Teólogos Ortodoxos Contemporáneos

Alexandre Schmemann,
(1921-1983)

Nació el 13 de septiembre de 1921 en Revel (Estonia). En 1929 llega a Paris con su familia. En 1940 sigue los cursos de Ia Sorbona y del Instituto San Sergio. Casado en 1943 y ordenado presbítero en 1946, se instala con su esposa y sus tres niños en Nueva York en 1951. AIlí es profesor de Liturgia en el Instituto San Vladimir, y en 1962 es el decano de dicho Instituto. Bajo su impulso, la iglesia rusa americana recibe del Patriarcado de Moscú el estatuto de la iglesia autocéfala (1971) y la canonización de San Germán de Alaska (+ 1837). Muere el 13 de diciembre de 1983. Gran liturgista, publicó, entre otras obras: Para la Vida deI Mundo (1963); La Gran Cuaresma (1969); DeI Agua y del Espíritu, estudio litúrgico deI bautismo (1974); La Eucaristía, Sacramento del Reino (1983).

El Espíritu Santo

a teología define el Espíritu Santo como la Tercera Persona de la Trinidad. En el Credo, lo afirmamos como El "que procede del Padre". El Evangelio nos enseña que el Cristo lo envía para "guiarnos hasta la verdad completa" (Jo 16, 13) y unirnos al Cristo y al Padre. En cada Liturgia, se Lo invoca. San Serafín de Sarov (monje ruso del siglo pasado) describe la vida cristiana como "la adquisición del Espíritu Santo (...)

En el sacramento de la Unción (crismación o confirmación), recibimos el Espíritu Santo mismo y no sólo la Gracia. El Espíritu Santo, y no sólo una energía divina, desciende sobre los discípulos el día de Pentecostés. Es EI y no la Gracia a quien invocamos en la oración. EI Espíritu Santo viene personalmente para revelarse al hombre y permanecer en él. (...)

Conocemos al Espíritu Santo por su presencia en nosotros, presencia que se manifiesta ante todo por un gozo, una paz y una plenitud inefables. Es el cumplimiento de la verdadera felicidad, no es el fruto de un acontecimiento exterior (que desaparece luego con este acontecimiento), sino el fruto de la venida y la presencia permanente de una Persona que es Vida, Gozo, Paz, Hermosura, Plenitud, Felicidad.

No hay icono del Espíritu Santo, porque no Se hizo hombre como el Hijo. Pero cuando viene y permanece en nosotros, todo se hace su icono y su revelación, comunión con El. El es la Vida de la vida, el Gozo del gozo, el Amor del amor y Ia Belleza de la belleza. (...)

En el sacramento de la Unción, "el sello del Don del Espíritu Santo", El nos da verdaderamente nuestra propia identidad, revelando nuestra verdadera Persona y nuestro único cumplimiento.

El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz; magnanimidad, serviabilidad, bondad; fidelidad, mansedumbre, dominio de si (Gal. 5,22). Son los elementos de la vida espiritual auténtica, la meta de todo verdadero esfuerzo espiritual, el camino de la santidad que es la meta última de la vida cristiana.


En: D'eau et d'esprlt, étude liturgique du baptene.
Paris, Desclée de Brouwer, 1987

El Sacramento de la Comunión

El misterio de tu economía, Cristo nuestro Dios,
está acabado y cumplido tanto como podemos.
Ya que hicimos memorial de tu muerte ,
vimos la figura de tu Resurrección,
fuimos colmados de tu vida infinita ,
gozamos del alimento inagotable ,
haznos dignos de todo esto en el mundo futuro,
por la gracia de tu Padre sin comienzo
y de tu Santo , bueno y vivificante Espíritu....

(Liturgia de San Basilio)

urante los siglos de su largo desarrollo, la Liturgia sufrió muchos cambios, pero ninguno fue tan profundo ni tuvos tantas consecuencias como el que interesa a la última parte: el rito de la comunión con los Santos Dones, el Cuerpo y la Sangre del Cristo. Esta parte es efectivamente la consumación del misterio santísimo de la Eucaristía, y, por lo tanto, de toda la Liturgia. (...)

