sí” a la visitación de Dios. Por ello, Él se negó a realizar la solicitud del diablo de arrojarse desde el pináculo del templo o de convertir la piedra en pan (Cf. Mt 4:5; 3).
Tampoco aceptó las solicitudes de hacer señales a pedido de aquella generación, la que Él llamó generación perversa e incrédula, porque había una mala intención, sino que prometió que se le iba a dar la señal del profeta Jonás, es decir la señal de Su resurrección (Cf. Lc 11:29). Asimismo, no hizo milagros en su tierra natal, en Capernaum, porque no le recibieron allí como profeta. Tampoco respondió a la curiosidad de Herodes de ver milagros realizados por él (Cf. Lc 23:8). La actitud del ser humano es la que permite o impide a Dios que intervenga. Dios interviene a veces con milagros, pero siempre interviene de otras maneras. La actitud humana es la que hace que la presencia divina entre nosotros sea eficaz o no. La presencia divina no vale por sí sola, pues negarla es sacarlo a Dios de entre nosotros. Los milagros de Dios son visibles e invisibles. Los milagrosos son una de las facetas de la providencia divina para con nosotros, y son una clara expresión del deseo de Dios de acompañarnos en nuestro camino. Sin embargo, los milagros no son más que una vidriera que revela la profundidad del amor y de la providencia divina a nuestro favor.
La resurrección del hijo de la viuda de Naím nos cuestiona: ¿Acaso sentimos la visitación de Dios? ¿Acaso esto significa para nosotros que Dios está con nosotros?
Tenemos siempre, y ahora también al leer el Evangelio, que saber que Dios está presente en medio de nosotros y actúa entre nosotros. Hemos de responder a Su presencia con la exclamación: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo”. “He aquí ahora el tiempo propicio, he aquí ahora el día de salvación” (II Co 6:2). Amén.