La regla de oro
“Así como quieran que los hombres les hagan a ustedes, hagan con ellos de la misma manera” (Lc 6:31)
Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo


La lectura del Evangelio nos introduce a la regla de oro de la vida, en su aspecto positivo: “Así como quieran que los hombres les hagan a ustedes, hagan con ellos de la misma manera”. El aspecto negativo de la misma es: “Lo que no quieran que la gente les haga a ustedes, no se lo hagan a ellos”. Este aspecto de la regla marca los límites que deben regir las relaciones entre el ser humano y su prójimo. Lo malo que uno no quiere recibir de los demás, no se los debe hacer. Este principio delimita nuestra libertad hasta donde empieza la libertad de los demás. Sobre esta base se organizan todas las ciencias sociales contemporáneas, marcando los límites para que la convivencia no tenga problemas ni abusos. El Evangelio de hoy presenta las relaciones entre los seres humanos bajo la mejor luz posible: “Así como quieran que los hombres les hagan a ustedes, hagan con ellos de la misma manera”. De hecho, esta regla no separa a un individuo de otro en la sociedad, sino que abre las puertas para relacionarse entre ellos. La perspectiva cristiana con respecto a la vida social se presente así: la vida individual no está basada solamente en el respeto a los demás, sino que es una vida que está por encima del amor a sí mismo y de la mera convivencia. Es una vida donde prevalece el amor que une y la responsabilidad que es solidaria entre todos. Pues mi libertad no sólo termina dónde comienza la libertad de los demás, sino que mi libertad comienza, por mi propia elección, dónde empieza el descanso y el reposo de los demás. No se trata de convivir, sino de tener una relación viva de amor. El amor no necesita de límites para que las personas convivan, sino que aprovecha las oportunidades, debido a la responsabilidad que proviene del amor, para tomar iniciativas sin esperar, para dar sin cuentas y para brindarse sin esperar recompensas. Jesús no se quedó en el aspecto negativo de la regla de oro, pues considera que “los pecadores” lo hacen, ya que no hay recompensa para aquel que da y aguarda la devolución, ni para aquel que presta y espera recibir otro tanto, tampoco para aquel que ama para que lo amen. Por ello, Jesús comienza su mandamiento con el aspecto positivo de la regla, es decir hacer a los demás lo que deseamos que nos hagan a nosotros. De acuerdo a este principio, nuestra personalidad se realiza no a través de su separación y preservación de los demás, sino a través de nuestra propia entrega y servicio a los demás. Pues, nos realizamos no en la medida que me encuentro feliz, sino en la medida que el otro se encuentra feliz. Por ello, dar es mejor que recibir, como dice el Apóstol Pablo, refiriéndose a las palabras del Señor (Cf. Hec 20:35). Y Jesús termina generalizando un nuevo principio que supera a todos los demás. Pues el ser humano puede desear muchas cosas que la gente le haga, ¡pero jamás imaginaría desear que su enemigo lo ame!
“Amen a sus enemigos”, y serán “hijos de su Padre que está en los cielos” (Mt 5: 44; 45).Vivir este mandamiento es puro amor; es el amor perfecto que conduce al amante a no considerar a nadie como enemigo, cualquiera fuera su hostilidad. A cambio, ve en él un hijo del Altísimo. El cristiano no odia a nadie, aún si peca contra él, pero sí, odia el pecado. Aquel que se llama “mi enemigo” es, en realidad, hijo del Altísimo y mi hermano. Puede ser que tenga una actitud hostil hacia mí, pero nosotros distinguimos entre él y su actitud. El amor se relaciona con la persona y no con la actitud. Es parecido al amor del Señor que “hace que el sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos” (Mt 5:45), porque Él es misericordioso. Este amor, que convierte al ser humano en “misericordioso” como su Señor, no puede considerar a nadie como enemigo, cualquiera sean sus actitudes. “Sean ustedes misericordiosos, así como su Padre es misericordioso” (Lc 6:36). La vida del cristiano no se realiza tan sólo con la “justicia”, el “respeto” o “el consenso”, entre él y los demás, sino con “misericordia”. Este amor es voluntariamente responsable para con los demás. El otro es querido y prójimo, hijo del Altísimo, llamado a la salvación tal como lo soy. Por lo tanto, “él” es una misión y una responsabilidad; no importa cuánto cambian sus actitudes hacia mí, pero mi responsabilidad hacia él no debe sufrir ninguna alteración. Este principio nos hace misericordiosos como es nuestro Padre celestial. Este es el “derecho” en el cristianismo: ¡el amor! Por ello, el Salmo dice: “Escucha mis ruegos por tu verdad; respóndeme por tu justicia. Y no entres en juicio con tu siervo” (Sal 143:1-2). Porque la justicia de Dios es Su misericordia, como dice San Nicolás Cabasilas. La justicia social está basada en los principios minimalistas y arriba mencionados, mientras que la justicia cristiana está basada en el “amor” y la “misericordia”.
El cristiano sabe el significado del grano de trigo sembrado para dar más; él es un pequeño grano de amor, que se entrega para ser una viña de amor grande en el mundo. Por ello, el Apóstol Pablo dice: “Queridos hermanos, nosotros los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles” (Rom 15:1). Pues aquel que peca contra mí es quien necesita que lo apoye con mayor amor, y aquel que me considera su enemigo, necesita también de mayor amor. Amén.