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La fe del pescador fe y la fe del apóstol
“No temas; desde ahora serás pescador de hombres” Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo
Jesús usó varias veces ciertos símbolos con Pedro para acercarle a una realidad más profunda. Así, cuando lo llamó por primera vez, Jesús le dijo: “Yo te haré pescador de los hombres”, en base a su profesión de ser pescador. Otra vez, le dijo a Pedro (cuyo nombre significa piedra): “Sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mt 16:8). Por supuesto, Jesús no estaba limitado por estas imágenes o metáforas. Él llama a todos mientras realizan sus tareas, cualquiera fuera su profesión, para que se vuelvan apóstoles dondequiera que estén. De todos modos, una fe como la de Pedro construirá Su iglesia, sin importar que, en este caso, la imagen correspondiente a la fe de Pedro haya coincidido con su nombre.
Hay dos etapas en la fe de Pedro de acuerdo a este texto bíblico. La primera es la etapa de la fe del pescador judío piadoso, quien analiza las cosas, las acepta o las rechaza, y en última instancia, se arriesga un poco en la fe, cuando esta supera la lógica. De hecho, al inicio, Pedro acepta las palabras de Jesús como procedentes de un maestro judío, y pone a disposición su barca como una plataforma para que pueda predicar, y lo escucha. Luego, obedece a Jesús cuando le pide pescar mar adentro en el día y no en horas de la noche. ¿Cómo pues va a poder pescar ahora en condiciones adversas, si ya no había pescado nada ni en el momento ni en el lugar apropiado? Jesús le pidió que echara las redes en condiciones contrarias a la lógica. Pero la fe de Pedro, después de haber escuchado las palabras de Jesús, lo llevó a la convicción de que Jesús es un buen maestro. Basándose en Su palabra, él puede construir una esperanza y echar las redes. Así aconteció la primera pesca milagrosa: “Atraparon tan gran multitud de peces, que la red se rompía”.
En la segunda etapa, después de esta pesca milagrosa, la fe de Pedro se volvió más fuerte todavía. No sólo lo escucha a Jesús y lo considera como un maestro, sino que lo adora y lo llama “Señor”. Antes, Jesús era para él un maestro, pero ahora es Señor. Antes argumentaba con Él con la lógica y se arriesgaba en la fe, pero ahora se maravilla ante Él en agradecimiento y se siente indigno exclamando: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”.
La primera fe clasifica la religión bajo los argumentos racionales y al Señor como un educador. En cambio, la segunda fe supera la mente hacia la existencia y el ser. La segunda fe no conoce ni religión ni profesión, no conoce un día para nosotros y otro para Dios, ni mira a la religión como una ciencia o información. La fe aquí no es un simple riesgo para una esperanza que se realiza o no. Es la fe del pescador de los hombres de un segundo grado, nueva, basada en el conocimiento de Jesús más allá del lenguaje de las religiones, si es posible hablar de esta manera con respecto a conocer a Jesús como Maestro y Señor de la vida. Así, la profesión del cristiano se vuelve única, como dice San Gregorio Nacianceno, es decir se vuelve cristiano-Cristo, o un apóstol y embajador de Cristo en el mundo, cualquiera sea su profesión.
La fe del pescador de hombres conduce al hombre a abandonarlo todo y seguir a Jesús, no porque la fe pide desprenderse de las profesiones, ¡no!, sino porque el hombre encuentra la moneda perdida (Cf. Lc 15:9) y el tesoro escondido por el cual vende todo para comprarlo (Cf. Mt 13:44). Pedro practicó la pesca, pero cuando Jesús lo invita a ser un pescador de hombres, es para ser un embajador, desde una nueva perspectiva, en su trabajo, dirigiéndose hacia su verdadero trabajo; pues Jesús es para él el Señor de su vida, y no un simple guía o maestro. Porque “en Él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hec 17:28).
¿Cuál es nuestra fe, le fe racional de las religiones, o la fe existencial en Jesús como Señor, como finalidad, camino y vida?
La primera fe es buena cuando es el umbral para la segunda. No miremos al cristianismo como una enseñanza nueva o antigua; más bien, bebamos del jugo de la nueva vid, donde Jesús es el pan de vida y nosotros somos Sus embajadores, quienes lo llevamos a todo el mundo, dejando todo en medio de todo, siguiéndolo a Él. Amén.