Mi vínculo con el prójimo

“¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?”

Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

Esta parábola que relata el Señor Jesús toca una de las cosas más sencillas en nuestra vida cotidiana: nuestra relación con el prójimo, con el otro y con nuestro entorno.

El rey, en la parábola, es el Señor, quien “solo tiene autoridad para perdonar los pecados”, de acuerdo a lo acontecido en la curación del paralítico (Mt 9:1-8). Parece ser que en el reino de Dios hay justicia, y el entrar en él uno está sujeto a criterios y normas, y en donde el soberano ajusta cuentas con sus siervos. Sin embargo, la justicia de Dios, sus criterios y normas son diferentes a los nuestros. La justicia de Dios es Su amor; por ello, David dice en los Salmos: “Respóndeme por Tu fidelidad y Tu justicia” (143:1), es decir, respóndeme por Tu misericordia y amor. Esto es lo que se deja ver en la rendición de cuentas con este siervo, a quien el rey tendría que, según la justicia humana, haberlo vendido a él, a su mujer, a sus hijos y todo cuanto hubiera tenido… Los juicios del Señor se alejan de los nuestros tal como el cielo de la tierra. Y Su justicia se diferencia de la nuestra tal como la “compasión” de los “derechos”, el “amor” del “interés”, y el “perdón” de la “venganza”.

El mismo escenario que se da entre el siervo y el amo se repite después entre el siervo y su consiervo, estando ambos al servicio del mismo amo. En la parábola, Cristo pone las mismas palabras en la boca del consiervo que el siervo había dicho al amo: “Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba: 'Ten paciencia conmigo y te pagaré.' ” ¡Pero se negó a aceptar esto y lo metió en la cárcel! Si esto lo hubiera hecho una persona necesitada y bajo persecución, dicha situación podría explicar tal crueldad. Pero el siervo trató a su consiervo con tanta codicia y crueldad, justo después de habérsele perdonado tanto, cuando era natural que la alegría de haber recibido la misericordia de Dios le diera la valentía, aún en una mínima medida, para perdonar y amar. Pero, como lo describe la parábola, era un siervo malvado. ¡Las mismas palabras, ante el Dios misericordioso, lo liberaron de la deuda de los diez mil talentos, mientras que, ante el siervo malvado, lo condujeron a la cárcel!

El primer siervo no sólo debía a Dios, sino que mantenía con su consiervo una relación de la misma naturaleza. En la parábola, el Señor afirma que el siervo mantenía dos relaciones, la primera con Dios y la segunda con el prójimo, y que ambos vínculos se relacionaban directamente. Pues, el hombre no sólo es siervo de Dios, sino que es prójimo de su consiervo también; es siervo y compañero. Y esta parábola habla del vínculo tan estrecho entre ambas relaciones. Pues Dios mira al siervo con el ojo con el que este mira a su consiervo. Y “con la medida con que midan, se les medirá” (Mt 7:2).

Llaman la atención los números citados en el Evangelio. El siervo debía a Dios diez mil talentos, mientras que su consiervo le debía cien dinares. “Diez mil”era el número más alto que se conocía entonces, lo que equivale hoy al“infinito”. Además, un talento igualaba a diez mil dinares. ¿Qué puede un siervo deber a otro? Algún maltrato o un favor. Pero ¿qué puede este deber a Dios? Todo. El Apóstol Pablo dice: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (I Co 4:7). Si queremos tomar conciencia de la magnitud de nuestras faltas, debilidades y pecados, reconoceremos que son innumerables. Y si meditamos en los dones divinos dados al ser humano, nos daremos cuenta de que Su amor es infinito, y de que no podemos cancelar nuestra deuda, aunque nos vendiéramos a nosotros mismos y nos matáramos a Su servicio, incluso si vendiéramos, tal como lo dice la parábola, todo lo que tenemos, además de nuestra mujer y nuestros niños…

Lo que la parábola pone en evidencia es que el Señor no condenó a aquel que está en deudas, pues así estamos todos, sino al “malvado”. El siervo no fue condenado por su enrome deuda a Dios, sino por no haber perdonado a su consiervo una pequeña deuda.

Pecado, en los ojos del Señor, es la “falta de amor” y la falta de perdón. Nuestro pecado al Señor no es nuestra deuda hacia Él, sino nuestros malos tratos hacia el prójimo. Pecado no son nuestras faltas hacia Dios, sino nuestra falta en tratar al prójimo de la misma manera con la que Dios nos trata. “Sean misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6:36), o también en la oración del Padrenuestro, el Señor nos enseñó: “Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Además, en la cruz, Jesús fue un ejemplo de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:43). La tradición cristiana imitó a su Maestro, pues, desde el inicio, el primer mártir Esteban reiteró la misma expresión a los que lo apedrearon. El perdón es la condición de la remisión de los pecados, y es la primera evidencia de nuestra imitación del Señor.

El cristiano odia el pecado pero ama al pecador, por ello lo perdona. Jesús establece el perdón, no en base a los derechos o del intercambio, sino sobre la base de la misericordia y de la edificación. El pecado es condenado, pero al pecador merece ser amado. San Pablo afirma que “si alguien es sorprendido en alguna falta, los que son espirituales han de restaurarlo en un espíritu de mansedumbre” (Gal 6:1) y amor. El objetivo es la edificación y no la venganza. Por ello, condenamos el pecado en los seres humanos, pero amamos a la persona aunque peque.

En esta parábola, Jesús afirma que el trato del siervo con su consiervo es lo que define su relación con su maestro. Por otro lado, el segundo siervo es un consiervo, y por lo tanto, un hermano. Por ello, recibirá el mismo amor. ¿Quiénes somos, nosotros los siervos, para juzgarlo?

Ningún siervo está eximido de las grandes deudas hacia el Señor y hacia sus consiervos, pues “no es justo delante de Ti ningún ser humano”, dicen los Salmos (143:2). Así, la rendición de cuentas y la relación entre un siervo y otro, como la Biblia lo recomienda, han de basarse en las normas establecidas por el amor divino y de acuerdo a las cuales hemos sido tratados: el “perdón”. El perdón es el vínculo del amor; es la luz que nos llega del sol divino para relacionarnos con nuestro entorno y vecindad. Sin el perdón, la gente no vive en comunión, sino en la dispersión. El perdón es mi vínculo con el prójimo. Amén.