Desde "los orígenes, la Iglesia consideró que la comunión de todos los fieles respondía a la finalidad evidente de la Eucaristía, en cumplimiento de las palabras del Salvador: Que comáis y bebáis a mi mesa, en el Reino (Lc 22,20). Así, la "forma" de la Eucaristía era la mesa, y su realización, la comunión de todos.

Lo que en cambio exige explicaciones es el hecho histórico de que un número más y más grande de miembros de la Iglesia se apartaron de esta concepción de la Eucaristía, y que ésta fue reducida a un acto individual.(...) No se trata simplemente de una evolución de la disciplina eucarística, de una decadencia de la piedad, de influencias occidentales. etc.; se trata de una encrucijada espiritual en la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma. En una palabra, hay allí una crisis de eclesiologia. (...)

Desde el comienzo de la ofrenda (anáfora) es decir, de la Liturgia de los fieles hasta el final, nada en absoluto indica que hay dos categorías de fieles: los que comulgan y los que no comulgan... De hecho, esta separación invalida eI sentido del sacramento eucarístico. Ya no se percibe en éste la realización de Ia Iglesia, la manifestación del Reino de Dios y de la vida nueva. Se lo concibe cada vez más como la consumición de una "sustancia sagrada"; el sacramento se convierte, según la expresión de Khomiakov, en una especie de "milagro anatómico". Y de alli llegamos a todos los callejones sin salida de Ias explicaciones de Ia Eucaristía. "Las dos partes" [es decir, Ia protestante y la católica], continúa Khomiakov, "o bien sólo niegan o bien sólo afirman la modificación milagrosa de elementos terrestres, sin comprender que el elemento esencial de cada sacramento es la Iglesia y que, en el fondo, es sólo para ella que operan los sacramentos, sin ninguna relación con las leyes de la materia terrestre. EI que descuidó ei deber deI amor perdió también Ia mamaria de su potencia y de lo que es Ia realidad en eI mundo de Ia fe".

EI acento de la plegaria se despiazó: de Ia preparación a la comunión de la Iglesia entera, y de Ia alegria, se pasó a Ia preparación personal de cada miembro. EI apóstol Pablo escribe a los Corintios: ... todas las veces que comiereis de este pan y que bebiereis a esta copa, anunciaréis la muerte del Señor, hasta que venga. Por eso, el que comiere de este pan o bebiere de esta copa del Señor indignamente, se hará culpable hacia el Cuerpo y la Sangre del Señor. Que cada uno se verifique pues a si mismo antes de comer este pan y beber de esta copa. Porque el que come y bebe sin reconocer el Cuerpo del Señor come y bebe su propia condena. Por eso hay entre vosotros tantos enfermos e inválidos, y muchos murieron. En efecto, si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seriamos juzgados. Pero al ser juzgados, somos castigados por el Señor para no ser condenados con el mundo... (1 Cor. 11,26-32).

San Pablo previene a los fieles que comulgarían indignamente, agita la amenaza de una condena. Los exhorta a examinarse. Sin embargo, en ningún momento les propone elegir: "Vosotros, los dignos, comulgad, vosotros, los indignos, absteneos". No les propone una elección que terminó por impulsar a la abstención a la mayoría de los miembros de la Iglesia , por hacerles perder el sentido de la Eucaristía como obra común, como Liturgia. Hasta el sentimiento mismo de abstención se evaporó en cierto sentido para convertirse en una especie de reglamento disciplinario ("tantas veces por año") con confesión obligatoria a guisa de ticket para la Eucaristía.

La Iglesia primitiva sabia que nadie, en el universo entero, es digno por sus virtudes espirituales o sus méritos de comulgar con el Cuerpo y Ia Sangre del Cristo; y por consecuencia, prepararse para Ia comunión no consiste en medir su estado de "preparación" o de "impreparación" , sino de responder por el amor al amor, para que también nosotros, con todos Ios santos que te fueron agradabIes desde eI comienzo de Ios siglos, participemos de Ios bienes eternos que preparaste para Ios que te aman, Senor...

