Teólogos Ortodoxos Contemporáneos

Ignacio IV - Patriarca de Antioquía, (1921)

Ignacio Hazim nació en 1921 en una aldea cerca de Hama, en Siria. Estudia en Beyrouth y es ordenado presbítero. En 1942 funda con otros jóvenes el "Movimiento de la Juventud Ortodoxa" del Patriarcado de la antigua Iglesia apostólica de Antioquía, movimiento profético y carismático de renovación. En 1945 estudia en el Instituto San Sergio de Paris. En el Líbano es fundador y primer rector del Instituto de Teología de Balamand. Obispo (1961), metropolita de Lattaquié en Siria (1970), es elegido Patriarca de Antioquia y todo Oriente en 1979. Busca sin cesar la comunión entre las Iglesias a través del respeto a las Iglesias locales. Se han publicado dos de sus obras orales ecuménicas: "He aquí, Yo hago todo nuevo" (1968) y La Resurrección y su Significación para el Hombre de Hoy (1969).
 

La Resurrección para el hombre actual

ablando estrictamente, no hay doctrina social de la Iglesia. El Cristo no vino a dictarnos una planifiación de las estructuras financieras, económicas o políticas. El Reino de Dios inaugurado en la Resurrección del Cristo es el corazón de nuestro mundo. No es una nueva estructura caída del cielo y que compite con las estructuras elaboradas por nuestras culturas y sociedades.

En la Iglesia, sólo hay estructuras sacramentales, es decir, que ella es el signo, el sacramento a través del cual el Cristo vivifica este mundo. La humanidad del Cristo Resucitado no es una estructura de este mundo y no se puede deducir de ella ningún programa técnico. El Cristo viviente y la Iglesia, su sacramento, no son otra "masa" lanzada a este mundo, sino la "levadura" de la incorruptibilidad que debe transformar la masa de este mundo.

Esto no significa salir del combate social. Se trata de un combate, pero del combate para el hombre... prisionero y esclavo de la injusticia, mentira, opresión, dinero, desprecio de la persona. El Cristo resucitado, hombre verdaderamente liberado, deificado, será no sólo la luz de nuestro discernimiento y nuestros criterios sino también la fuerza de nuestro compromiso.

Este nivel, de visión propiamente cristiana nos lleva muy lejos. No basta con participar, con nuestros hermanos, cualquiera sea su religión, en un análisis crítico de las condiciones de trabajo y de intercambio comercial, por ejemplo; nuestra fe en Cristo no nos confiere ningún diploma de economista o sociólogo y no nos dispensa de ninguna capacitación en estas disciplinas. Pero nuestra visión cristiana de los hechos debe ir más lejos. Primero, en las causas de la situación; debemos ir sin piedad a las motivaciones reales y a menudo inconscientes de las corrupciones. Luego, en la búsqueda de soluciones. El Evangelio no da ninguna receta de economía política, pero nos impone una exigencia realmente revolucionaria frente a todos los egoísmos individuales y colectivos. Nunca podremos descansar en soluciones hechas y elaboradas antes de nosotros, sino que en el momento mismo el Espíritu de vuestro Padre os inspirará lo que tenéis que decir y hacer.

Ser los testigos de la Resurrección, con todo lo que eso comporta. "Testimonio", "martirio" de toda la vida, que, como lo muestra la historia reciente, puede llegar a la sangre. Eso exige que tengamos siempre los ojos vueltos hacia el Cristo, Señor de la historia, y que no apaguemos su Espíritu. La relación entre la Resurrección y nuestros problemas socio-políticos se hace bajo el s signo evangélico de la superación de la Ley por la gracia. Mientras busquemos en el Evangelio una ley adaptada a las situaciones de la historia, estaremos atrasados, y finalmente surge de eso un cierto complejo de inferioridad que nunca es buen consejero. Pero no estamos ya bajo la Ley, no debemos olvidarlo, y ésa es la libertad para la cual el Cristo nos liberó y resucitó! Es decir que aun en nuestros problemas más complejos debemos dar prueba de inventiva, de esa imaginación nueva que sólo el Espíritu de Dios puede suscitar en nosotros. Para el que vive del Espíritu, ninguna ley, ningún orden puede dar la vida.[...]

Puesto que la Resurrección del Señor es el acontecimiento siempre presente por el cual El entra en una comunión sin fronteras con todos los hombres, podemos concluir que el mismo misterio debe actualizarse en nuestra sociedad. La Iglesia, irradiación de la Gloria del Resucitado, no tiene más sentido en el mundo que ser signo viviente de Comunión. Se puede decir, en un plano más ético, que esto exige en el comportamiento socio-político del cristiano una superación continua de todas las susceptibilidades y una capacidad renovada de suscitar el diálogo. Los cristianos deberían ser, en este sentido, reservas inagotables de esperanza. (...) solo por esta esperanza se destruye la muerte.(...)

La novedad de la Resurrección introduce en nuestras estructuras sociales un nuevo principio de comunidad: la Comunión divina. Esta no és un programa que se difunde por adoctrinamiento: es una Vida, la Vida trinitária que se difunde por contagio del Espírito Santo. Nada espectacular hay en esto, como no lo hubo en el acontecimiento mismo de la Resurrección; pero la potencia de esta Comunión es invencible: La victoria que triunfó del mundo es nuestra fe (I Juan 5,4).

Parecería que debemos leer nuestro combate cristiano en este mundo como leemos el combate pascual del Cristo en el Evangelio de la Pasión y de la Resurrección. Notemos el contraste entre la descripción detallada de su pasión y la discreción misteriosa de los Evangelistas sobre su Resurrección. Para nosotros es lo mismo. El Espíritu Santo que escribe ahora el Evangelio en nuestra vida eclesial nos mantiene atentos a las circunstancias dramáticas de la Pasión del hombre, desfigurado y aplastado por la muerte y el Príncipe de este mundo; pero nuestra participación en este drama no puede ser la de los testigos pasivos del Calvario y no debe ser en ningún caso la de los autores del sufrimiento del hombre. Nuestra participación debe ser la de Juan, de la Virgen, de las mujeres que llevan los perfumes, la de la iglesia, que no solo comprende el sentido del don de su Señor que va libremente a la muerte para liberar a los hombres, sino sobre todo que vive ahora en su carne el mismo misterio pascual de solidaridad y de redención. La Resurrección ilumina desde adentro el drama de la Pasión, tanto en el Evangelio como en nuestro combate social actual. Allí se encuentra el verdadero compromiso "místico" de los cristianos.


Fonte:

En: La Ressuurrection et l'homme d'aujorurd'hui. Paris: Desclee de Brouwer, 1981.
Revista Fuentes – 1993 - Argentina - “Teólogos Ortodoxos Contemporâneos”

 

 

Google


WWW www.iglesiaortodoxa.cl

  web-team