El celebrante exclama, durante el oficio: "Santo es el Señor nuestro Dios!"; y en Ia Liturgia eucarística, al elevar el Pan, anuncia: "Los Dones Santos a los santos!" A lo cual responde Ia Iglesia: "Uno solo es Santo, uno solo Señor, JesuCristo, en Ia gloria de Dios Padre. Amén!" (1 Cor 8,6). Ahora bien, al afirmar esto, aI confesarlo, Ia Iglesia sabe que Ias puertas de Ia "patria deseada" se abren a todos y "que no habrá separación, oh amigos!"

Asi, esta preparación se termina en Ia unidad de lo que es común y de lo que es personal, por Ia Oración Dominical, Ia que el Señor mismo nos legó. En último análisis, todo depende de una sola cosa: si a pesar de nuestra indignidad, nuestras caídas, nuestras traiciones, nuestra indolencia, podemos y deseamos "con ardiente deseo" recibir Ias palabras de esa oración como si vinieran de nosotros, querer hacerlas nuestras:

Santificado sea tu Nombre,
Venga tu Reino,
Hágase tu voluntad 
como en los Cielos, así en Ia tierra...

En estos últimos tiempos, se observa en Ia Iglesia Ortodoxa una renovación eucarística, marcada sobre todo por el hecho de que un número creciente de laicos desea comulgar más a menudo.[...] Yo estoy seguro de que Ia renovación autêntica de Ia IgIesia comenzará por un renacimiento eucarístico, en el pleno sentido del término.La insuficiencia y, digámosIo, Ia falta de una teologia de los sacramentos, reducida a los esquemas escoIásticos y a Ias categorias occidentales, son un defecto trágico en Ia historia de Ia Ortodoxia. La Iglesia no es una institución, sino el nuevo pueblo de Dios. No es una religión cultual, sino Ia Liturgia que abarca toda Ia creación de Dios. No es una doctrina de Ios fines últimos, sino el encuentro gozoso deI Reino de Dios. La Iglesia es el sacramento deI Mundo, el sacramento de Ia Salvación y de Ia instauración deI Cristo Rey.

Concluiremos con algunas observaciones sobre el rito de la comunión. Son más bien "técnicas" y conciernen aI "culto" en sentido estricto. Las plegarias "secretas" [recitadas en voz haja] del celebrante presentan un... defecto: los fieles, en su mayoría, no Ias oyen. y ni siquiera conocen Ias palabras mismas de Ia Eucaristia; Son privados aaí de un don que no tiene precio. Ahora bien, nádie expIicó jamás por quê "Ia raza elegida, el sacerdocio real, el pueblo santo, Ia nación que Dios se adquirió para proclamar Ias perfecciones de Aquél que Ias llamó de las tinieblas a su admirable luz" (1Pe 3, 9) por qué ese pueblo santo no debe oír Ias plegarias que él mismo dirige a Dios.

Otro e lemento a señalar: Ia separación de tos clérigos y los laicos en el momento de Ia comunión, separación trágica por sus efectos en la conciencia eclesial.[...]

La Divina Liturgia está consumada. Bendiciendo al pueblo, el presbítero exclama: "iOh Dios, salva a tu pueblo y bendice tu herencia!" Luego inciensa tres veces el altar, diciendo: "Exaltado seas, oh Dios, por encima de Ios cielos, y que tu gloria resplandezca sobre toda Ia tierra".

El pueblo responde:

"Hemos visto la verdadera luz, 
hemos recibido el Espíritu Santo, 
hemos hallado la verdadera fe. 
Adoremos a la Trinidad indivisible, 
pues Ella nos ha salvado".

Y el cáliz es retirado del altar.

Una breve letanía, una acción de gracias muy corta, porque

"también hoy nos hiciste dignos
de tus celestiales e inmortales Misterios.
Endereza nuestro camino, 
confirmanos a todos en el temor, 
guarda nuestra vida, afirma nuestros pasos..."

Luego: "ld en paz".

!Qué claro, simple y luminoso es todo esto! iQué plenitud! iQué gozo lo penetra y qué amor lo irradia! Estamos de nuevo al principio, donde había comenzado nuestro ascenso hacia la Cena del Cristo y su Reino.


Fonte:

En: L'Eucharistic, Sacrement du Royaume, Paris, 1985.
Revista Fuentes – 1993 - Argentina - “Teólogos Ortodoxos Contemporâneos”

 

 

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